El movimiento perfecto CAPITULO 23 #3
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CAPITULO 23 #3

Poco rato después llegó Charo a comisaría.

Todavía llevaba puestas unas grandes gafas de sol negras y un traje pantalón blanco que, a pesar del día soleado que había en ese momento, no parecía adecuado para la época del año en que se encontraban.

Se sorprendió al ver a su marido sentado en una de las sillas, tenía aspecto nervioso y una apariencia tan cansada que hacía parecer que el traje que llevaba puesto, de una de las mejores marcas, fuera vulgar y barato.

—¡Vicente! ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien? —preguntó Charo acercándose a su marido y arrodillándose junto a él.

—Tranquila cariño, estoy bien —dijo con una sonrisa intentando calmar a su mujer.

—Señora Marzal, acompáñeme por favor —dijo Cristina manteniendo el mismo tono distante con Charo que con su marido.

Charo siguió a la inspectora sin saber bien qué ocurría.

Nadie le había informado del motivo por el que debía acudir inmediatamente a la comisaría.

De hecho, había tenido que salir apresuradamente de una comida con una asociación con la que colaboraba para llegar antes de las cinco, como le habían pedido, y ni siquiera había llamado a su abogado.

Su reacción ante la muerte de María Reina fue de auténtica sorpresa. Reconoció haber ido a visitarla el miércoles por la tarde y su versión coincidía con lo que ya sabían.

—Sí. Cuando abrió la puerta tenía una pequeña caja de bombones en la mano. De hecho, tuvo la desfachatez de ofrecerme uno a mí —dijo con cierto tono de desprecio.

—¿Está segura de que eran bombones? —preguntó Cristina.

—Absolutamente. No tengo ninguna duda. Pensé que ojalá se empachara comiendo esos bombones.

La inspectora y Rubén cruzaron una mirada tras escuchar aquellas palabras.

—¡Oh! Cristina, no me dirás que también ha muerto envenenada y que el veneno estaba en esos bombones —preguntó Charo relacionando la pregunta que le habían hecho con la mirada de los policías—. ¡Dios mío!

«O es una de las mejores actuaciones que he visto o efectivamente ella no tiene nada que ver con el paquete enviado» —pensó Cristina.

Otra pista que no los llevaba a ningún lugar.

Cada minuto que pasaba se sentía más frustrada.

Cada pista que investigaban, en lugar de acercarle más al asesino, parecía alejarlos todavía más de él.

—Muchas gracias, señora Marzal —se despidió Cristina.

Charo se acercó a su marido y se fundieron en un abrazo que parecía sincero.

Se marcharon juntos cogidos de la mano. La inspectora sintió algo de envidia al ver a la pareja que de nuevo parecía feliz.

Ahora sí veía al matrimonio tal y como los había conocido cinco años atrás y se sorprendió imaginándose con Javier, en un futuro lejano, tan juntos y enamorados como parecían Vicente y Charo en ese mismo momento.

La tarde en la comisaría fue larga. Localizaron e interrogaron al vecino que había escuchado la discusión de Charo y María.

Sin embargo, no pudo asegurar si había o no una caja de bombones en el lugar.

Aunque aparentemente no tenía nada que ver con este crimen, llamaron y hablaron por teléfono con Emma y Maribel, que les confirmaron que había acudido al cine y luego a merendar, lo que pudieron confirmar con los tickets de compra de ambos establecimientos.

«Menos mal. Parece que en este caso mi tía no tiene nada que ver» —pensó Cristina. Pero luego se dio cuenta de su error. Primero tenían que ser capaces de determinar cómo llegó la caja de bombones a María Reina.

Si el paquete había sido enviado por correo, como el resto de las piezas de ajedrez, cualquiera podría haberlo hecho en cualquier momento.

Si se lo había entregado en persona el asesino, podía haberlo hecho varios días atrás.

No podían determinar desde cuándo estaba la caja de bombones en casa de María, podría haber llegado el mismo miércoles o llevar en su casa varios días.

—Inspectora. Creo que es hora de marcharnos a casa —dijo Rubén en tono cariñoso pasadas las siete de la tarde.

Llevaba tiempo trabajando con la inspectora y era la primera vez que la veía tan enfadada y abatida.

Ella solía ser una persona tranquila, calmada, meticulosa y capaz de mantener la sangre fría ante situaciones estresantes.

Pero desde que había comenzado este caso, la notaba cada vez más afectada.

El hecho de que su tía, su única familia en Valencia, estuviera implicada en él, le estaba suponiendo una preocupación adicional.

—¿Qué sabes del subinspector? —preguntó de pronto Cristina acordándose de su compañero.

—Continúa en el hospital —respondió Rubén.

—Tienes razón. Será mejor que nos marchemos a casa.

Los dos policías abandonaron juntos la comisaría y se despidieron hasta el día siguiente.

A pesar de que era sábado habían decidido trabajar.

Estaban seguros de que en breve recibirían un nuevo paquete con otra pieza de ajedrez, una reina.

Y eso quería decir que solo quedaba un asesinato y una última pieza.

El rey. Pero no tenían ninguna pista de quién podría ser la víctima.