El muerto bajo el balcón equivocado
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Capítulo 1La maceta que no cayó
La maceta que no cayó
A las siete y cuarto de la tarde, Clara Medina había llegado a una conclusión que no figuraba en ningún reglamento municipal: las flores hacían que la gente perdiera el juicio.
No las flores en sí.
Los geranios no tenían culpa de nada. Las petunias tampoco. El romero, al menos, olía bien y servía para cocinar. Incluso aquellas pequeñas rosas que Pilar había colocado junto a la ventana del Café Aurora podían considerarse inocentes.
El problema empezaba cuando alguien entregaba a los vecinos unas bases impresas, añadía la palabra concurso y prometía una placa de cerámica al ganador.
Entonces una calle entera podía transformarse en territorio diplomático.
—No pienso retirar las cintas —dijo Pilar.
—Nadie te ha pedido que retires las cintas.
—Ramiro las está mirando.
Clara dejó una taza sobre el platillo.
—Ramiro mira así hasta las facturas de la luz.
A través del ventanal del café, Ramiro Gil contemplaba la fachada del Portal 7 con una carpeta apoyada contra el pecho. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y los labios apretados con la gravedad de quien inspeccionaba una presa hidroeléctrica.
Por encima de él, cinco balcones exhibían geranios, petunias, pequeños rosales, macetas de aromáticas y las jardineras azul verdosas que la organización había entregado a los participantes.
Las cintas de Pilar recorrían las barandillas sin llegar a parecer festivas en exceso, cosa que había requerido tres días de discusiones.
—Está contando algo —dijo Pilar.
—Siempre está contando algo.
—Eso es lo preocupante.
Ramiro entró en el café.
Llevaba la carpeta abierta.
—He vuelto a calcular la carga.
Pilar miró a Clara.
—¿Ves?
Clara cogió una bayeta.
—¿Qué carga?
—La de las jardineras.
—Son flores, Ramiro.
—La gravedad no distingue entre flores y otros objetos.
—Eso parece una amenaza.
—Es física.
El Café Aurora estaba demasiado lleno para discutir física.
Las mesas junto a la cristalera estaban ocupadas por dos parejas que habían seguido la llamada Ruta de los Balcones Floridos hasta el Portal 7, una madre con una niña que fotografiaba a Migas cada vez que el gato abría un ojo y tres vecinos que no habían pedido nada desde hacía media hora, pero parecían considerar que su presencia constituía una aportación moral al concurso.
Al fondo, debajo de una reproducción de Marea baja en Valleverde , Migas dormía sobre una silla.
El cuadro seguía pareciéndole extraño a Clara.
No porque faltase nada que debiera estar allí. Precisamente porque sabía demasiado bien que no faltaba nada.
Migas abrió un ojo al escuchar su nombre en la conversación de la niña, decidió que no merecía la pena intervenir y volvió a cerrarlo.
Ramiro colocó la carpeta sobre la barra.
—He distribuido el riego por grupos.
Pilar se acercó.
—¿Has hecho una tabla?
—Una lista.
—Eso es una tabla sin casillas.
—No.
—¿Cuánta agua has asignado a mis petunias?
—No son tus petunias. Forman parte de la composición común.
Pilar miró a Clara.
—Ahora entiendo cómo empiezan las guerras civiles.
Clara abrió la carpeta.
Ramiro había anotado la posición de cada jardinera, el tipo de planta, la hora aproximada de riego y una estimación de agua. Durante el montaje incluso había insistido en identificar cada recipiente para que las unidades iguales no se intercambiaran, aunque Clara no había preguntado cómo.
—¿Para qué necesitas esto?
—Para evitar infiltraciones.
—Tenemos platos debajo de las macetas.
—Los platos no anulan la capilaridad.
Pilar apoyó los codos en la barra.
—Creo que si ganas el concurso deberían darte un premio aparte.
Ramiro levantó la vista.
—¿Por qué?
—Por haber conseguido que una fachada con flores parezca una auditoría.
La puerta volvió a abrirse antes de que él pudiera responder.
Doña Amparo entró con una expresión satisfecha.
Eso, en Clara, produjo alarma inmediata.
—El número doce se ha pasado con las hortensias —anunció.
—Buenas tardes, Amparo —dijo Clara.
—Buenas tardes. Se han pasado.
—¿Has bajado hasta allí?
—No hacía falta.
—Está a dos calles.
—Tengo prismáticos.
Pilar se llevó una mano al pecho.
—Eso es espíritu competitivo.
—Eso es vigilancia vecinal.
—Es exactamente lo que acabo de decir.
Doña Amparo ignoró la diferencia.
—Además, han puesto una bicicleta decorativa junto a la puerta.
Ramiro frunció el ceño.
—Las bases prohíben obstaculizar la vía pública.
—No obstaculiza nada.
—Entonces ¿por qué lo mencionas?
—Porque es fea.
Clara dejó la carpeta bajo la barra.
El concurso terminaba al día siguiente. Aquella era la visita preliminar del jurado, una especie de inspección sin puntuación definitiva que nadie consideraba realmente sin puntuación definitiva.
Durante las últimas dos semanas, el Portal 7 había olido a tierra húmeda, fertilizante y café.
Pilar había convencido a los vecinos de que el edificio necesitaba una composición colectiva.
Ramiro había exigido que «colectiva» no significara «estructuralmente irresponsable».
Doña Amparo había convertido su ventana en puesto de observación.
Y Clara había descubierto que incluso personas que nunca se saludaban podían discutir durante cuarenta minutos sobre si una cinta color crema resultaba más digna que una amarilla.
Ella solo quería que llegase el lunes.
El lunes no habría jurado.
No habría turistas fotografiando la fachada.
No habría vecinos preguntando si el Café Aurora debía ofrecer un menú temático.
Y, con suerte, Pilar dejaría de intentar poner flores comestibles sobre todo.
—¿Dónde está la tarta de almendra? —preguntó Clara.
Pilar señaló la vitrina.
—La he movido para que combine con las macetas.
Clara la miró.
—La tarta no participa en el concurso.
—Esa actitud es la razón por la que nunca ganaremos nada.
Un murmullo recorrió el local.
No fue fuerte. Solo lo bastante uniforme para que Clara levantase la cabeza.
Por la ventana vio acercarse al grupo del jurado.
Rufino Acebal caminaba delante.
A Clara le sorprendió lo fácil que era identificarlo incluso sin conocerlo personalmente. Parecía un hombre que hubiese ensayado durante años la manera correcta de entrar en una calle donde la gente esperaba su opinión.
Traje claro sin corbata. Zapatos impecables. Cabello gris cuidadosamente peinado.
A su lado avanzaban otras dos personas con carpetas y acreditaciones.
Un poco más atrás venía Sabina Noriega.
Clara la había visto varias veces durante el montaje. Era la propietaria de La Hoja Serena, el vivero contratado para suministrar parte de las jardineras y coordinar la logística.
Sabina vestía ropa de trabajo, llevaba el móvil en una mano y parecía mucho más interesada en que nada se cayese que en las fotografías que los vecinos les hacían.
Rufino se detuvo frente al Portal 7.
Ramiro salió inmediatamente.
Pilar lo siguió.
Doña Amparo decidió que la inspección se veía mejor desde la calle que desde los prismáticos.
Clara respiró hondo.
—Migas.
El gato no reaccionó.
—Quédate aquí.
Abrió la puerta.
La fachada había quedado bonita.
Le molestó reconocerlo.
No tenía la perfección coordinada de otros edificios que Clara había visto durante la semana.
En uno de los balcones predominaban los geranios rojos.
En otro, hierbas aromáticas. Una vecina había añadido una pequeña rosa blanca.
Doña Amparo había insistido en conservar dos macetas antiguas que no combinaban con nada.
Y, sin embargo, el conjunto funcionaba.
Parecía habitado.
Rufino se llevó una mano a la barbilla.
—Interesante.
Pilar sonrió.
—¿Interesante bien?
Uno de los miembros del jurado soltó una risa breve.
Rufino mantuvo la sonrisa.
—Que algo sea interesante siempre es bueno, hasta que deja de serlo.
—Eso no aclara demasiado.
—Las cosas que merecen la pena rara vez lo hacen.
Clara decidió que no le caía bien.
No tenía un motivo concreto.
Solo una acumulación de pequeños detalles.
Rufino recorrió con la mirada las ventanas y empezó a comentar.
Una elección acertada de aromáticas.
Una combinación de color algo previsible.
Un buen aprovechamiento de la altura.
Una poda que habría convenido realizar tres días antes.
Elogiaba en voz suficiente para que todos lo oyeran y corregía bajándola justo lo necesario para que el propietario de cada balcón entendiese que había fallado personalmente.
Pilar lo seguía como si pudiera impedir una descalificación mediante entusiasmo.
Ramiro llevaba la carpeta.
Clara se quedó junto a la puerta del café.
Teodoro Uceda apareció entre los curiosos.
Clara lo reconoció porque Pilar llevaba días señalándolo.
Había ganado la edición anterior.
Su casa estaba en otra calle de la ruta y, según Doña Amparo, había vivido el último año como si aquel premio equivaliera a una condecoración militar.
—Acebal —dijo Teodoro.
Rufino volvió la cabeza.
El saludo entre ambos fue demasiado rápido.
—Teodoro.
—Mañana hablaremos.
—Mañana estaremos todos ocupados.
—Encontrarás cinco minutos.
Rufino mantuvo la sonrisa.
—Seguro.
Teodoro se alejó sin despedirse.
Clara miró a Pilar.
Pilar ya la estaba mirando.
Ese intercambio habría bastado para alimentar dos horas de conversación, pero Rufino se había detenido frente a la entrada principal.
Alzó la vista hacia la jardinera situada sobre el tramo central de la fachada.
—Esa.
Ramiro consultó la carpeta.
—¿Qué ocurre?
Rufino señaló.
—La fijación.
—Está revisada.
—No parece segura.
Ramiro cerró la carpeta.
—Porque no puede verla desde aquí.
—Precisamente.
—No entiendo.
—Si no puedo comprobarla visualmente, el jurado tampoco puede garantizarla.
—Eso no tiene sentido.
Rufino sonrió.
—Tiene todo el sentido cuando hay público debajo.
Ramiro dio un paso hacia la fachada.
—El soporte está anclado en dos puntos.
—Lo sé.
—La jardinera pesa menos que el máximo recomendado.
—No es una cuestión de peso.
—Entonces ¿de qué es?
—De criterio.
Clara vio cómo se tensaba la mandíbula de Ramiro.
Aquella palabra era una provocación especialmente precisa.
—Las bases especifican medidas —dijo él—. No criterios subjetivos de seguridad.
Rufino extendió una mano.
—Las bases no sustituyen la responsabilidad.
—Y la responsabilidad no sustituye las bases.