El movimiento perfecto CAPITULO 20 #3
76%

CAPITULO 20 #3

Emma, Maribel y Charo estaban comiendo en la cafetería que se encontraba junto a la comisaría.

Charo lo había organizado en un momento cuando coincidió con Maribel tras las preguntas de la policía y al saber que Emma también debía acudir un poco más tarde.

Era una cafetería sencilla, que servía un simple menú del día y en el que ni siquiera tenían cartas de vinos.

Pero a Charo no parecía importarle ninguno de esos detalles que, en cualquier otro momento, habrían sido motivo para cambiar de restaurante.

Charo estaba pletórica de felicidad y no lo podía ocultar.

Sus ojos mostraban el brillo de una persona feliz y su cara parecía incapaz de borrar aquella sonrisa del rostro.

El halo que desprendía contrastaba con el ánimo decaído que mostraba Maribel, a la que todos esos asesinatos le estaban afectando profundamente.

Incluso parecía haber cambiado el carácter en estas últimas semanas, fruto del gran pesar que sentía.

Ni siquiera tenía hambre, pero aceptó la invitación de Charo sabiendo que no iba a aceptar una negativa por respuesta.

Emma, por su parte, parecía la más serena de las tres.

Su personalidad paciente y sosegada se mostraba en ese momento donde, aunque afectada por la muerte de su compañero del club de lectura y por tener que contestar una vez más a las preguntas de la policía, entendía que era pura rutina.

En realidad, no podía creer que la policía las tomara como verdaderas sospechosas.

Ni siquiera a Vicente Lleó. No tenía ningún sentido.

Ella, tan aficionada a las novelas policíacas, había analizado lo ocurrido como si de una novela se tratara y no creía capaz a ninguna de esas personas de cometer tales asesinatos.

—El fin de semana en Madrid ha sido maravilloso —dijo Charo en cuanto tomaron asiento las tres mujeres—. Vicente y yo hemos disfrutado como hacía muchísimos años.

—¡Cuánto me alegro! —contestó Emma con una sincera sonrisa.

—No solo me llevó al teatro a un espectáculo que deseaba ver desde hacía años, sino que nos alojamos en el hotel Ritz justo enfrente del Museo del Prado.

El personal del hotel demostraba una educación exquisita y la habitación estaba decorada con un gusto maravilloso, mezclando el lujo clásico con la modernidad y convirtiendo la estancia en la habitación en un auténtico placer.

Tuvieron la amabilidad de dejarnos una botella de cava junto con dos copas y una cesta de frutas.

¡Creo que Vicente mintió diciendo que era nuestro aniversario!

—explicó dejando escapar una risa nerviosa.

Cuando el camarero se alejó tras tomar nota de la comida, Charo continúo hablando.

—Dimos un romántico paseo por el parque del retiro, adentrándonos por los senderos del paseo de la rosaleda.

En esta época del año las rosas no han florecido todavía, pero las hojas de los árboles tenían los tonos rojizos y dorados típicos del otoño y hacía que el paisaje pareciera algo melancólico y encantador.

Tras dar todo tipo de detalles de su fin de semana, de pronto, el semblante de Charo cambió, eliminando la sonrisa de la cara y el brillo de sus ojos.

—Tuvimos una larga conversación. Vicente me pidió perdón y se mostró verdaderamente arrepentido de sus infidelidades.

Me confirmó que, a pesar de lo que me había dicho, no había terminado la relación con su amante, pero que lo haría esta misma semana.

María Reina va a pasar a la historia. Ha reconocido que yo he sido la única mujer de la que ha estado enamorado.

—Me alegro mucho Charo, pero ¿puedes estar segura de que Vicente va a cumplir su palabra? —preguntó Emma—. Los hombres tienen la habilidad de decir lo que queremos escuchar y engatusarnos para que permanezcamos a su lado. Pero, cuando ha sido capaz de serte infiel en tantas ocasiones, …

El semblante de Charo cambió drásticamente, ahora mostraba preocupación. No quedaba ni un atisbo de brillo en sus ojos. Se encontraba tan feliz tras el fin de semana, que había creído ciegamente en las palabras de su marido sin ni siquiera plantearse la más mínima duda.

—Tienes razón Emma. He sido una estúpida. Pero si él no es capaz de hablar con esa niñata yo misma hablaré con ella.

—¡Charo! No quería decir eso. Es posible que Vicente haga lo que ha dicho. Dale una oportunidad.

—Esta tarde hablaré con él. O mañana por la mañana zanja este asunto o por la tarde María Reina sabrá quién es Rosario Marzal —contestó Charo decidida y sintiendo que ella era dueña de la situación.

En ese momento Emma se percató del absoluto silencio en que había permanecido Maribel durante toda la comida. De hecho, apenas había pegado bocado.

—Maribel ¿te encuentras bien? No has comido nada —preguntó Emma preocupada por su amiga.

—Tengo el estómago completamente cerrado. Toda esta situación me está provocando un estado de nervios que no me deja comer. Creo que me voy a marchar a mi casa.

—Me voy contigo. Cojamos un taxi —dijo Emma que notaba que su amiga necesitaba calmarse—. Te acompaño a casa.

—Desde luego, vámonos. Voy con vosotras en el taxi. Esperaré a mi marido en casa para tener una seria conversación con él —dijo Charo que continuaba preocupada por las palabras de Emma.