CAPITULO 23 #2
—El miércoles por la mañana iba a ser un día importante para mí. No sé si sabes que mi mujer y yo estuvimos de viaje el fin de semana pasado y ambos recuperamos el amor y la complicidad que habíamos perdido desde, … ya sabes —dijo refiriéndose a la muerte de su hijo.
—Sí, estoy al tanto de su viaje a Madrid junto a Charo el fin de semana pasado.
—En ese fin de semana me di cuenta del enorme error que cometí comenzando una relación con María, o con otras mujeres en momentos anteriores.
Y comprendí que sigo profundamente enamorado de mi mujer y ella de mí.
Charo me dio un ultimátum, debía zanjar la relación con María en cuanto volviéramos de nuestro fin de semana.
Pero a principio de semana tenía unos asuntos de trabajo realmente importantes y tuve que retrasar la ruptura un par de días.
Finalmente, el miércoles después de comer, quedé con María en vernos en su domicilio.
La tarde de los miércoles ella no trabaja y pensé que su casa era el lugar más apropiado para poner fin a la relación.
María preparó café y lo tomamos en el comedor, pero cuando le conté el verdadero motivo de mi visita ella pareció enloquecer.
Comenzó a chillar, diciendo que por qué motivo había cambiado de opinión, que hasta hacía un mes yo le decía que estaba dispuesto a divorciarme de mi mujer y que desde el asesinato de mi asistenta me encontraba diferente.
Traté de explicarle que solo era que había descubierto que seguía enamorado de mi mujer, que tenía la intención de luchar por mi matrimonio y que la relación entre nosotros debía finalizar.
—¿Pero? —preguntó Cristina.
—Pero las cosas no acabaron como yo había imaginado.
Rompió a llorar desconsoladamente, supo utilizar sus armas de mujer, seducirme, embaucarme y acabamos en la cama.
Cuando me marché se había puesto una vieja camisa mía que debí olvidar en alguna ocasión en su casa.
Yo me sentí tremendamente culpable y me fui.
Pero te aseguro que ella estaba perfectamente cuando salí de su casa.
—¿Se fijó si había alguna caja de bombones en el lugar o si había algún paquete sin abrir con un envoltorio rojo?
—No, la verdad es que no vi nada de eso.
—¿A qué hora se marchó?
—A las cinco y media —respondió extrañado al percatarse que la inspectora no lo tuteaba y lo trataba con demasiado formalismo.
Vicente no fue capaz de dar información sobre el origen del paquete, ni quién lo pudo enviar, ni cuándo.
Pero sí que había dado algunos datos importantes.
La camisa que se puso María tras estar con Vicente era la ropa con la que la encontraron fallecida.
El hecho de que las tazas de café todavía estuvieran en la mesa del comedor, hacía pensar que no había transcurrido mucho tiempo desde la marcha de Vicente hasta que María ingiriera el veneno, probablemente en los bombones.
Pero ¿cómo había llegado el paquete? ¿Realmente había sido por correo postal?
¿era posible que Vicente se lo entregara como último regalo antes de dar por finalizada su relación?
—Continúe – dijo Cristina.
Vicente Lleó relató que, por la noche, al llegar a su casa, su mujer estaba realmente nerviosa y enfadada.
Al parecer había seguido a Vicente para asegurarse de que cumplía con su palabra y que acababa la relación, pero lo vio salir de casa de su amante con aspecto desaliñado; la corbata mal puesta y la ropa arrugada fueron pruebas suficientes para que su mujer supiera lo que había ocurrido en esa vivienda.
Charo le contó que cuando vio salir a Vicente, ella se dirigió a casa de María, para hablar con ella y dejarle las cosas claras.
—«No iba a consentir que una niñata destruyera de nuevo lo que tanto le había costado recuperar» fueron sus palabras textuales —dijo Vicente Lleó.
—Entonces, ¿quiere decir que su mujer visitó a María Reina el mismo miércoles por la tarde? —preguntó la inspectora atónita ante esta nueva circunstancia.
—Sí. Consiguió acceder a su casa y hablar con ella.
La encontró vestida tan solo con una de mis camisas, confirmando sus sospechas de lo que había ocurrido minutos antes, y enfureció.
Al parecer tuvieron una acalorada discusión, hasta el punto de que salió uno de los vecinos para ver qué ocurría.
Solo cuando este vecino amenazó con llamar a la policía fue cuando Charo decidió marcharse.
Rubén anotó este hecho en la pequeña libreta que siempre llevaba encima, incluso antes de que la inspectora Morat se lo dijera.
Debían averiguar quién era ese vecino y hablar con él.
¿Era posible que fuera Charo quien le enviara esos bombones?
¿Era posible que Charo estuviera detrás de los asesinatos?
¿O quizás había sido más de una persona?
La inspectora ya no sabía qué pensar. La dimensión de este caso y lo poco metódico que parecía el asesino, no les facilitaba su labor.
No entendía por qué, si todas las víctimas eran obra del mismo asesino, la primera de ellas había muerto de una manera tan diferente a las demás.
Nunca habrían relacionado esa muerte con el resto de no ser por las piezas de ajedrez.
Los días que transcurrían entre un asesinato y el siguiente tampoco parecían seguir ninguna pauta.
Las víctimas no tenían relación entre sí, más allá de ser del círculo de sospechosos y de vivir en el barrio de Ruzafa.
Tampoco encontraban móviles para sus asesinatos, a excepción del crimen de Luciana Barranco y quizás de este último asesinato.
El único motivo común para todos ellos tenía que ver con sus apellidos y su relación con las piezas de ajedrez.
—Tras largo rato hablando con Charo, finalmente consiguió entrar en razón. Yo estaba arrepentido del último encuentro con María, puesto que había ido a verla con la firme intención de terminar mi relación —continuó explicando Vicente.
—¿Y por qué motivo ha acudido a su casa de nuevo esta mañana? —preguntó la inspectora intrigada por esto último.
El jefe de María, y dueño de la gestoría donde trabajaba, la había echado de menos el jueves en el trabajo.
No había acudido en todo el día y no contestaba a las llamadas ni mensajes.
No era típico de ella faltar a trabajar, menos aún con un asunto de trabajo realmente importante como el que tenían entre manos.
Esa mañana de viernes, al comprobar que de nuevo no acudía a trabajar y que seguía sin contestar, buscó a Vicente Lleó en su despacho en el mismo edificio donde se encuentra la gestoría.
—Al parecer mi relación con María era más evidente de lo que yo pensaba y él la conocía perfectamente.
Vino a preguntarme si sabía algo de ella, porque no conseguía localizarla desde que el miércoles se marchó a su casa.
Yo me ofrecí a acompañarlo a casa de María.
Al llegar allí conseguimos entrar en el portal cuando salía uno de los vecinos.
Llamamos al timbre, pero nadie respondió.
Cuando la llamé por teléfono y lo escuché sonar en su interior, supe que algo horrible había sucedido.
Fue entonces cuando decidimos llamar a la policía.
«Tiene sentido» —pensó Cristina. Aunque Vicente Lleó parecía tener siempre una excusa perfecta cada vez que lo interrogaba.
Todo parecía indicar que María Reina, tras la visita de Vicente y luego de Charo, comió varios de los bombones presuntamente envenenados y después falleció, quedando su cuerpo en el suelo hasta ese mismo viernes por la mañana cuando en el trabajo se preocuparon al no tener noticias suyas.
La versión del hombre que acompañaba a Vicente en casa del María, el jefe de ésta, coincidía exactamente con lo que acababa de relatar Vicente Lleó.
María estaba llevando personalmente un trabajo para uno de sus clientes más importantes y el jueves por la tarde tenían una reunión.
La ausencia del puesto de trabajo no era nada habitual en María y el hecho de que no respondiera a los mensajes ni llamadas no hizo más que alentar su preocupación.
—Mucha gente del trabajo conocía la relación entre ambos —dijo aquel hombre—. María no era precisamente discreta en esos temas y le gustaba alardear de los regalos de Vicente y los viajes que compartían.