CAPITULO 25
Maribel Guillem estaba en su casa preparándose su habitual café, tomándose todo el tiempo necesario para que fuera perfecto.
Sabía que visto desde fuera podía parecer demasiado exagerada.
Para la mayoría solo era un café. Para ella era su rutina, su momento y disfrutaba tanto del sabor del café cuando lo tomaba como de toda la preparación previa.
Tenía la radio encendida, con el programa matutino habitual, pero cuando comenzaron a hablar sobre el asesino del tablero la apagó.
El día anterior, de alguna manera, se había filtrado a la prensa la información de que el asesino en serie del barrio de Ruzafa enviaba una pieza de ajedrez a la policía tras cometer cada asesinato.
«El asesino del tablero» lo habían bautizado tal y como había hecho la propia policía.
Pero Maribel, en esos momentos no quería escuchar hablar ni de asesinatos ni de piezas de ajedrez.
Ese día, como todos los martes, iba a ir a clase de pilates con su amiga Emma, y luego a comer a un nuevo restaurante que habían abierto cerca del Palau de la Música.
Charo se había empeñado en ir a probarlo, y a estas alturas ya sabía que era imposible llevar la contraria a Charo, así que aceptó ir a ese nuevo lugar a comer.
Pero en esos momentos no tenía ganas de nada. Cogió de nuevo el informe médico que tenía junto a la taza de café que se acababa de preparar y leyó las dos palabras que le habían cambiado la vida: Glioblastoma multiforme.
Hacía tiempo que no se encontraba bien. Los dolores de cabeza persistentes que sufría no eran simples dolores de cabeza, eran diferentes, más intensos y no se iban con ninguna medicación.
A ello se sumaba las aparentemente inocentes pérdidas de memoria que sufría, cada vez más habituales y los cambios de humor.
Por lo que seis meses atrás decidió ir al médico para comentar todos estos síntomas.
Los resultados de las pruebas que le hicieron en días posteriores no eran los que ella esperaba.
Fueron mucho peores y los médicos se lo comunicaron sin rodeos.
—Maribel, por desgracia no tengo buenas noticias. El tratamiento no ha dado resultado y el tumor cerebral no se ha reducido. De hecho, la biopsia que hemos realizado indica que se trata de uno de los tumores cerebrales más agresivos y letales que existe hoy en día.
—¿Existe la posibilidad de extirparlo? —preguntó Maribel al doctor temiendo escuchar la respuesta.
—Por desgracia está extendido e infiltrado en el tejido cerebral. La operación sería extremadamente arriesgada y aunque se consiguiera extirpar parte del tejido, no sería suficiente.
Hacía seis meses de aquella conversación, en la que, a petición suya, el doctor le explicó cuál sería la evolución de la enfermedad y cómo sería su tratamiento.
Ese tipo de tumor tenía la capacidad de crecer extremadamente rápido, tenía una alta resistencia a los tratamientos convencionales y una baja tasa de supervivencia.
—De doce a quince meses —le pronosticó el doctor ante la pregunta directa de Maribel de cuánto tiempo tenía de vida.
«Es el rey de los tumores» —pensó Maribel mientras recordaba las palabras exactas que había pronunciado el médico.
Solo lo sabían sus amigas Emma y Charo, a la primera se lo comunicó a los pocos días de saberlo, a la segunda justo después de la muerte de Alberto Cascos.
Podía imaginarse que Vicente Lleó, el marido de Charo, también lo sabría, pero no le importaba.
Con ellos podía hablar libremente de cómo se encontraba sin tener que disimular como con el resto del mundo.
Seis meses después del diagnóstico ya comenzaba a notar los síntomas que le había indicado el médico, mucho antes de lo esperado, y que se hacían presentes en la última fase de la enfermedad.
Estaba segura de que, en su caso, no llegaría hasta los quince meses de supervivencia.
Sin embargo, lejos de rendirse, estaba dispuesta a disfrutar del tiempo que le quedara, haciendo ejercicio en el gimnasio, comiendo con sus amigas, o como en ese momento, saboreando una deliciosa taza de café con uno de los bombones que le habían regalado.
«Qué buena persona. Ha tenido un gran detalle al venir hasta mi casa para darme estos bombones» —pensó mientras rasgaba el papel rojo que envolvía el paquete y abría la caja de bombones.