El muerto bajo el balcón equivocado Capítulo 1La maceta que no cayó #2
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Capítulo 1La maceta que no cayó #2

Pilar se interpuso medio paso.

—Podemos revisarla.

—Deberíais.

—Ya está revisada —dijo Ramiro.

Rufino levantó la cabeza de nuevo.

—Hay una ligera inclinación.

—No.

—La veo.

—La jardinera está nivelada.

—Ramiro —murmuró Clara.

Él no la oyó o decidió no hacerlo.

—Puedo traer el nivel.

El segundo miembro del jurado apartó la vista para ocultar una sonrisa.

Rufino no.

—No hace falta.

—Si afirma que está inclinada, sí.

—Lo que afirmo es que la fijación puede no ser aceptable.

—Eso es distinto.

—Podría implicar la descalificación del conjunto.

La calle pareció encogerse.

Pilar dejó de sonreír.

Doña Amparo avanzó.

—¿Descalificación por una maceta?

—Jardinera —corrigió Ramiro automáticamente.

Doña Amparo lo fulminó con la mirada.

—Ahora no.

Rufino juntó las manos.

—No estamos descalificando a nadie. Estamos señalando un problema antes de la evaluación final.

—Un problema que no existe —dijo Ramiro.

—Eso lo decidirá el jurado.

—No. Eso lo decide una medición.

Clara conocía aquella voz.

No era enfado todavía.

Era peor.

Era el punto en que Ramiro dejaba de intentar parecer amable.

Rufino dio un paso hacia él.

—Señor Gil, llevo veinte años evaluando instalaciones en espacios públicos.

—Y yo llevo quince viviendo debajo de esa jardinera.

Pilar murmuró:

—Eso ha sonado mejor de lo que probablemente pretendía.

Rufino giró ligeramente la cabeza.

—Mañana volveremos a comprobarla. Si sigue así, no puedo prometer que el Portal 7 continúe en competición.

—No necesito que me prometa nada. Necesito que aplique las bases.

Durante unos segundos nadie habló.

Clara miró alrededor.

Rebeca Olmeda estaba junto a la esquina, con los brazos cruzados. La florista participaba también en el concurso y observaba la discusión con una atención que podía ser curiosidad o satisfacción.

Nora Arcedo fotografiaba la fachada desde el otro lado de la calle.

Clara la había visto durante toda la semana. La periodista parecía capaz de hacerse invisible en cuanto levantaba la cámara.

Más lejos, Saúl Barral permanecía junto a un árbol.

No miraba las flores.

Miraba a Rufino.

Rufino debió de notarlo, porque su expresión cambió apenas un instante.

Luego volvió a sonreír.

—Hasta mañana.

El jurado continuó calle abajo.

Sabina Noriega se quedó unos segundos mirando hacia la jardinera.

—Volveré después —dijo.

Ramiro giró hacia ella.

—¿Para qué?

—Para revisar el soporte.

—Ya lo he revisado.

—Y yo soy la responsable logística.

—El soporte es del edificio.

—La jardinera es del concurso.

Pilar levantó ambas manos.

—Perfecto. Dos responsables. Eso debería volverla dos veces más segura.

Sabina sonrió apenas.

—Volveré cuando termine la ruta.

—No hace falta —insistió Ramiro.

—Entonces tardaré poco.

Guardó el móvil en el bolsillo y siguió al grupo.

Ramiro permaneció inmóvil.

—No está inclinada.

Clara le puso una mano en el hombro.

—Nadie ha dicho que lo esté.

—Él lo ha dicho.

—Ha dicho muchas cosas.

Doña Amparo señaló la esquina por la que el jurado había desaparecido.

—Ese hombre no quiere que ganemos.

—No creo que piense tanto en nosotros —dijo Clara.

—Eso es exactamente lo que quiere que creamos.

Pilar se volvió hacia ella.

—¿Ves por qué necesitamos ganar?

—Cada vez menos.

La discusión alimentó el café durante dos horas.

Cada nuevo cliente parecía conocer una versión diferente.

Según una pareja del número catorce, Rufino había amenazado personalmente a Ramiro.

Según un hombre que ni siquiera vivía en la calle, el Portal 7 ya estaba descalificado.

Según Doña Amparo, existía una campaña evidente a favor de las hortensias del número doce.

Clara sirvió cafés.

Cobró tartas.

Negó por sexta vez que fueran a retirar todas las jardineras.

A las ocho y veinte, Ramiro volvió a aparecer con una regadera graduada.

—No.

Él se detuvo.

—¿No qué?

—Lo que sea que estés a punto de hacer.

—Regar.

—Eso sí puedes.

—Gracias.

—Era una forma de hablar.

Pilar salió detrás de él con otra regadera.

—Yo me encargo del lateral.

—La última vez regaste demasiado las petunias.

—Siguen vivas.

—Eso no es un criterio técnico.

—Es bastante convincente.

Clara terminó cediendo.

Durante diez minutos, parte del Portal 7 se dedicó a regar la fachada como si una correcta distribución del agua pudiera reparar el honor colectivo.

Ramiro dictaba cantidades.

—Medio litro ahí.

—¿Medio exacto? —preguntó Pilar.

—Aproximadamente.

Pilar se detuvo.

—¿Has dicho aproximadamente?

—Sí.

—Clara, ven. Creo que está enfermo.

Ramiro siguió.

La tierra oscura absorbía el agua y adquiría un brillo húmedo. Algunas gotas cayeron sobre las baldosas de la acera. Las hojas de las petunias se agitaron bajo el chorro.

Clara observó desde la puerta.

La jardinera cuestionada por Rufino también recibió agua.

Ramiro la señaló en la carpeta.

—Esta ya está.

—¿Lo apuntas de verdad? —preguntó Clara.

—Claro.

—¿Por qué?

—Porque mañana nadie recordará cuánto hemos regado.

—Yo recordaré que ha sido demasiado.

—Eso no es una cantidad.

Pilar acercó la regadera a la última maceta.

—Me encantaría saber qué harías con tu vida si no existieran números.

Ramiro reflexionó.

—Inventarlos.

Clara volvió al café antes de que Pilar pudiera responder.

Sabina regresó a las ocho y cincuenta y tres.

Clara supo la hora porque estaba cerrando una cuenta en la caja.

La furgoneta de La Hoja Serena aparcó frente al Portal 7.

Sabina bajó sola.

Llevaba guantes de trabajo sujetos al cinturón y una linterna pequeña.

—Cinco minutos —anunció al entrar.

Ramiro, que seguía en una mesa revisando sus notas, levantó la cabeza.

—No hace falta.

—Ya hemos tenido esta conversación.

—El soporte no ha cambiado desde entonces.

—Eso espero.

Pilar apareció desde la cocina.

—¿Quieres un café?

—Si lo acepto serán quince minutos.

—Te hago uno corto.

—Eso sigue siendo café.

Sabina salió con Ramiro.

Clara atendió a una mujer que quería pagar.

Después limpió una mesa.

Después buscó a Migas con la mirada.

La silla bajo el cuadro estaba vacía.

No le dio importancia.

Migas cambiaba de sitio con frecuencia y el almacén del fondo era uno de sus refugios favoritos cuando había demasiada gente.

Fuera, Sabina había subido a una pequeña escalera.

Ramiro sostenía la base.

—La fijación está bien —dijo ella.

Clara alcanzó a oírlo desde la puerta.

Ramiro cruzó los brazos.

—Gracias.

Sabina tocó la jardinera.

Su gesto cambió.

—Espera.

—¿Qué?

Se inclinó hacia uno de los lados.

—Aquí hay una fisura.

Ramiro se acercó.

—¿Dónde?

Sabina señaló la parte inferior.

Clara no podía verla desde la puerta.

—Eso no estaba antes.

—Puede haberse abierto con el peso y la humedad.

—La revisé esta tarde.

—Y yo la estoy revisando ahora.

Ramiro subió un peldaño.

Los dos examinaron algo en silencio.

—No me gusta —dijo Sabina.

—¿El soporte?

—El recipiente.

—La fijación de la que se quejó Rufino está bien.

—Sí.

Ramiro pareció recibir aquella confirmación como una victoria judicial.

—Entonces queda claro.

Sabina lo miró.

—Queda claro que Rufino estaba mirando el problema equivocado.

Clara volvió a entrar porque alguien pidió la cuenta.

Cuando miró otra vez hacia la calle, Sabina ya había bajado.

La puerta trasera de la furgoneta estaba abierta.

Había cajas, sacos de sustrato y una manta gruesa doblada sobre el piso de carga.

Sabina y Ramiro hablaban junto a la fachada.

Pilar llevaba dos cafés hacia ellos.

Clara regresó a la barra.

A las nueve y cinco empezó a recoger las mesas exteriores.

A las nueve y diez, Sabina entró para dejar la taza.

—Gracias.

—¿Está todo bien?

—Sí.

—¿Ramiro sobrevivirá?

—No sé. Ha descubierto una fisura que no había registrado personalmente.

Clara sonrió.

—Puede ser grave.

Sabina se limpió las manos con un paño.

—Mañana estará solucionado.

—¿La fisura?

—Todo.

Lo dijo con naturalidad.

Luego miró hacia el café.

—¿El gato es vuestro?

Clara siguió su mirada.

—De sí mismo, principalmente.

—Me lo imaginaba.

—¿Por qué?

—Antes estaba cerca de la furgoneta.

Clara miró hacia fuera.

—Le gustan las cajas.