El movimiento perfecto CAPITULO 26
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CAPITULO 26

Cristina no daba crédito a lo que acababan de entregarle.

Eran solo las ocho y media de la mañana y había llegado otro paquete.

El último paquete. Solo dos días después de recibir el anterior.

Pero en este caso no habían descubierto ningún cadáver.

Esta no era la manera habitual de proceder del asesino.

Hasta el momento, primero se producía el asesinato y luego llegaba el paquete.

De nuevo el asesino había cambiado su manera de actuar.

Avisó al comisario Bohigues y a Rubén y todos se encerraron en la sala de reuniones.

El corazón de la inspectora iba a mil por hora.

Sabía que la pieza de ajedrez sería un rey negro, pero en esta ocasión no sabían quién era la víctima.

Los días anteriores, desde el asesinato de María Reina, habían estado investigando, tratando de buscar alguna relación entre los sospechosos y la palabra rey.

Entre los asistentes al curso de cocina, al club de lectura, personas relacionadas con Charo y Vicente.

Pero no habían encontrado ninguna relación.

La inspectora estaba intrigada ante quien podría ser la víctima.

Por fin había quitado el papel rojo de la caja y al abrirla apareció ante ellos, efectivamente, el rey. La nota de papel estaba sobre él. Rápidamente leyó las palabras escritas.

Maribel Guillem: EL MOVIMIENTO PERFECTO. Jaque Mate.

Los ojos de Cristina se abrieron como platos.

En la hoja de papel estaba escrito el nombre de Maribel Guillem.

¿Cómo era aquello posible? ¿Quería decir que Maribel había muerto?

¿Por qué era el movimiento perfecto? Levantó la vista y comprobó que Rubén y el comisario habían quedado igualmente impactados.

Rápidamente Cristina sacó su teléfono y marcó el número de Maribel. No hubo respuesta. Pensó rápidamente.

«Hoy es miércoles, mi tía come con ella los martes. Voy a llamarla»

Acto seguido y sin dar explicaciones a su compañero y a su jefe que la miraban atónitos ante la velocidad de sus movimientos, llamó a su tía, pero puso el manos libres para que pudieran escuchar la conversación.

—¡Hola, cariño! ¡Qué alegría!

—Tía, ayer fuiste a pilates con Maribel y luego quedasteis a comer ¿verdad? ¿A qué hora la viste por última vez?

—¿Qué? —preguntó Emma extrañada por la pregunta de su sobrina.

—Ayer, ¿a qué hora viste por última vez a Maribel? —insistió

—No la vi, no vino a pilates y tampoco acudió a la comida con Charo y conmigo.

El corazón de Cristina latía todavía más rápido. El día anterior Maribel había faltado a dos citas.

—¿No la llamaste? ¿No te extrañó? —preguntó Cristina casi chillando.

—Maribel lleva una temporada que no se encuentra bien de salud y alguna vez ha faltado a pilates.

Es cierto que no suele faltar a las comidas, al menos no sin avisar.

Pero cuando la llamé y no contestó no le di importancia.

Pensé que estaría descansando con el teléfono apagado.

Estar tranquila y en la más profunda oscuridad es lo único que logra hacer que se marchen sus dolores de cabeza.

Pensaba llamarla hoy, pero algo más tarde ¿Ocurre algo cariño?

—Todavía no lo sé. Luego te llamo.

Cuando colgó el teléfono el comisario fue el que habló.

—Vamos al domicilio de Maribel Guillem. Mucho me temo que será demasiado tarde. Rubén, avisa al forense para que esté preparado por si acaso y trata de hablar con alguien más que pueda decirnos si vio a Maribel ayer en algún momento del día.

El comisario Bohigues y la inspectora se marcharon en el coche del inspector hasta la calle Matías Perelló.

Allí, estaban ya esperando una patrulla de policías a los que habían avisado por radio y los cuatro juntos subieron hasta la vivienda.

Tras varias llamadas al timbre sin respuesta y comprobar que el teléfono sonaba en su interior pero que Maribel no respondía, dieron orden para entrar a la fuerza.

Los agentes, provistos de un fuerte mazo, consiguieron con un par de golpes abrir la puerta. Recorrieron las diversas estancias hasta que uno de ellos gritó.

—¡Aquí, en la cocina!

Cuando llegaron al lugar Cristina tuvo que retroceder un par de pasos.

Ver a la amiga de su tía tirada en el suelo inmóvil le estaba provocando náuseas.

El comisario se acercó a la víctima, la observó y no tuvo dudas de que había fallecido.

Tampoco tuvo dudas de cómo se había producido la muerte.

Los ojos abiertos y dilatados y la misma expresión que en las otras víctimas indicaban el motivo.

—Avisad al forense y a la policía judicial —dijo el comisario a los dos agentes que había subido con ellos.

Al incorporarse, se acercó hacia la pequeña mesa de la cocina junto a la ventana y vio lo que en ella había.

—¡Inspectora Morat, mire esto! —exclamó sorprendido.

Cristina se acercó y vio lo que había llamado la atención al comisario.

No era la taza de café vacía sobre la mesa, ni los papeles que había sobre ella, ni siquiera la caja de bombones, igual a la que tenía María Reina en su casa, que con toda probabilidad tendría el veneno.

Lo que a ambos les llamó la atención era el papel rojo que se posaba sobre la mesa, algo roto y arrugado, tras haberlo rasgado para sacar los bombones de su interior.

Con gran cuidado Cristina se acercó al papel porque había algo que le resultaba extraño.

Lo extendió sobre la bancada de la cocina con el máximo cuidado posible para apenas tocar nada de él y miró al comisario.

—Este paquete no tiene ninguna pegatina. No hay nombre ni dirección —dijo mirando al comisario esperando identificar la expresión de su cara.

—¿Cómo es posible? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

—Se me ocurren varias opciones. Lo dejaron directamente en el buzón de su casa sin pasar por correos o el asesino se lo dio personalmente.

—Existe una última opción —dijo el comisario mientras leía los papeles que había junto a la mesa.

—¿Cuál? –—preguntó Cristina que no entendía la reflexión del comisario.

—Que ella sea la asesina —y mientras lo decía le mostró a la inspectora el informe médico, fechado seis meses atrás, donde se le diagnosticaba un tumor cerebral realmente agresivo, rápido y letal y con una esperanza de vida realmente baja.

La inspectora Morat estaba completamente abatida, este nuevo asesinato le había pillado completamente desprevenida.

No podía creer que la víctima fuera Maribel Guillem, pero todavía estaba más impactada por la posibilidad que había insinuado el comisario.

¿Era posible que Maribel fuera la asesina?

No sabía qué pensar. ¿Qué significaban los papeles que le estaba mostrando el comisario?

Su mente no era capaz de procesar la información, ni de pensar con claridad.

Salió de la cocina, se dirigió al comedor y salió al pequeño balcón repleto de preciosas plantas con llamativas flores, esperando que el aire fresco la despejara y la hiciera salir del abatimiento en que se había sumergido.

Tras unos minutos notando como viento fresco golpeaba en su cara, volvió al interior.

Javier Delgado y el resto del equipo de la policía científica acababan de entrar en el portal de Maribel, en pocos segundos entrarían en la vivienda, y no quería mostrar debilidad.

Respiró profundamente y se dirigió a la cocina.

—Buenos días, Cristina. Hola comisario Bohigues —dijo Javier cuando entró en la vivienda con el resto de los compañeros.

El forense se acercó a la víctima y pocos minutos después confirmó lo que todos sospechaban. Parecía una muerte como las anteriores, envenenamiento. Probablemente, igual que en el caso de María Reina, los bombones contenían el veneno letal.

—¡Inspectora, comisario! —dijo uno de los miembros del equipo del forense que estaba inspeccionando un armario que parecía destinado a despensa—. Hemos encontrado algo.

Cuando llegaron junto al policía observaron lo que había encontrado.

En uno de los estantes de la despensa, junto con algunos manteles, había varios rollos de papel de regalo a medio gastar.

Uno de ellos del mismo color rojo que habían utilizado para enviar la caja de bombones a María Reina y que envolvía los bombones que había tomado Maribel.

—¡El papel! —exclamó el inspector haciendo gestos al agente para que lo sacara del lugar.

Con sumo cuidado y provisto con unos guantes de látex, el policía cogió el papel rojo del estante y lo sacó, dejándolo sobre el banco de la cocina.

—Tendremos que hacer un análisis completo, pero a primera vista parece el mismo papel que está sobre esta pequeña mesa. El mismo papel que en los diferentes envíos que has recibido Cristina —dijo Javier completamente convencido.

La inspectora Morat observó cuidadosamente el papel rojo, sin tocarlo, pero apreciando los detalles.

No había duda. Se trataba del mismo papel.

Su cabeza daba vueltas. A pesar de que desde hacía semanas los sospechosos estaban sobre la mesa, la posibilidad de que uno de ellos efectivamente fuera el asesino la había pillado desprevenida.

No podía creerlo, pero sin embargo lo que tenía ante sus ojos parecía indicar que era cierto.

—¡Aquí! —exclamó otro de los agentes que estaba junto a una pequeña estantería en la pared repleta de pequeños tarros llenos de especias.

El agente sostenía en la mano uno de los tarros, completamente diferente a los demás, sin ningún tipo de etiqueta, que parecía contener un líquido claro en su interior.

Todos permanecieron en silencio, con el mismo pensamiento que nadie se atrevía a pronunciar.

¿Era posible que aquel pequeño frasco contuviera el veneno que tantas muertes había provocado?

—Nos lo llevamos para analizarlo —dijo Javier rompiendo el tenso silencio que se había producido.

Cristina, desolada, se acercó hacia la mesa y cogió los papeles que le había mostrado el comisario. Los leyó con detenimiento. De pronto todo cobró sentido.