El muerto bajo el balcón equivocado Capítulo 1La maceta que no cayó #3
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Capítulo 1La maceta que no cayó #3

—A todos los gatos.

Sabina se marchó.

La furgoneta arrancó.

Clara vio desaparecer las luces al final de la calle.

Solo después pensó en Migas.

—Pilar.

—¿Qué?

—¿Has visto al gato?

Pilar señaló hacia el fondo.

—Estaba por ahí.

Clara abrió la puerta del almacén.

—Migas.

Silencio.

Movió una caja.

Miró detrás de los sacos de café.

Nada.

—Migas.

Pilar apareció a su espalda.

—Habrá subido.

—No suele subir con tanta gente entrando y saliendo.

—Entonces estará en el patio.

No estaba.

Tampoco debajo de las mesas exteriores.

Ni junto a los cubos de reciclaje.

Ramiro se sumó a la búsqueda.

Doña Amparo, informada en menos de tres minutos, anunció desde su ventana que no había visto salir al gato por la calle principal.

—Eso no ayuda —dijo Clara.

—Descarta una dirección.

—No es una operación policial.

—Todo es una operación si se organiza bien.

Clara miró hacia la esquina por donde había desaparecido la furgoneta.

Recordó la pregunta de Sabina.

¿El gato es vuestro?

—No habrá entrado en la furgoneta —dijo Pilar.

Clara no respondió.

—No habrá entrado.

—Le gustan las cajas.

—También le gustan las sillas y no por eso se va a vivir a una tienda de muebles.

Ramiro sacó el móvil.

—Podemos llamar al vivero.

—A estas horas estará cerrado.

—Sabina tendrá teléfono.

Clara negó con la cabeza.

—Esperemos un poco.

Intentó decirlo sin preocupación.

No lo consiguió del todo.

Migas desaparecía.

Era un gato.

Tenía tejados, patios, ventanas, rincones que los humanos no conocían.

Pero Clara se sorprendió mirando hacia la calle cada vez que sonaban unas patas, una bolsa o una puerta.

A las diez y media cerraron el café.

A las once, volvió a recorrer el patio.

A medianoche abrió la puerta lateral una última vez.

—Migas.

Nada.

Durmió mal.

A las cinco y treinta y cinco de la mañana, Clara bajó al café porque había renunciado a seguir fingiendo que dormía.

Todavía no había amanecido por completo.

Valleverde tenía ese color indeciso de las calles antes de que los primeros comercios levantaran persianas.

Abrió la puerta interior del Portal 7.

El aire olía a humedad, piedra y flores.

—Migas.

Oyó un ruido.

Se detuvo.

Otro sonido.

No un maullido.

Algo rozando la puerta lateral.

Clara fue hacia allí y abrió.

Migas entró como si hubiese regresado de comprar el periódico.

—¿Dónde estabas?

El gato pasó junto a ella.

—No. Ni se te ocurra.

Clara lo cogió antes de que alcanzara la cocina.

Migas protestó.

Pesaba, estaba hambriento y tenía el pelo lleno de suciedad.

—Estás hecho un desastre.

Lo acercó a la luz.

Había polvo blanco en las patas.

En el pecho y alrededor del hocico tenía pequeñas partículas de un tono amarillo anaranjado.

Polen, pensó.

Migas intentó zafarse.

—Quieto.

Clara le miró las patas, las orejas, los ojos.

No parecía herido.

Solo indignado.

—Te has metido donde no debías.

Lo dejó en el suelo.

Migas salió disparado hacia la cocina.

—Primero agua.

Clara abrió el grifo de un recipiente pequeño.

Entonces vio algo fuera.

Un fragmento azul verdoso junto a la entrada.

Pensó en una maceta rota.

Salió.

Había otro fragmento un poco más allá.

Y otro.

Levantó la vista.

La jardinera situada sobre la entrada principal ya no estaba.

Durante un segundo, todo pareció obvio.

La fisura.

Rufino.

La advertencia.

El recipiente había caído.

Clara avanzó dos pasos.

Vio los fragmentos extendidos sobre la acera.

Tierra.

Flores aplastadas.

Y unos zapatos.

Se detuvo.

No necesitó acercarse mucho más.

El hombre estaba tendido bajo la fachada, parcialmente oculto por la sombra del balcón.

Reconoció el traje claro.

Reconoció el cabello gris.

Rufino Acebal.

Clara retrocedió.

Sacó el móvil.

No tocó nada.

No se inclinó sobre él.

No hizo ninguna de las cosas que la gente hacía en las novelas cuando quería dificultar el trabajo de la policía.

Llamó a emergencias.

Mientras esperaba respuesta, sus ojos volvieron a los fragmentos de la jardinera.

Después a la posición vacía sobre la fachada.

Después a la tierra.

Algo no encajaba.

No sabía todavía qué.

La operadora respondió.

Clara dio la dirección.

Explicó que había un hombre inmóvil.

Que parecía muerto.

Que no se había acercado más.

Mientras hablaba, se agachó apenas, sin cruzar la distancia que separaba la entrada de los fragmentos.

La noche anterior habían regado todas las jardineras.

Lo recordaba con una precisión absurda porque Ramiro había convertido el acto en una ceremonia contable.

Había visto el agua.

La tierra oscura.

Las gotas cayendo sobre la acera.

Aquello había ocurrido hacía menos de diez horas.

Clara miró el sustrato esparcido alrededor del cuerpo.

No estaba oscuro.

No brillaba.

No formaba pequeños grumos húmedos.

Era ligero, opaco.

Completamente seco.

La voz de la operadora seguía al otro lado del teléfono.

Clara respondió automáticamente.

Pero ya no miraba a Rufino.

Miraba la tierra.

Y por primera vez desde que había empezado aquella absurda guerra de balcones, tuvo la sensación de que las flores no estaban ocultando nada.

Al contrario.

Alguien había confiado demasiado en que nadie se molestaría en mirarlas de cerca.