Capítulo 2Tierra seca #2
El Café Aurora no tenía ningún lugar realmente privado que no fuera la cocina, y Pilar consideraba que retirarse detrás de una máquina de café equivalía a confidencialidad suficiente.
Aranda miró a Clara.
—Usted también estaba presente durante la discusión.
—Sí.
—Puede quedarse.
Pilar levantó una ceja.
—¿Y yo?
—Usted también.
Doña Amparo empezó a levantarse.
—Usted no.
—También estaba.
—No durante toda la conversación.
Amparo volvió a sentarse con dignidad herida.
Aranda abrió una libreta.
—Señor Gil, varias personas han confirmado que usted discutió con Rufino Acebal.
—Sí.
—Y que él amenazó con descalificar el Portal 7.
—No nos amenazó. Dijo que podía hacerlo.
Pilar murmuró:
—Eso se parece bastante.
Ramiro ignoró el comentario.
—¿Se enfadó?
—Sí.
—¿Mucho?
Ramiro pensó.
—Lo suficiente.
—¿Qué significa eso?
—Que consideré injusto su criterio.
—¿Le amenazó?
—No.
—¿Le dijo algo que pudiera interpretarse como amenaza?
—No.
—¿Le siguió cuando se marchó?
—No.
—¿Volvió a verlo?
—No.
Aranda anotó.
—¿A qué hora subió a su piso?
—A las veintidós doce.
Clara lo miró.
—¿También lo anotaste?
Ramiro pareció incómodo.
—El móvil registra cuándo desconecté la red del café.
Pilar sonrió sin humor.
—Por supuesto.
Aranda siguió.
—¿Salió después?
—No.
—¿Puede demostrarlo?
Ramiro levantó la cabeza.
—Vivo solo.
—Entonces no.
La frase cayó con más peso del que Aranda había puesto en ella.
Ramiro se quedó callado.
Clara intervino.
—La puerta lateral hace ruido.
Aranda la miró.
—Eso no es una cámara.
—No. Pero Amparo probablemente habría oído.
Desde la mesa llegó la voz de la mujer.
—No se oyó la puerta.
Aranda suspiró.
—No estoy tomando declaración desde allí.
—Solo intento ahorrar tiempo.
Ramiro apretó los labios.
Aranda cerró la libreta.
—Por ahora no estoy acusando a nadie.
—Pero soy sospechoso.
—Discutió públicamente con un hombre que apareció muerto debajo de su edificio.
—De la parte comunitaria —dijo Amparo.
Aranda volvió la cabeza.
Amparo bajó la mirada hacia su taza.
El inspector continuó.
—Y usted llevaba un registro detallado de la jardinera que aparentemente cayó.
Ramiro respiró.
—Ese registro demuestra que no cayó.
—Todavía no.
—La tierra estaba mojada.
—Eso dice usted.
—Lo vio todo el mundo.
Pilar levantó una mano.
—Yo lo vi.
Clara también.
—Yo también.
Aranda asintió.
—Y lo tendremos en cuenta.
Ramiro señaló hacia fuera.
—La tierra de los restos está seca.
—También lo sabemos.
Clara se volvió.
—¿Lo habéis comprobado?
—Sí.
—¿Y?
Aranda se apoyó ligeramente en la barra.
—Y está seca.
Pilar dejó escapar el aire.
Ramiro hizo un gesto mínimo de triunfo que murió antes de completarse.
Aranda lo vio.
—Eso no significa automáticamente que sea otra jardinera.
Ramiro frunció el ceño.
—¿Cómo podría no significarlo?
—Porque todavía no sabemos cuánto sustrato había, cómo drenaba, si recibió toda el agua que usted dice, si estaba protegida, si alguien la manipuló después...
—La regamos.
—Lo sé.
—Seiscientos mililitros.
—También lo sé.
Clara miró hacia las plantas del exterior.
El resto de las jardineras seguían húmedas.
No todas de la misma manera, pero sí lo suficiente para distinguirlas a simple vista.
—Las demás no están secas —dijo.
Aranda la miró.
—Eso es más interesante.
Clara se acercó a la ventana.
—Míralas.
Las macetas de la fachada recibían ahora luz directa.
El sustrato de las que podían verse desde abajo tenía un color oscuro, compacto en algunos puntos.
La tierra junto al cuerpo parecía otra cosa.
No solo más seca.
Más suelta.
—No ha envejecido igual —dijo Clara.
—¿Envejecido?
—No sé cómo llamarlo.
Ramiro se acercó.
—El sustrato de las jardineras contiene más material orgánico.
Aranda levantó una ceja.
—¿Puede verlo desde aquí?
—Puedo ver que es más oscuro.
—Eso también puede deberse al agua.
—Precisamente.
Clara volvió hacia él.
—Si la jardinera rota no es la que estaba arriba, alguien tuvo que conseguir otra igual.
Pilar dijo:
—La organización tiene más.
Todos la miraron.
—¿Qué?
—Son jardineras del concurso. Sabina dijo que había unidades de reserva por si alguna se rompía durante el montaje.
Ramiro frunció el ceño.
—Sí.
—¿Cuántas?
—No lo sé.
Pilar sonrió brevemente.
—Milagro.
Aranda anotó algo.
—¿Quién tenía acceso?
Ramiro respondió:
—La Hoja Serena gestionaba la distribución.
Clara no dijo el nombre de Sabina.
No hacía falta.
A las ocho llegaron los primeros curiosos de fuera del barrio.
La noticia se había extendido con una velocidad que Clara consideró indecente.
Un coche de televisión apareció al final de la calle.
Aranda ordenó ampliar el perímetro.
Pilar cerró las persianas del café a medias.
—No pienso salir en televisión con este pelo.
Clara la miró.
—Ese es tu problema.
—Tengo varios. Este es el que puedo resolver ahora.
Migas salió de la cocina.
Clara lo cogió antes de que llegara a la puerta.
El gato tenía mejor aspecto.
Seguían quedándole pequeñas partículas anaranjadas cerca del pecho y una sombra blanquecina entre las almohadillas.
—Tenemos que limpiar esto bien —dijo.
Aranda, que acababa de entrar otra vez, la detuvo.
—Todavía no.
—Está sucio.
—Quiero que lo vea alguien antes.
Clara miró al gato.
—No le va a gustar.
—A mí tampoco me gustan muchas partes de mi trabajo.
Migas emitió un sonido bajo.
Pilar señaló.
—Eso ha sido una amenaza.
—No —dijo Clara—. Si te amenaza, lo sabes.
Aranda se acercó.
No tocó al gato.
—¿Ese polvo blanco estaba cuando volvió?
—Sí.
—¿Y lo naranja?
—También.
—¿Dónde estaba exactamente?
Clara explicó.
Patas.
Pecho.
Bigotes.
Hocico.
Aranda anotó.
—¿Suele meterse en obras?
—Se mete en cualquier lugar que le parezca inconveniente para nosotros.
—Eso no ayuda mucho.
—Es un gato.
Pilar se acercó.
—Sabina dijo que lo había visto junto a la furgoneta.
Aranda levantó la vista.
—¿Cuándo?
—Antes de marcharse.
—¿Lo dijo ella?
—Sí.
Clara intervino.
—Preguntó si era nuestro.
—¿Y después desapareció?
—Sí.
Aranda miró a Migas.
El gato bostezó.
—Eso sí que me interesa.
Clara sintió una pequeña incomodidad.
—Puede haber pasado la noche en cualquier parte.
—Claro.
—No estoy diciendo que viajara con Sabina.
—Yo tampoco.
El tono de Aranda era deliberadamente neutro.
Eso la irritó más que una acusación.
—Solo sabemos que estaba junto al vehículo.
—Exacto.
—Y que volvió sucio.
—Exacto.
—Y que eso todavía no significa nada.
—Clara.
—¿Qué?
—Está discutiendo conmigo una conclusión que no he formulado.
Pilar se apoyó en la barra.
—Es una de sus especialidades.
Clara ignoró el comentario.
—¿Sabéis ya dónde murió Rufino?
Aranda tardó.
—No.
—Pero no fue la jardinera.
El inspector la miró unos segundos.
—No parece.
Ramiro dejó la taza que tenía en la mano.
Pilar dejó de moverse.
Clara sintió que todo el ruido del café desaparecía.
—¿Qué significa «no parece»?
Aranda escogió las palabras.
—El examen inicial no encaja bien con una muerte provocada por la caída de ese recipiente.
—¿Entonces lo golpearon?
—No puedo dar detalles todavía.
—Pero la jardinera no lo mató.
—Eso es lo que parece.
Ramiro habló muy bajo.
—Lo dije.
Pilar se volvió hacia él.
—No es el momento.
—No lo digo por tener razón.
—Ya.
—Lo digo porque alguien puso la jardinera allí.
Nadie respondió.
Clara volvió a mirar hacia la calle.
La escena cambiaba.
Hasta ese momento, el hueco vacío y los fragmentos parecían contar una historia simple.
Una maceta había caído.
Quizá por accidente.
Quizá provocada.
Ahora ya no.
Si Rufino había muerto de otra manera, la jardinera no era el crimen.
Era un mensaje.
O un disfraz.
—¿Qué encontrasteis en sus zapatos? —preguntó Clara.
Aranda la miró con cansancio.
—¿Por qué pregunta eso?
—Porque están limpios.
—Estaban debajo de un cuerpo.
—Lo sé.
—Entonces ¿cómo los ha visto?
—Antes de que llegase la policía.
Aranda se quedó callado.
Clara continuó.
—Llevaba los zapatos impecables anoche. Ahora tienen polvo blanco.
Pilar la miró.
—¿Como Migas?
Clara no respondió inmediatamente.
No quería construir conexiones por entusiasmo.
Eso era precisamente lo que había aprendido a evitar.
—No lo sé.
Aranda tampoco.
—Se ha recogido material de la ropa y el calzado.
—La calle no tiene grava blanca.
—Ya lo hemos visto.
Ramiro se acercó a la ventana.
—Tampoco el patio.
—No —dijo Clara.
Aranda cerró su libreta.
—Esto empieza a parecer una conversación que sería mucho más útil si todos habláramos menos.
Pilar asintió.
—Eso va contra la identidad del barrio.
—Lo sé.
El inspector se volvió hacia Ramiro.
—Necesito que permanezca localizable.
Ramiro lo miró.
—¿Puedo salir?
—No está detenido.
—Eso no responde.
—Sí. Puede salir. Preferiría que no se fuera de Valleverde.
Ramiro bajó la vista.
Clara sintió la rabia antes de decidir si tenía derecho a sentirla.
—¿De verdad lo consideráis sospechoso?
Aranda la miró.
—Consideramos sospechoso a cualquiera que tenga motivo, oportunidad o una mentira.
—Ramiro no miente.
Pilar carraspeó.
—No bien.
Ramiro la fulminó.
Aranda no sonrió.
—Eso no lo excluye.
—Su propio registro demuestra que la escena está mal.
—También demuestra que conocía exactamente la instalación.
Clara se quedó callada.
Era cierto.
Y le molestaba que fuera cierto.
Aranda guardó la libreta.
—No intenten resolver esto antes que nosotros.
Pilar señaló a Clara.
—Díselo a ella.
—Se lo estoy diciendo a las dos.
—Yo solo sirvo café.
—Y escucha detrás de la barra.
Pilar abrió la boca.
Aranda levantó una mano.
—No era una crítica.
—Entonces retiro mi objeción.
El inspector salió.
Clara esperó hasta que la puerta se cerró.
Ramiro seguía mirando la calle.
—No hice nada.
Clara se acercó.
—Lo sé.
Él giró la cabeza.
—No puedes saberlo.
La frase la sorprendió.
Ramiro respiró hondo.
—Eso es lo que acaba de decir Aranda. Y tiene razón.
Clara no respondió.
—Discutí con él —continuó—. Todo el mundo lo vio. Estuve aquí. Conocía la jardinera. Conocía la fijación. Y no puedo demostrar que no salí.
Pilar bajó la voz.
—También regaste la maceta que demuestra que la escena es falsa.
Ramiro miró su carpeta.
—O hice una lista que dice que la regué.
Clara entendió.
Desde fuera, incluso su prueba podía volverse contra él.