El movimiento perfecto CAPITULO 26 #2
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CAPITULO 26 #2

Maribel tenía una grave enfermedad, incurable, apenas le quedaban unos pocos meses de vida, y todo hacía indicar que había decidido poner fin a su vida de una manera drástica.

Las primeras evidencias hacían suponer que, por algún motivo que todavía desconocía, había arrastrado a varias personas con ella en su trágico final.

¿Habría alguna nota de suicidio? ¿Por qué había decidido asesinar a todas aquellas víctimas? ¿Qué motivos podía tener?

El comisario se acercó a ella con gesto compasivo.

—¿Quieres marcharte? Parece que estás muy afectada.

—No —contestó Cristina sacudiendo la cabeza—. Estoy bien. Puedo hacer mi trabajo.

La inspectora, incapaz de reconocer que los acontecimientos la estaban sobrepasando, hizo un gran esfuerzo por apartar sus sentimientos y controlar sus emociones y se dispuso a trabajar con la máxima profesionalidad posible.

Intentó abstraerse de quién era la víctima, de que posiblemente la víctima era a la vez la asesina, e intentó analizar los hechos de una manera objetiva.

El móvil de Maribel estaba junto a una vieja radio sobre el banco de la cocina.

Lo cogió y para su sorpresa vio que no tenía contraseña.

Comprobó el registro de llamadas y no le extrañó que las llamadas recientes fueran de su tía Emma y de Charo, las dos del día anterior.

Emma la había llamado algo después de las doce, seguramente al no acudir a su clase de pilates.

Charo a las dos y media, cuando tampoco acudió a su cita para comer.

Después de aquello no había nada más. Ningún mensaje, ninguna llamada.

De nuevo Cristina se asombró de lo solas que podían llegar a estar algunas personas, sobre todo a cierta edad.

Cuando apenas se tiene familia o peor aún, cuando incluso teniéndola no parecen estar interesados en formar parte de tu día a día.

De nuevo no pudo evitar pensar en sí misma, en que quizás el futuro le deparaba una vida en soledad también para ella.

Hasta hace no demasiado tiempo estaba convencida de que sería así, pero ahora Javier estaba en su vida y lo que estaban construyendo juntos esperaba que fuera el preludio de una vida plena y feliz a su lado.

En la inspección de la casa localizaron una pequeña impresora, a su lado unos folios con papel adhesivo donde se imprimía el destinatario de los paquetes.

Este nuevo hallazgo, con el resto que tenían hasta el momento parecía más que suficiente.

El papel rojo, la caja de bombones y el frasco con el contenido pendiente de analizar parecían pruebas irrefutables.

No encontraron ninguna nota de suicidio.

No hacía falta. El informe médico ya proporcionaba una razón de peso para querer quitarse la vida.

Habían transcurrido seis meses y con un poco de suerte podría vivir algunos más, pero probablemente de una calidad mucho peor de la que tenía hasta el momento.

Desaparecer dignamente era considerado una buena idea por muchos pacientes terminales.

«Tendré que avisar a mi tía. Esta noticia la va a destrozar» —pensó Cristina imaginando la reacción de su tía.

Era amiga de Maribel de toda la vida, desde que compartieron colegio hacía ya cincuenta años, y la una era para la otra lo más parecido a una familia, a una hermana.

No solo compartían gimnasio o comidas, tardes de cine o paseos vespertinos.

Ambas mujeres se apreciaban y la una encontraba en la otra la familia que no tenían cerca.

Sin duda Emma iba a sufrir un gran golpe al conocer la noticia.

El comisario Bohigues pareció conocer los pensamientos de Cristina, se acercó a ella y con un tono cariñoso al que la inspectora no estaba acostumbrada, le dijo:

—Inspectora Morat, vaya a ver a su tía. Creo que esta noticia se la debe dar en persona.

—Gracias comisario. Más tarde iré a la comisaría.

Cuando salió a la calle agradeció el aire frío que soplaba aquel día.

Parecía que por fin las temperaturas diurnas eran acorde al mes de noviembre, no como en las semanas anteriores donde en las horas centrales del día la temperatura era todavía demasiado elevada.

Se abrochó su abrigo y se dirigió a casa de su tía.

Miró el reloj y vio que eran las diez y media de la mañana, así que decidió acercarse a la cafetería donde desayunaba todas las mañanas, era improbable que aún estuviera allí, pero le pillaba de camino a casa de su tía.

Cuando llegó al bar, Emma ya no estaba, así que continuó el camino hasta su casa.

Entró en el portal con su propia llave y subió hasta casa de su tía.

Cuando la inspectora salía del ascensor Emma estaba en el rellano, de pie, esperándolo.

Su cara reflejaba auténtica sorpresa cuando vio a su sobrina salir del ascensor.

—¡Cristina! ¿Qué ocurre? —preguntó al reconocer en la cara de su sobrina una expresión de preocupación.

—Tía, será mejor que vayamos dentro.

Emma, cargada con una pequeña bolsa de deporte, abrió la puerta de su casa y entró, seguida de su sobrina que se dirigió hasta el salón donde se sentó en uno de los sillones.

—Tía Emma, ha ocurrido algo terrible.

La cara de Emma Miquel, que miraba fijamente a su sobrina, fue pasando por un abanico de expresiones; el asombro, el miedo, la tristeza y el desconcierto fueron algunos de los sentimientos que experimentó al escuchar el relato de Cristina.

Emma no daba crédito a lo que estaba escuchando y no podía creer que su amiga, su hermana, hubiera decidido quitarse la vida.

Pero lo que la dejó verdaderamente atónita, era pensar en la posibilidad de que Maribel fuera la asesina. Era imposible. No lo podía creer.

—Yo tampoco me lo explico, pero las pruebas parecen indicar que ella es la asesina —dijo Cristina aun sabiendo que eran solo especulaciones.

Hasta que no hubiera concluido la investigación no podían estar seguros de esa teoría.

Pero, pasados los primeros minutos del impacto inicial, cada vez estaba más convencida de que efectivamente era así.

En ese momento Cristina se acercó a su tía para abrazarla, notando cómo el cuerpo de Emma comenzaba a temblar a causa de los sollozos que no había sido capaz de contener.

Cristina la abrazó con más fuerza, sintiendo la debilidad de aquella pequeña mujer que parecía haber menguado y se mostraba indefensa y vulnerable.

Conversaron durante largo rato, sentadas una junto a la otra y sin ser capaces de soltar sus manos, que permanecían unidas, mostrando el apoyo y la compañía que en ese momento necesitaban.

Algo más calmada, Emma se levantó, con la intención de preparar una taza de té.

El café ahora no sería la mejor opción, se sentía nerviosa y quería calmar los nervios.

Estaba dispuesta a, como si de una de sus novelas se tratara, analizar el comportamiento de Maribel de unas semanas atrás y tratar de averiguar los motivos por los que había asesinado a aquellas pobres personas.

—No creo que sea buena idea tía. Es mejor que ahora no pienses en eso —replicó Cristina sabiendo el caso omiso que su tía iba a hacer a sus consejos.

Estaba en lo cierto. Emma, obstinada y cabezota, quería recomponer el puzle y dar algo de sentido a lo que su amiga había realizado.

¿Era posible que existiera un motivo oculto para acabar con la vida de esas personas en concreto?

Emma estaba dispuesta a averiguarlo, o al menos a intentarlo.

Era buena en ese tipo de cuestiones, había leído infinidad de novelas de esa clase y se consideraba buena observadora.

Al menos hasta ese momento, porque si su amiga había sido capaz de jugar con ella de esa manera, despistándola como lo había hecho y siendo la autora de los asesinatos sin que ella hubiera tenido la más mínima sospecha, ya no estaba tan segura de que lo fuera.

—Tengo que hablar con Charo. Ella se va a ver afectada casi tanto como yo —dijo Emma que parecía haberse repuesto del shock inicial de una manera admirable.

Cristina se marchó más tranquila sabiendo que su tía iba a encontrarse con Charo. No quería dejarla sola en su casa después de recibir la terrible noticia. Parecía estar bien, pero su tía era capaz de cualquier cosa con tal de no preocuparla.

La inspectora recordaba el día en que su tía parecía no saber utilizar la televisión.

Fueron unos pocos segundos, pero los suficientes para quedarse mirando el mando de la televisión sin saber qué hacer con él ante la atónita mirada de Cristina.

Emma le quitó importancia, pero la inspectora sí se había dado cuenta.

Después de ese día estuvo llamándola varias veces al día durante un tiempo, para asegurarse que se encontraba bien y que no le había vuelto a pasar.

Hasta que un día su tía, casi enfadada, le dijo que dejara de preocuparse, que se encontraba perfectamente.

«Cualquier cosa con tal de no preocuparme» —pensó mientras se marchaba dejando a su tía en la puerta con una sonrisa que estaba segura de que no sentía, pero forzaba para tranquilizarla.