CAPITULO 24
La inspectora Morat estaba sentada en una de las sillas de la sala de reuniones, donde en las últimas semanas había pasado muchas horas.
Ella y Rubén habían estado todo el fin de semana trabajando, junto con algunos de los agentes de más confianza, repasando la información de la que disponían una y otra vez, pero le daba la impresión que era como moverse en círculos.
Los posibles sospechosos eran los mismos y no tenían ninguna prueba concluyente contra ninguno de ellos.
¿Era posible que estuvieran completamente equivocados y que no fuera ninguno de ellos?
Cristina ya no sabía qué pensar. Ya no se fiaba de su propia intuición, la cual, un día le indicaba que tenía que ser uno de ellos y al siguiente le hacía creer que cómo podía si quiera plantearse esa posibilidad.
Había sido un fin de semana espantoso. Lo único bueno es que había podido ver bastante a Javier.
Juntos habían revisado los informes de las autopsias y habían compartido sus impresiones.
Exceptuando a Luciana Barranco, las otras cuatro muertes se habían producido por envenenamiento por aconitina, hecho que les parecía extraño a los dos.
—¿Por qué el primer asesinato fue tan diferente al resto? ¿No lo tendría premeditado? —preguntó Javier mientras tomaban un café en la cocina de casa de la inspectora.
—Eso mismo me he preguntado una y otra vez. Da la impresión de que el asesino lo hizo de manera más casual o que tuvo que matarla de manera improvisada por alguna razón que no conocemos —contestó Cristina.
Su tía Emma la había llamado varias veces durante el fin de semana, sobre todo para asegurarse de que estaba comiendo bien.
En ocasiones estaba tan concentrada en su trabajo que se olvidaba hasta de comer.
Se había quedado más tranquila al conocer que o bien Rubén o Javier, se encargaban de recordarle que debían parar y salir a comer, aunque fuera algo rápido.
En ese momento llegó el paquete.
Del mismo tamaño de siempre, con el mismo papel rojo de siempre, con la misma pegatina de siempre. Y sin tan siquiera abrirlo, estaba segura de que dentro estaba la misma caja de siempre con una pieza negra de ajedrez. La reina.
Rubén se acercó llevándole unos guantes de látex y la inspectora realizó el ritual que ya le era tremendamente familiar.
Cuando abrió la caja, una pieza negra de ajedrez quedó a la vista junto con una nota de papel.
«María Reina. Quinto movimiento. Queda uno»
Decidieron enviarlo todo a analizar, como en las anteriores ocasiones, pero ya sabían lo que diría el informe.
El papel sería un papel corriente, al igual que la caja y la pieza de ajedrez.
La tinta, el papel y la impresora con la que se había escrito la nota eran tan comunes que podían encontrarse casi en cualquier lugar.
De nuevo sería una pista que no llevaría a ninguna conclusión.
«¿Cuánto tiempo pasará hasta que aparezca el último cadáver?
» —se preguntaba Cristina. La aparente improvisación del asesino hacía que no encontraran ninguna pauta que pudieran seguir.
Nada parecía como debería ser en un asesino en serie, metódicos y calculadores por definición, éste parecía seguir sus propias reglas.
Nada de lo que había estudiado o había leído en otros casos parecían servir para éste.
La manera de actuar del asesino la tenía desconcertada, así como sus motivos para elegir a las víctimas y para asesinarlas.
—Tenemos que encontrar quién puede estar relacionado con estos casos y que se apellide Rey, o tenga algo que ver con un rey o un castillo o algo similar —dijo Cristina que quería evitar a toda costa una nueva muerte más.
Tras varias horas más trabajando, a las seis decidió marcharse de la oficina.
Esa noche iba a ir con Javier a cenar de nuevo con su tía Emma.
Era la segunda vez que lo haría y volvía a estar nerviosa.
Esperaba que la cena transcurriera tan agradable como lo fue la vez anterior, cuando Emma y Javier congeniaron completamente.
Antes quería pasarse por el hospital. El subinspector Fernández permanecía ingresado en él.
Lo que en principio era una gripe, había resultado ser un amago de infarto y había estado varios días con un cuadro médico severo, pero ahora parecía estar mejor y quería aprovechar para visitarlo.
Estaba segura de que querría conocer los detalles de la investigación y quizás le pudiera aportar un punto de vista diferente que le hiciera ver las cosas de otra manera.
Pero en cuanto la inspectora cruzó la puerta de la habitación del hospital donde estaba Fernández, cambió rápidamente de parecer.
La persona que estaba sobre la cama apenas era una sombra de lo que había sido su compañero.
Tan solo hacía una semana que lo había visto, desde el lunes anterior que empezó a encontrarse mal y no acudió a su puesto de trabajo, pero el subinspector presentaba un aspecto muy diferente.
Su cuerpo, pesado y voluminoso, hacía parecer a la cama sobre la que estaba tumbado demasiado pequeña.
Su bigote, espeso y por lo general bien cuidado, ahora se veía sucio y desarreglado.
Pero la inmensa palidez que denotaba su piel era lo que más impresionó a la inspectora.
La cara de Fernández se mostraba pálida, sin brillo ni expresión, y sus enrojecidos ojos parecían estar hundidos y rodeados de profundas ojeras.
Las cánulas que llegaban a su nariz y que estaban conectadas a una bombona de oxígeno, acababa de dibujar un cuadro en el que el subinspector era, muy a pesar suyo, el único protagonista.
Fernández estaba descansando y Cristina dudó si entrar o no en la habitación. Estaba a punto de marcharse, para no molestar a su compañero, cuando la mujer de Fernández se acercó a la puerta y la saludó.
—¡Inspectora Morat!
—Hola Belén, no quería molestar —dijo la Cristina —Solo he venido para saber cómo se encontraba.
—Bueno. Su estado sigue siendo muy delicado.
—¿Creía que solo era una gripe? —preguntó preocupada por el tono en el que hablaba la mujer del subinspector.
La mujer de Fernández le explicó que, lo que en un primer momento había sido una simple gripe, se había ido complicando y resultó ser un amago de infarto.
Los médicos habían considerado incluso la posibilidad de entubarlo, puesto que estaba teniendo serios problemas para poder respirar, pero finalmente esa opción no había sido necesaria.
—Siempre le digo que tiene que perder peso y hacer más ejercicio, pero nunca me hace caso —dijo Belén cogiendo de las manos a la inspectora agradeciéndole su visita.
Cristina se marchó pocos minutos después preocupada por su compañero. Sus tres años de estudios en medicina, antes de convertirse en policía, volvieron a su memoria. Pero no hacía falta tener conocimientos médicos para darse cuenta de que el aspecto del subinspector era preocupante.
Se dirigió a su casa para darse una ducha y cambiarse de ropa, Javier iba a recogerla en menos de una hora para ir a cenar con su tía.
Sin embargo, Cristina no podía quitarse de la cabeza ni a Fernández, cuyo estado de salud le preocupaba profundamente, ni la última pieza de ajedrez que había recibido ni, sobre todo, cómo podía evitar la última muerte del asesino del tablero.