El movimiento perfecto CAPITULO 21
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CAPITULO 21

A primera hora de la mañana el comisario Bohigues informó a la inspectora Morat que ya tenían la autorización del juez para comenzar la vigilancia de los cuatro sospechosos.

Se iban a iniciar los trámites para solicitar a las compañías telefónicas que desviaran tanto las llamadas como los mensajes de los cuatro teléfonos al sistema de escucha SITEL, utilizado en este caso por la policía nacional para interceptar comunicaciones previa orden judicial.

Este sistema no les permitía acceder al contenido de los mensajes cifrados, como WhatsApp, aunque sí tendrían constancia de a quién se envía o de quién se reciben esos mensajes.

Además, tendría información instantánea de la geolocalización de los cuatro investigados.

La orden permitía poner personal de vigilancia que seguiría tanto a las cuatro personas consideradas sospechosas como a María Reina, como posible víctima.

El comisario Bohigues se pasó gran parte de la tarde anterior justificando ante superiores y el juez los motivos para solicitar las órdenes de vigilancia.

A pesar de que era un hombre menudo, no se amedrentaba ante los impedimentos y era capaz de luchar hasta el final cuando creía que la causa lo merecía.

Y en este caso, a pesar de las pocas evidencias reales, confiaba en el presentimiento de su mejor inspectora.

El asesino había confirmado que quedaban dos asesinatos más y la mejor opción para evitarlos era poner vigilancia a esas personas.

Debían evitar que el asesino cometiera un nuevo asesinato y posiblemente María Reina sería su próxima víctima.

Finalmente, ante su insistencia, el juez le concedió el permiso para realizar las vigilancias.

—Inspectora Morat, todo está en marcha. Los equipos de vigilancia ya se han desplegado y las comunicaciones estarán disponibles en menos de dos horas.

—Gracias comisario.

Cristina colgó el teléfono y dirigió su mirada hacia Rubén, que estaba revisando las declaraciones de los miembros del club de lectura.

Ese día tampoco había acudido a trabajar Fernández.

Había avisado de nuevo mandando un mensaje y Cristina le había contestado preguntado cómo se encontraba.

Se sentía mal por no haberlo hecho el día anterior, pero la velocidad de todo lo que estaba ocurriendo le había hecho olvidarse por completo de preguntar a su compañero.

«Debe ser una especie de gripe. Dos días en cama y paracetamol y mañana estaré como nuevo» —le había respondido el subinspector.

«Parece mentira que una simple gripe haya conseguido que Fernández esté dos días sin venir a trabajar» —pensó Cristina incapaz de recordar la última vez que el subinspector había faltado a su puesto de trabajo.

Su aspecto robusto y fuerte hacía parecer que su cuerpo era capaz de soportarlo todo, pero resultaba evidente que no era así.

—¿Y bien? —preguntó Cristina a Rubén.

—Nada. Ninguno de los compañeros del club de lectura ha dicho nada que pueda ser útil en la investigación.

Todos han recalcado lo mucho que hablaba de su mujer y lo que la echaba de menos.

Ninguno recuerda que hablara de vida social o amistades a las que viera habitualmente ni de los planes que tenía los días en torno a su muerte.

Y por supuesto nadie sabía que tuviera ningún tipo de problema.

La mayoría lo ha descrito como un tipo aburrido y normal.

—Entonces no tenemos otras pistas que las que ya conocemos —explicó Cristina preocupada por lo que aquello significaba.

A pesar de que el día anterior se había mostrado completamente convencida de que las cuatro personas se podían considerar sospechosas, en ese momento ya no se encontraba tan segura.

El entusiasmo del día anterior tras adivinar qué pieza de ajedrez iba a llegar y por la posibilidad de conocer quién iba a ser la próxima víctima, se había esfumado dejando paso a un sentimiento de desconcierto.

Ninguna de las pruebas que tenían le parecían concluyentes, no tenían móviles para casi ninguna de las muertes y los sospechosos lo eran solo por estar relacionados una y otra vez con cada una de las víctimas.

¿Cómo consiguió convencer al comisario de que esas cuatro personas eran sospechosas?

Esta mañana, tras una buena noche de descanso, veía las cosas completamente diferentes.

Pero no tenían a nadie más. Tras largas jornadas investigando la vida de las víctimas, sus costumbres, sus hábitos e incluso revisando los gastos con sus tarjetas de crédito, no habían conseguido hallar una relación entre ellos que pudiera indicar por qué habían sido las víctimas de aquellos asesinatos.

No entendían las motivaciones del asesino, no entendían por qué elegía a las víctimas que elegía, y eso era primordial para poder dar con él y evitar que continuara asesinando.

El perfil psicológico no había ayudado en absoluto.

Demasiado genérico, demasiado vago. Inevitablemente sentía un gran peso sobre ella por el hecho de que su tía Emma era una de esas cuatro personas.

Ahora mismo una patrulla de policías de paisano estaba siguiendo sus pasos y escuchando sus conversaciones y eso le producía una sensación extraña de calificar.

«Anoche tuvimos la última conversación privada» —pensó al recordar la llamada telefónica con su tía del día anterior.

Cristina la llamó y estuvo un buen rato charlando con ella.

Había quedado a cenar con Javier, pero no quería perder la oportunidad de hablar con su tía tranquilamente, sin que nadie escuchara sus palabras.

Sin embargo, había algo de lo que seguía convencida. Estaba segura de que la siguiente víctima sería María Reina y tenían que hacer todo lo posible para evitarlo.

Quería estar informada permanentemente de dónde se encontraba María, si entraba en contacto con alguno de los sospechosos y sobre todo si comía o bebía algo con cualquiera de ellos.

A última hora de la tarde recibirían el informe con los resultados del seguimiento a los sospechosos y de las llamadas y mensajes de cada uno de ellos, a menos que hubiera algo excepcional que precisaran conocer inmediatamente.

El miércoles a primera hora de la mañana tendrían la información actualizada.

A pesar de que no había mucho más que pudiera hacer, la inspectora Morat se resistía a marcharse a su casa temprano.

El dolor de su pierna aumentaba día tras día.

Tenía un extraño presentimiento que no le gustaba lo más mínimo.

Le daba la impresión de que algo se les estaba escapando y se puso a revisar las pruebas y los informes una vez más.