El movimiento perfecto CAPITULO 27
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CAPITULO 27

Habían transcurrido más de diez días desde que el caso del asesino del tablero había saltado a los medios de comunicación de manera inevitable.

Poco a poco se iba hablando menos de ello y otras noticias ocupaban las portadas de los periódicos y las tertulias en los programas de radio y televisión.

Pero hasta ese momento los días habían sido frenéticos.

El informe del forense y los resultados de los análisis de la policía científica no dejaba lugar a dudas.

Maribel Guillem había muerto envenenada por aconitina al comer varios bombones que contenían el veneno.

El mismo veneno que había matado al resto de víctimas y que se encontraba en el pequeño frasco, con ese líquido transparente, camuflado entre el resto de las especias en la cocina.

El papel del regalo encontrado en la despensa era el mismo que había envuelto todas las cajas con las piezas de ajedrez, la caja de bombones que le llegó a María Reina y el mismo papel que ella tenía sobre la mesa cuando la encontraron fallecida.

Ella había enviado los paquetes con las piezas de ajedrez a la inspectora Morat, los primeros desde el buzón del mismo mercado de Ruzafa.

Los últimos desde otro buzón cercano a la estación de trenes conocida como la Estación del Norte.

Ambos buzones extremadamente transitados y casi imposibles de detectar a quien depositaba los paquetes.

Tras una ardua investigación, Rubén y la inspectora Morat, con la ayuda del Javier Delgado, lograron averiguar de dónde había obtenido el veneno.

Entre las plantas que Maribel tenía en su pequeño balcón estaban, perfectamente integradas entre lirios y geranios, las conocidas como casco del diablo o matalobos.

Preciosas plantas con unas llamativas flores de color azul intenso, que sin embargo escondían un mortal veneno en su interior.

La toxina podía extraerse a partir de las raíces o de las flores, machacándolas con cuidado hasta obtener un líquido claro, casi inodoro, pero extremadamente tóxico.

Bastaban unas pocas gotas, disueltas en una bebida o un alimento, para causar unos síntomas que podían confundirse con molestias estomacales, hasta que, transcurridas unas dos horas, detenía completamente el corazón.

El médico que trataba el tumor de Maribel confirmó que en las últimas pruebas habían detectado un crecimiento súbito del mismo, reduciendo todavía más su esperanza de vida.

No le había extrañado el hecho de que decidiera poner fin a su vida, era una reacción que tenían muchos pacientes en un momento así.

Aunque sí le extrañó la manera en que lo hizo y el reguero de fallecidos que dejó en el camino.

Tras muchas charlas, debates y análisis de las circunstancias de cada muerte, concluyeron que probablemente pusiera el veneno en el pedazo de tarta que le llevó al padre Fernando cuando lo visitó la tarde de su fallecimiento.

Del mismo modo lo llevaría consigo a la subasta benéfica, donde lo pondría en la bebida de Alberto Cascos.

Al ser un veneno sin apenas sabor nadie se percató de lo que ocurría hasta que era demasiado tarde.

La muerte de Enrique Torres era la que causaba más confusión.

En su declaración afirmó que fue de compras a la calle Colón.

Maribel sabía que Enrique tenía que acudir al estanco a comprar la caja de puros, por lo que era posible que fingiera un encuentro casual para tomar algo con él y envenenarlo.

Quizás un café, quizás una comida. No podían estar seguros.

A María Reina le envió una caja de bombones, de una marca muy conocida y que podía conseguirse en cualquier supermercado.

Igual a la que encontraron en su casa y que resultó ser su última comida.

La única muerte que sí tenían claro cómo se había producido era la primera, la de Luciana Barranco.

Asesinada por un golpe en la cabeza, pero de una manera tan diferente a todas las demás, que no entendían el por qué de esta diferencia.

¿Había sido el asesinato más pasional, el que ocultaba un verdadero motivo personal?

¿O era todo lo contrario y era un asesinato no premeditado y diferente a todos los demás?

Pero lo que los tenía completamente desconcertados, y no consiguieron llegar a una conclusión clara y convincente, era los motivos para todas estas muertes.

Maribel había logrado confundirles, mostrándose sorprendida ante cada una de las muertes, pareciendo verdaderamente afectada por todas ellas.

Había demostrado ser una mujer capaz de fingir, engañando a todos ellos, cuando al final era la causante de todas las muertes.

El comisario Bohigues participó activamente en esta última parte de la investigación, la más complicada.

Conocer la motivación del asesino para cometer los crímenes.

Aunque, tras todo lo que habían descubierto, no tenían dudas de la autoría de los mismos, no podían dar el caso por cerrado sin conocer los motivos por los que se habían cometido los asesinatos.

Finalmente creían haber encontrado motivos que parecía satisfacer tanto a Rubén como a la inspectora, como al comisario. Las charlas con Emma y Charo y con algunos de sus compañeros del curso de cocina, los ayudó a entender los pequeños matices que parecían ser la causa.

Luciana Barranco trabajaba en casa de Maribel una vez por semana hasta que un día, se la presentó a Charo al encontrarse en el supermercado.

Luciana decidió abandonar a Maribel para irse a trabajar a casa de Charo.

Desde fuera parecía una decisión completamente lógica, consiguiendo un trabajo a tiempo completo que le permitiría más ingresos a la mujer colombiana, pero que Maribel no debió encajar bien y ese fue suficiente motivo para su asesinato.

El padre Fernando, con toda su buena intención, animaba una y otra vez a Maribel a asistir a sus misas.

Hacía tiempo que había dejado de acudir, probablemente desde que le diagnosticaron la enfermedad, pero Maribel le había confesado a Emma que, lo que para el párroco era una mera invitación, ella lo sentía como una presión constante, se sentía juzgada por no acudir a la iglesia e incluso coaccionada ante la insistencia del párroco.

Fue una de las compañeras del curso de cocina de Alberto Cascos y Maribel, la que reconoció que éste la había invitado a cenar, pero que ella lo había rechazado, invitando entonces a Maribel.

El ser la segunda opción de Alberto no habría sido del agrado de Maribel, convirtiéndolo en su siguiente víctima.

El caso de Enrique Torres es el que más los desconcertaba.

No encontraban ningún motivo, más allá de la remota posibilidad que había apuntado Charo.

Según ésta, Enrique estaba interesado en ella sentimentalmente y creía posible que Maribel se sintiera celosa.

No era un motivo que los convenciera, pero tampoco encontraban otro que pudiera ser más válido.

Con María Reina no tenían dudas. Maribel, una mujer que se definía como clásica o incluso de pensamiento y costumbres antiguas, no veía con buenos ojos que una joven mujer se hubiera interpuesto en un matrimonio que había sufrido tanto tras perder a su único hijo.

No aprobaba la relación de María Reina con Vicente Lleó y eso le costó la vida.

La noticia del suicidio de Maribel Guillem corrió como la pólvora, la prensa insistía al comisario para que hiciera declaraciones informando de si ese era el final del asesino del tablero.

La semana anterior, el comisario Bohigues, ante un gran número de periodistas dio una rueda de prensa dando todos los detalles de la investigación.

Se notaba que estaba orgulloso de haber zanjado un caso tan complicado y con tanta repercusión mediática.

Ese frío lunes de finales de noviembre, la comisaría había vuelto a su rutina cotidiana y monótona.

Ya no había periodistas en busca de información, ni cámaras en la puerta esperando captar alguna imagen o alguna declaración.

El caso de los asesinatos en serie, que durante semanas había mantenido a la ciudad en vilo, se había resuelto de manera contundente.

Ahora el foco de atención estaba en cualquier otro lugar y tanto la inspectora Morat como el resto del equipo agradecían la tranquilidad que se respiraba en su lugar de trabajo.

Cristina se acercó a la sala de reuniones, donde todavía estaba el cristal lleno de la información que había ido recopilando.

Con calma comenzó a desmontar todo lo que allí colgaba.

No pudo evitar sentir una punzada al ver la fotografía de Maribel.

Seguía asombrada por el desenlace del caso.

El subinspector Fernández, que ya había abandonado el hospital, se unió a ella y le ayudó a guardar toda la documentación en una caja de cartón que tendría que almacenar en el archivo.

Solo los agentes que habían participado en la investigación entendían el verdadero peso de aquella caja, para el resto era tan solo un caso más, pero para ellos había sido un caso complicado, lleno de emociones y sorprendente hasta el final.

En la puerta de la sala Rubén los observaba con orgullo.

La inspectora Morat parecía haberse quitado un gran peso de encima, incluso se atrevía a bromear y se respiraba un ambiente más relajado.

A su lado, el subinspector Fernández la ayudaba con un aspecto visiblemente más sano.

Había adelgazado los kilos suficientes para que se apreciara a simple vista.

Seguía siendo corpulento, pero su barriga bastante menos voluminosa, ya no lo hacía parecer al borde de la obesidad.

Había dejado el tabaco completamente e intentaba mantener una dieta adecuada.

La estancia en el hospital le había hecho darse cuenta de que era primordial cambiar sus hábitos de vida y estaba decidido a intentarlo.

Rubén observaba a sus compañeros orgulloso, se sentía partícipe de ese caso, de esa investigación y estaba satisfecho con el trabajo que habían realizado en equipo.

Le gustaba trabajar con la inspectora Morat y el subinspector Fernández.

Dos maneras diferentes de trabajar y de entender la policía, pero que cada uno a su manera, le aportaban multitud de enseñanzas con las que esperaba, alguna vez, convertirse en inspector.

—Me marcho —dijo Cristina cuando volvió del archivo tras dejar la caja almacenada y a buen recaudo—. He quedado a comer con Javier y mi tía. No volveré hasta mañana.

—Disfruta y relájate. Te lo has ganado —contestó Fernández sinceramente.

Cristina cogió sus cosas y se marchó. La cara se le iluminó cuando vio a Javier en la puerta de la comisaría.

Había tenido el día libre y vestido con unos vaqueros y una gruesa sudadera le parecía el hombre más atractivo del mundo.

Le saludó con un beso en los labios y se subió al coche, dispuesta a disfrutar de esta comida, y de muchas más junto a su amado Javier.