Capítulo 2Tierra seca
Tierra seca
La primera patrulla llegó antes de que Clara terminara de preparar el café que no iba a beber.
Parecía un escenario al que alguien había quitado el sonido.
La cinta policial cruzaba la entrada principal.
Rufino Acebal seguía bajo la fachada, cubierto ahora parcialmente por una sábana que evitaba a los vecinos la tentación de mirar demasiado.
Dos agentes habían apartado los fragmentos de la jardinera sin tocarlos más de lo necesario y habían obligado a Doña Amparo a regresar al interior después de descubrirla asomada a una distancia que ella había considerado prudente y ellos no.
Pilar estaba junto a Clara, detrás de la barra.
No hablaba.
Eso era peor que cualquier discurso.
Migas bebía agua en la cocina con la tranquilidad de quien no veía relación alguna entre su noche de aventuras y la presencia de la policía.
Clara miró hacia la puerta.
—No salgas.
Pilar frunció el ceño.
—No pensaba hacerlo.
—Hablaba con el gato.
—Ah.
Pilar esperó unos segundos.
—Aunque agradezco la aclaración.
Fuera comenzaba a amanecer.
La luz hacía más visibles las flores.
Los geranios seguían rojos. Las petunias seguían abiertas. Las hojas mojadas por el riego de la noche anterior conservaban pequeñas gotas en los bordes.
La jardinera que faltaba sobre la entrada producía un hueco extraño.
No grande.
Solo lo suficiente para que el ojo volviera a él.
Clara volvió a mirar los restos junto al cuerpo.
La tierra seguía pareciéndole seca.
Había pasado los últimos veinte minutos dudando de sí misma.
Quizá el agua se había evaporado.
Quizá la jardinera había estado protegida por el voladizo.
Quizá el sustrato utilizado en aquellas macetas drenaba de manera especialmente rápida.
Quizá Ramiro había olvidado precisamente esa jardinera.
Todas las explicaciones eran posibles.
Ninguna le gustaba.
La puerta del café se abrió.
El inspector Aranda entró sin quitarse los guantes.
No llevaba expresión de sueño, aunque Clara sospechaba que había recibido la llamada poco después de las seis.
Miró primero a ella.
Después a Pilar.
Después al gato.
—Veo que ha vuelto.
Clara siguió su mirada.
—A las cinco y media.
—¿Estaba así?
—Peor. Le he quitado algo de suciedad de la cara con un paño húmedo. No he usado ningún producto.
Aranda asintió.
—Bien.
Clara señaló la cocina.
—He guardado el paño.
—Mejor todavía.
Pilar miró de Clara a Aranda.
—¿Desde cuándo sabemos hacer estas cosas?
—Desde que él me ha dicho demasiadas veces que no toque nada.
—Me alegra ver que algo queda —dijo Aranda.
No sonrió.
Pero estuvo cerca.
Clara apoyó ambas manos en la barra.
—¿Está muerto?
Aranda no respondió de inmediato.
Eso bastó.
—Sí.
Pilar bajó la mirada.
Clara sintió una presión breve en el pecho.
No le había gustado Rufino.
Había conocido al hombre durante menos de una hora.
Había visto cómo sonreía mientras humillaba a Ramiro.
Nada de eso importaba ahora.
Muerto era una categoría distinta.
—¿Fue la jardinera? —preguntó Pilar.
Aranda la miró.
—Todavía no lo sabemos.
Clara vio la oportunidad.
—No creo.
Pilar giró la cabeza.
Aranda hizo lo mismo.
—¿Por qué?
Clara señaló hacia la fachada.
—La tierra.
Aranda no dijo nada.
—Anoche regamos todas las jardineras —continuó ella—. Todas. Ramiro organizó el riego como si fuéramos a declarar los litros ante Hacienda.
Desde el portal llegó una voz.
—No fueron litros enteros.
Ramiro estaba detrás de uno de los agentes.
Llevaba la misma ropa de la noche anterior y una carpeta bajo el brazo.
Clara cerró los ojos un instante.
—Claro que has traído la carpeta.
Ramiro parecía ofendido.
—Aquí están los registros.
Aranda miró al agente que lo acompañaba.
—¿Le habéis dejado entrar?
—Vive aquí.
—Eso no responde a mi pregunta.
Ramiro levantó la carpeta.
—He venido porque esto puede demostrar que la jardinera no cayó.
El silencio que siguió fue pequeño pero incómodo.
Pilar fue la primera en entenderlo.
—Ramiro.
—¿Qué?
—No es el mejor momento para aparecer con pruebas de que sabes exactamente qué pasó con la jardinera.
—No sé qué pasó.
—Eso no ha sonado así.
—He dicho que sé qué no pasó.
Aranda extendió una mano.
—Déjeme la carpeta.
Ramiro dudó.
—¿Por qué?
Clara lo miró.
—Porque es policía.
—Ya lo sé.
—Entonces estamos avanzando.
Ramiro entregó la carpeta.
Aranda abrió la primera página.
Clara conocía aquella expresión. La había visto en funcionarios del registro cuando recibían documentos que parecían ridículos hasta que descubrían que quizá no lo eran.
—¿Qué es esto?
—Control de riego.
—Lo veo.
—Por posiciones.
Aranda pasó una hoja.
—También lo veo.
—La jardinera central recibió aproximadamente seiscientos mililitros poco después de las ocho y veinte.
Pilar levantó una mano.
—Quiero dejar constancia de que yo no participé en el cálculo.
Ramiro la miró.
—Tú la regaste.
—Eso sí.
—Entonces participaste.
—No del espíritu.
Aranda volvió a mirar la carpeta.
—¿Cómo sabe que fue esa jardinera?
Ramiro señaló una pequeña cuadrícula dibujada a mano.
—Cada posición está numerada en mi plano.
—¿Y anotó el riego por posición?
—Sí.
Clara miró la hoja.
Las jardineras eran idénticas a simple vista, pero en el esquema de Ramiro cada una ocupaba un lugar concreto.
Pilar apoyó una mano en el hombro de Clara.
—No pienso volver a reírme de él.
Ramiro la miró.
—Eso es mentira.
—Sí.
Aranda cerró la carpeta.
—Necesito que me explique exactamente qué ocurrió anoche.
Ramiro comenzó a hacerlo.
Sin adornos.
A las ocho y media habían regado.
A las ocho y cincuenta y tres había llegado Sabina.
Había revisado la fijación.
Había encontrado una fisura.
Habían hablado.
Clara escuchó hasta que algo la hizo interrumpirlo.
—¿Retiró la jardinera?
Ramiro se quedó quieto.
—¿Quién?
—Sabina.
—No.
Clara recordó la furgoneta abierta.
Las cajas.
La manta.
La conversación mientras ella cobraba una mesa.
—Cuando volví a mirar, ella ya estaba abajo.
Ramiro frunció el ceño.
—Yo también.
—¿Estaba la jardinera?
—Claro.
Pero la palabra salió con menos seguridad que las anteriores.
Aranda lo notó.
—¿La vio después de que Sabina encontrara la fisura?
Ramiro miró hacia la puerta.
La posición vacía quedaba fuera de su ángulo desde el interior del café.
—No lo sé.
Pilar cruzó los brazos.
—Yo llevé café.
—Sí.
—Y luego volví a entrar.
—Sí.
—Y ninguno miró hacia arriba porque estábamos discutiendo sobre si la fisura era culpa del riego.
Ramiro abrió la carpeta como si pudiera encontrar allí una respuesta retroactiva.
—No anoté una retirada.
Clara miró a Aranda.
—Porque quizá nadie se la comunicó.
Aranda hizo un gesto breve.
—Eso no prueba que se retirara.
—No.
—Y una jardinera rota debajo de un hueco vacío es una coincidencia bastante fuerte.
—Precisamente.
Aranda la observó.
Clara sabía que aquella palabra podía sonar peor de lo que pretendía.
—Si alguien quisiera que creyéramos que cayó —dijo—, necesitaría un hueco vacío.
Pilar se quedó inmóvil.
Ramiro cerró la carpeta.
Aranda tardó un segundo más.
—Clara.
—Solo digo que primero habría que saber si los restos pertenecen realmente a la jardinera que estaba arriba.
—Eso sí —respondió él—. Eso habrá que saberlo.
A las siete menos cuarto, el Café Aurora dejó de ser café y se convirtió en sala de espera.
Aranda había pedido que nadie utilizara la puerta principal.
Los vecinos entraban por el lateral en pequeños grupos y hablaban demasiado bajo, como si un susurro pudiera resultar más respetuoso que una conversación normal.
Doña Amparo volvió a bajar.
Esta vez con chaqueta.
—Me han dicho que no puedo acercarme.
Clara le puso una taza delante.
—Entonces no te acerques.
—No pensaba hacerlo.
—Has estado mirando desde la escalera durante diez minutos.
—La escalera pertenece al edificio.
—El cadáver también está delante del edificio y no por eso te pertenece.
Amparo se sentó.
—Rufino no cayó.
Pilar giró hacia ella.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque él no estaba en un balcón.
Clara se masajeó la frente.
—La jardinera, Amparo.
—Ah.
La mujer bebió café.
—Entonces no sé.
Ramiro seguía junto a la ventana.
Aranda había vuelto a salir con la carpeta.
Un fotógrafo policial estaba documentando la fachada desde varios ángulos.
Clara vio cómo uno de los técnicos medía la posición de los fragmentos.
Otro examinaba la base del soporte vacío.
El concurso parecía haber sido sustituido por una versión mucho más precisa y mucho menos alegre de sí mismo.
—¿Te fijaste en Sabina cuando se marchó? —preguntó Clara.
Ramiro no apartó la vista de la ventana.
—Sí.
—¿Llevaba algo?
—No.
—¿Seguro?
Ramiro tardó.
—No.
Clara esperaba eso.
—Yo vi la puerta trasera de la furgoneta abierta.
—Siempre está abierta cuando trabaja.
—¿Y la jardinera?
—No miré.
—Tú nunca no miras.
Ramiro giró hacia ella.
—Eso no tiene sentido gramatical.
—Sabes lo que significa.
Él apretó la mandíbula.
—Estaba molesto.
—Lo sé.
—Rufino acababa de insinuar que podía descalificarnos por una fijación correcta.
—Lo sé.
—Y Sabina acababa de encontrar una fisura que yo no había visto.
Pilar inclinó la cabeza.
—Eso te dolió más que lo de Rufino.
—No.
—Ramiro.
—No es relevante.
—Entonces sí.
Ramiro volvió a mirar hacia fuera.
Clara no insistió.
En la calle apareció una mujer con una cámara colgada del cuello.
Nora Arcedo.
Un agente la detuvo antes de que pudiera acercarse.
Nora enseñó su acreditación de prensa.
El agente negó.
Ella señaló hacia el edificio.
Hubo una conversación breve.
Al final, Nora se quedó detrás de la cinta.
Empezó a hacer fotografías desde allí.
—Esa mujer estaba anoche —dijo Pilar.
—Sí.
—Fotografió la discusión.
Ramiro se tensó.
—Perfecto.
—Puede ser útil.
—Para demostrar que discutí con un hombre que apareció muerto seis horas después debajo de nuestro balcón.
Doña Amparo dejó la taza.
—No debajo de nuestro balcón.
Todos la miraron.
—¿Qué?
—Es la parte comunitaria.
Ramiro cerró los ojos.
—Gracias, Amparo.
—La precisión importa.
Clara miró la carpeta que Aranda llevaba fuera.
—En eso tiene razón.
A las siete y veinte, Aranda regresó.
Pidió hablar con Ramiro a solas.
No lo consiguió.