El movimiento perfecto CAPITULO 23
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CAPITULO 23

Cuando colgó el teléfono, la inspectora Morat sentía el corazón acelerado.

Le acababan de informar que Vicente Lleó, acompañado de otro hombre, había acudido al domicilio de María Reina y que a los pocos minutos había llegado una pareja de policías de la comisaría de Zapadores, en la misma calle donde residía María.

En el camino en taxi hasta allí, Rubén le explicó lo sucedido.

—El miércoles, cuando te marchaste a casa a última hora de la tarde, hablé con uno de los agentes para que desde el jueves a primera hora siguiera a Vicente Lleó de una manera discreta.

Sé lo importante que era para ti y el duro golpe que te supuso que revocaran las órdenes de seguimiento.

Le di instrucciones de que ante cualquier movimiento sospechoso te llamara directamente.

Cristina sonrió a Rubén ante la anticipación que había demostrado.

Pero rápidamente la sonrisa desapareció de su cara.

El hecho de que acudiera la policía al domicilio de María no era un buen presagio.

Cuando llegaron a la calle Zapadores y se aproximaron al domicilio, en torno a las doce del mediodía, se encontraron el portal abierto y a varios agentes de policías en su interior.

Al adentrarse en el portal vio a Vicente Lleó, apoyado en una de las paredes, con la cara desencajada y un evidente estado de nerviosismo.

A su lado, un hombre al que no conocía permanecía en silencio mientras usaba su teléfono de manera casi compulsiva.

—¡Inspectora! Te prometo que yo no he tenido nada que ver, en cuanto hemos escuchado sonar su teléfono y que no contestaba hemos sabido que algo ocurría y hemos llamado a la policía —explicó Vicente en un verdadero estado de nervios.

—Inspectora, creo que será mejor que venga conmigo —le dijo a Cristina uno de los policías mientras se dirigía hacia las escaleras.

La inspectora, seguida de Rubén, siguieron al agente hasta la vivienda de María Reina.

En la puerta de entrada a la casa estaba el inspector Gandía, de la comisaría de Zapadores, que también había acudido al lugar.

Ambos inspectores se saludaron con un gesto con la cabeza y cruzaron la puerta de la vivienda.

Cuando entró, Cristina notó cómo las piernas le flojeaban.

En el suelo del comedor estaba el cuerpo de María Reina, completamente inmóvil, llevando como única ropa una camisa blanca que, incluso en esas circunstancias, se notaba que le quedaba demasiado grande.

María Reina estaba muerta. El asesino había actuado de nuevo y ella no había sido capaz de evitarlo.

Cristina se aproximó a la víctima, se arrodilló junto a ella, y comprobó que sus ojos estaban abiertos, con las pupilas dilatadas y la misma expresión que ya había visto en los anteriores asesinatos.

Quizás se estaba precipitando, pero estaba segura de que la muerte se había producido por envenenamiento, y más concretamente por envenenamiento por aconitina.

—¿Se ha avisado al forense? —preguntó sin saber a quién iba dirigida la pregunta.

—Sí —contestó el inspector Gandía—. Javier Delgado ya está de camino.

—¿Alguien puede decirme qué ha ocurrido aquí? ¿Por qué ha venido una patrulla a casa de María Reina? —preguntó de nuevo Cristina sin saber quién le iba a responder a la pregunta.

—Todavía no tengo todos los datos —explicó Gandía disculpándose.

—Agente Segarra, ¿puedes contarnos qué ha pasado? —dijo Rubén dirigiéndose a uno de los policías.

El agente Segarra era el policía con el que había hablado Rubén el miércoles a última hora de la tarde para que vigilara a Vicente Lleó y les informara ante cualquier circunstancia inusual.

—Inspectora Morat, desde ayer jueves a primera hora de la mañana he estado siguiendo al señor Lleó tal y como me ordenó su compañero —dijo refiriéndose a Rubén—.

Pero ha sido esta mañana, en torno a las once de la mañana cuando ha venido al domicilio de María Reina acompañado de otro caballero.

Debe trabajar con él porque ambos han salido del edificio donde el señor Lleó tiene su despacho.

—Continúa —dijo la inspectora escuchando atentamente lo que el agente le estaba narrando.

—Al llegar a la calle Zapadores han estado llamando al telefonillo, pero no les han abierto y han aprovechado cuando ha salido uno de los vecinos para entrar en el edificio.

Aproximadamente cinco minutos después han llegado casi corriendo dos agentes de la comisaría que está en la misma calle, y ha sido el momento en que le he llamado.

—Cierto —dijo el inspector Gandía—. Hemos recibido una llamada de dos hombres preocupados por el estado de una mujer, de la que no sabían nada desde el día anterior y que no respondía a la puerta a pesar de escuchar su teléfono sonando en el interior.

—Tendremos que hablar con el señor Lleó y con el hombre que …

Pero la inspectora Morat no acabó la frase.

Se había incorporado y de pronto sus ojos habían visto algo en lo que no había reparado hasta ese momento.

Sobre la pequeña mesa enfrente de los sofás, junto a dos tazas de café todavía sucias, había un envoltorio que le resultaba demasiado familiar.

Un papel rojo, exactamente igual que envolvía las cajas con las piezas de ajedrez, estaba encima de la mesa.

Una pegatina con el nombre y la dirección de María Reina estaba pegada sobre el papel.

Junto a él, también sobre la mesa, se veía una pequeña caja de bombones en la que faltaban cuatro de ellos.

En ese momento llegó Javier Delgado acompañado de la policía científica. Cuando entró en la vivienda se dirigió hacia Cristina y el inspector Gandía.

—Buenos días, se trata de María Reina ¿verdad?

—El veneno debía estar en los bombones —dijo Cristina sin ni siquiera saludar al forense ni al resto de los policías que acababan de entrar—. El análisis de esos bombones es prioritario.

Rápidamente la policía científica comenzó a realizar su trabajo, comenzando por los bombones que Cristina les había indicado.

Se trataba de una caja que contenía diez bombones, pero alguien se había comido ya cuatro de ellos.

El papel en el que se había envuelto los bombones no tenía remitente, exactamente igual que las piezas de ajedrez.

«Quizás murió pensando que tenía un admirador secreto» —pensó la inspectora sintiendo no haber podido evitar la muerte de esa mujer.

—Cristina, aunque no puedo confirmarlo, me atrevería a decir que el fallecimiento se produjo hace más de veinticuatro horas. Probablemente el miércoles a última hora de la noche —dijo Javier tras hacer una primera revisión al cadáver.

—¿El miércoles por la noche?

Cristina notó como la rabia se apoderaba de nuevo de ella.

El miércoles fue el momento en que les retiraron la autorización para seguir y vigilar a los sospechosos.

Si Vicente Lleó no se hubiera inmiscuido, probablemente habrían evitado este asesinato.

Otro motivo que lo convertía en sospechoso, aunque de nuevo estaba el matiz de la muerte de Alberto Cascos, que se produjo cuando Vicente estaba en comisaría retenido durante su interrogatorio.

De nuevo nada en este caso parecía tener sentido.

—Rubén, tenemos que interrogar a Vicente Lleó lo antes posible. Dile que él y ese hombre que lo acompaña acudan a la comisaría. Inspector Gandía, ¿no le importa que nos encarguemos este caso verdad?

—En absoluto inspectora Morat. Las órdenes de arriba son claras. Por mi parte no hay ningún problema.

Todavía permanecieron en la vivienda de la fallecida algo más de una hora, viendo las pruebas que recogía la policía científica, inspeccionando las habitaciones, intentando acceder al teléfono de la víctima.

Finalmente, Rubén y la inspectora se marcharon decididos a interrogar a Vicente Lleó y al hombre que lo acompañaba.

A pesar de que ya era la hora de comer, Cristina no quería perder más tiempo.

—¿Has avisado también a Charo Marzal? —preguntó a Rubén una vez llegaron a la comisaría.

—Sí, viene de camino. En breve estará por aquí.

La inspectora Morat quería escuchar la versión de Vicente de lo que había hecho desde el miércoles y necesitaba poder confirmarlo con Charo.

Unos minutos después le informaron que el señor Lleó ya había llegado.

Se llenó un vaso de agua que se bebió de un trago y se dirigió a una de las salas de interrogatorio.

—Acompáñame, Rubén. Quizás necesite que estés cerca para calmarme. Siento que tengo los nervios a flor de piel y la paciencia a punto de agotarse.

Los dos policías entraron en la sala donde Vicente Lleó esperaba sentado junto a su abogado, frente a una mesa con un café que alguien le había ofrecido.

—Buenos días, señor Lleó —dijo Cristina que había vuelto a dirigirse a Vicente de manera formal evitando las familiaridades de anteriores ocasiones. Estaba verdaderamente enfadada y no tenía intención de disimularlo.

La nueva muerte del asesino del tablero no había hecho más que evidenciar que sus sospechas eran ciertas y se sentía impotente por no haber podido mantener la vigilancia a los sospechosos.

«Aunque quizás tampoco habría podido evitarlo. Si el veneno llegó en una caja de bombones enviadas por correo era realmente complicado» —pensó.

—Buenos días, inspectora Morat —contestó Vicente con tono apesadumbrado.

—Cuénteme qué hizo desde el miércoles a primera hora de la mañana hasta el momento en que ha llamado a la policía esta mañana —dijo Cristina sin afectarse por el aspecto de Vicente Lleó.

De nuevo parecía cansado, aparentando cada uno de los años que tenía.

Ya no se mostraba altivo, ni elegante, ni seguro de sí mismo.

El peso de los últimos acontecimientos se notaba sobre él y por primera vez a la inspectora le pareció que tenía frente a ella a una persona de avanzada edad.

Sin embargo, Cristina decidió ignorarlo y centrarse únicamente en los hechos.