CAPITULO 22
La inspectora Morat había pasado una mala noche, no había conseguido dormir más de dos horas seguidas.
Había estado dando vueltas en la cama y sin poder conciliar el sueño.
Acostumbrada a dormir con Javier los últimos días, la noche anterior decidieron pasarla cada uno en su casa.
Ella acabó tarde de trabajar, revisando de nuevo los expedientes de los asesinatos sin llegar a conclusiones diferentes y él aprovechó para ir a su casa, en la que apenas estaba desde que había comenzado su relación con la inspectora.
A las seis de la mañana la inspectora Morat decidió que ya no tenía sentido continuar dando vueltas en la cama.
Se metió bajo la ducha, donde el agua muy caliente que caía sobre su cuerpo consiguió relajarla, hacer desaparecer la sensación de cansancio y mitigar ligeramente el continuo dolor en su pierna izquierda.
Dedicó varios minutos a secar su cabello y cuando quedó satisfecha con el resultado, lo cepilló dejando que cayera sobre sus hombros.
Se observó en el espejo y se sorprendió ante la imagen que vio.
En sus ojos asomaban arrugas que esa mañana parecían más profundas y pronunciadas.
La piel de su rostro parecía haber perdido su brillo y vitalidad y a ambos lados de su boca se notaban las líneas de expresión que se acentuaban conforme iba avanzando el día.
Le dio la impresión de que había envejecido varios años en esas tres semanas.
Ella siempre se involucraba profundamente en cada caso que debía investigar, pero éste le estaba afectando especialmente.
Se habían juntado varias circunstancias que le afectaban de manera personal: el reencuentro con la familia de Óscar Lleó, la implicación de su tía con algunos de los asesinatos y su incipiente relación con Javier Delgado.
Todo ello estaba resultando ser un cóctel que parecía poder explotar en cualquier momento.
Sacó su neceser y se aplicó un poco de maquillaje, rímel y algo de colorete.
Tras ponerse un poco de brillo en los labios se miró en el espejo y se sintió satisfecha.
«Mucho mejor» —pensó.
Se dirigió a la comisaría, pero antes paró en un pequeño horno donde las magdalenas y los croissants eran deliciosos. Compró media docena de cada y continuó su camino, dispuesta a compartirlo con los agentes que tan duramente estaban trabajando y a los que apenas agradecía su encomiable trabajo.
Aunque eran las ocho en punto de la mañana cuando entró en su lugar de trabajo, todo el mundo estaba ya concentrado trabajando.
Rubén estaba en medio de la sala y parecía dirigir a todos ellos indicando qué debían hacer.
Muchos de los agentes estaban implicados de una u otra manera en este caso y ninguno quería decepcionar a Rubén, ni a la inspectora, ni al comisario.
Cuando Rubén se percató de la llegada de la inspectora se acercó a ella.
—El comisario me ha dicho que hoy el subinspector Fernández tampoco vendrá a la oficina. Al parecer ha tenido alguna complicación y ha pasado la noche en el hospital. Va a estar ingresado al menos un par de días para tenerlo en observación.
—¿Cómo? ¿Pero no era una gripe? —preguntó mientras le daba a Rubén la caja con las magdalenas y los croissants.
—No tengo más información. Solo sé lo que me ha dicho el comisario Bohigues.
La inspectora Morat se quedó preocupada. No podía imaginar al subinspector Fernández débil en la cama de un hospital. Pero la voz de Rubén la sacó de sus pensamientos.
—Aquí tienes. El informe actualizado hasta las ocho de esta mañana. Aunque no ha variado mucho con respecto al de la tarde de ayer.
Cristina cogió el informe y se dirigió a la sala de reuniones, donde ya le resultaba familiar el cristal repleto de fotografías e información. Se acomodó en una de las sillas y comenzó a leer el informe, por si había ocurrido alguna novedad durante la noche.
La primera información que aparecía era del día anterior, martes, a las nueve de la mañana, y se estremeció al ver que era sobre su tía Emma.
«Fecha del informe: miércoles 5 de noviembre de 2025, 7.30 am
Agente de vigilancia: Furió
La sospechosa sale de su domicilio, en la calle Doctor Landete en el barrio de Ruzafa, en torno a las nueve de la mañana.
Viste elegantemente y se dirige a una cafetería cercana donde desayuna durante largo rato.
Alrededor de las diez y media de la mañana se traslada al gimnasio ubicado en la calle Doctor Sumsi donde permanece hasta las doce y media.
Al poco de entrar al local Emma Miquel, llega Maribel Guillem y ambas señoras salen juntas del local. »
«Ha ido a su clase de pilates, donde también va Maribel y han salido juntas. Seguramente se irán a comer, como hacen todos los martes» —pensó Cristina.
«Tras abandonar el gimnasio las señoras se van caminando hasta una librería cercana donde permanecen aproximadamente durante media hora.
Al salir ambas llevan una bolsa de plástico, lo que sugiere que han comprado algún libro.
En el establecimiento no se vende comida ni bebida de ningún tipo.
Desde la librería se dirigen al restaurante Volteretta ubicado en la Gran Vía Marqués del Turia y acceden a su interior.
Alrededor de las cuatro de la tarde salen de nuevo acompañadas además de la señora Rosario Marzal».
«Parece que Charo se ha aficionado a comer con mi tía y Maribel todos los martes. De momento es la rutina habitual de mi tía» —pensó Cristina aliviada porque no encontraba nada que le sorprendiera de su tía.
«Tras finalizar la comida, las señoras caminan unos metros juntas.
En un momento dado Emma Miquel se separa de las otras dos mujeres y se dirige a su domicilio.
En él permanece hasta las seis de la tarde, momento en el que se marcha al local donde se imparte el club de lectura al que acude habitualmente.
A las ocho de la tarde sale del local y regresa a su casa de donde no ha salido en toda la noche.
A las siete y media de la mañana del miércoles cinco de noviembre, la sospechosa continúa en su domicilio. »
La inspectora Morat sintió un pinchazo en el corazón al leer la palabra sospechosa en el informe.
No podía creer que estuvieran considerando a su tía como a una sospechosa.
Dio un suspiro y salió de la sala para ir a por una taza de café.
Se alegró al ver la caja de magdalenas y croissants vacía y rápidamente volvió para continuar con el informe.
Ahora relataban el resultado del seguimiento a Maribel Guillem.
«Fecha del informe: miércoles 5 de noviembre de 2025, 7.30 am
Agente de vigilancia: Colom
La sospechosa sale de su domicilio en la calle Matías Perelló, en el barrio de Ruzafa, en torno a las diez cuarenta de la mañana y se dirige al gimnasio en la calle Doctor Sumsi donde permanece hasta las doce y media.
Cuando sale del gimnasio lo hace acompañada de Emma Miquel, con la que pasea hasta una librería en la que, tras una media hora en su interior, salen con una bolsa de plástico cada una de las señoras.
A continuación, se dirigen a la Gran vía Marqués del Turia donde comen en el restaurante Volteretta.
A la salida del mismo, un poco antes de las cuatro de la tarde, salen acompañadas de la señora Rosario Marzal.
Las tres señoras se alejan caminando del restaurante y pocos metros después se separan.
Maribel Guillem se dirige a su domicilio y ya no sale en el resto de la tarde.
A las siete y media de la mañana del miércoles cinco de noviembre continúa en el interior del domicilio. »
«Maribel ha ido al gimnasio, a comprar un libro y a comer.
Luego se ha quedado en casa el resto del día» —pensó Cristina intentando analizar la información.
Tendría que revisar más tarde el informe de las llamadas telefónicas, pero le daba la impresión de que no sería muy extenso.
Ninguna de las dos parecía tener una vida demasiado ocupada, ni divertida.
Y de pronto Cristina se sintió culpable.
Ella estaba cada día ocupada en su trabajo y sentía que al día le faltaban horas para todas las cosas que tenía que hacer.
No se daba cuenta de que para su tía, al igual que muchas otras personas mayores, el día parecía tener demasiadas horas.
Ahora entendía la insistencia de su tía en quedar a comer con ella, a cenar, o en que fuera a su casa a visitarla.
Para su tía esos ratos suponían tener algo que hacer, algo en lo que ocupar las muchas horas libres que tenía a lo largo del día.
«Cuando todo esto pase encontraré los momentos para que disfrutemos juntas» —pensó. Entonces cogió el siguiente informe. Era el de Vicente Lleó.
«Fecha del informe: miércoles 5 de noviembre de 2025, 7.30 am
Agente de vigilancia: Cuesta
El sospechoso sale de su vivienda en la calle Luis Santángel en el barrio de Ruzafa a las ocho en punto de la mañana.
Viste traje azul marino con camisa blanca y corbata y se dirige a su despacho en la calle Jorge Juan, donde permanece hasta las dos del medio día.
Sale acompañado de dos caballeros con los que se dirige a un restaurante cercano en el que están aproximadamente durante dos horas.
En un momento dado Rosario Marzal se une a ellos y permanece unos veinte minutos.
Tras salir del restaurante, se despide de su mujer y regresa a la oficina hasta aproximadamente las seis de la tarde, momento en el que se dirige a un bar en la calle Conde Altea donde toma un par de copas con otro grupo de caballeros de edad similar a la suya.
En torno a las nueve de la noche regresa a su vivienda caminando.
A las siete y media de la mañana del miércoles cinco de noviembre continúa en el interior del domicilio»
Por último, le quedaba el informe sobre Charo Marzal, en el que tampoco había nada relevante.
Había comido con Emma y Maribel, se había encontrado con su marido en un restaurante unos minutos y luego había ido a la galería de arte de la calle Jorge Juan hasta las ocho, momento en el que regresó a su casa.
No había ninguna novedad respecto al día anterior.
La sensación de cansancio había regresado y su pierna izquierda empezó a darle grandes pinchazos.
La masajeó esperando que desaparecieran, aunque sabía que ese dolor, fruto de su preocupación, no iba a desaparecer con un simple masaje.
Con la tranquilidad de tener vigiladas a las personas implicadas en el caso, repasó el expediente de la última muerte, la de Enrique Torres.
En un primer momento pensaron que quizás los puros contendrían el veneno que causó su muerte.
Pero no fue así. La autopsia había determinado que los restos de comida que tenía en su estómago, pasta y algo de carne, eran la causa del envenenamiento.
Sin embargo, no habían conseguido determinar en qué lugar la tomó.
Enrique Torres era un misterio para ellos.
Desde que aquella mañana saliera a dar su paseo matutino, no se sabía qué había hecho el resto del día, ni dónde o con quién había estado, hasta que regresó a su domicilio tras comprar la caja de puros.
Y sin conocer esas circunstancias era imposible saber quién le había suministrado el veneno.
—Inspectora, ven ahora mismo a mi despacho —dijo el comisario Bohigues asomando su menuda cabeza por la puerta de la sala de reuniones.
Cristina se levantó rápidamente y se dirigió al despacho del comisario que, dando grandes zancadas, avanzaba hacia él visiblemente enfadado.
—Acabo de recibir una llamada del juez que autorizó las vigilancias. Acaba de revocar todas ellas con efectos inmediatos —dijo en un tono tan elevado y furioso que hasta algunos de los agentes volvieron la mirada en dirección al despacho.
—¿Cómo? —preguntó la inspectora incrédula ante semejante noticia—. No es posible.
—Al parecer el señor Vicente Lleó es más listo de lo que parece.
Ayer se percató de que lo estábamos siguiendo y contactó con su abogado para conocer sus derechos.
Parece ser que tanto él como su mujer conocen a gente influyente en la generalitat.
Hizo las llamadas necesarias para enfadar a quien debía y el juez, al que tanto me costó convencer para que nos autorizara a realizar estas diligencias, ha cedido ante la primera queja.
—¿Entonces, no podemos continuar vigilando a ninguno de los sospechosos? ¿Ni siquiera a María Reina? —preguntó sorprendida a la vez que indignada.
—El juez ha sido muy claro. Nos lo ha prohibido tajantemente. Es más, ha dejado claro que como Vicente Lleó o cualquier otro de los sospechosos se sienta vigilado tendremos consecuencias importantes.
—No me lo puedo creer. ¡Esto es increíble!
Tras pronunciar estas palabras la inspectora Morat salió del despacho hecha una furia ante la mirada atónita de todos los agentes. Rubén, la siguió hasta la sala de reuniones y tras cerrar la puerta le preguntó:
—¿Qué ha ocurrido inspectora?
Pero Cristina estaba realmente enfadada y no escuchaba a su compañero.
Tenía la mirada fija en el cristal de la sala con toda la investigación a la vista, todas las pistas, los datos, las conclusiones.
Por un instante pensó en arrancar toda aquella información, para desatar su rabia, pero recapacitó.
Respiró hondo y cerró los ojos, buscando en su interior la calma que tanto necesitaba en ese momento.
Por un momento recordó las clases de yoga a las que asistió mientras se preparaba para ser inspectora y que tanto le habían ayudado en esa época, y poco a poco logró recuperarse, sentirse tranquila y en paz.
—Acaban de revocar las órdenes de vigilancia. No podemos seguir a ninguno de los sospechosos, ni a María Reina —contestó a Rubén tranquilamente.
La inspectora Morat y Rubén compartían el mismo sentimiento de incredulidad. ¿Era posible que Vicente Lleó se sintiera amenazado ante la vigilancia de la policía? ¿Ese hecho lo convertía todavía en más sospechoso? Cuando Rubén salió de la sala, la inspectora sacó su teléfono e hizo una llamada:
—Necesito salir de aquí. ¿Puedes quedar a comer?
Una sonrisa se dibujó en su cara cuando, al otro lado de la línea, Javier aceptó la invitación. Javier siempre estaba ahí cuando lo necesitaba. Nunca le había fallado. Y estaba segura de que una comida con él le haría ver las cosas de otra manera.