El movimiento perfecto EPILOGO
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EPILOGO

Cinco años después

Cristina bajó del coche. Apenas podía contener el llanto.

Acababa de dejar a su tía en una residencia.

Le había costado mucho, pero en los últimos meses la enfermedad había avanzado tanto que ya no podía dejarla sola ni un solo momento.

Además, dentro de nada iba a necesitar cuidados especializados de manera constante y era mejor que se acostumbrara a estar en la residencia, alejada de su entorno y rodeada del personal capacitado para su cuidado.

Aún tenía algunos momentos de lucidez, pero cada vez eran más escasos.

Inhaló profundamente. Ahora le quedaba lo peor. Recoger toda una vida. Era igual que si hubiera muerto, aunque en cierta manera lo había hecho. Apenas quedaba rastro de la persona que había sido. Su físico permanecía igual, pero su cabeza había decidido abandonarla.

Tenía que recoger todas sus cosas. Javier, su marido, se había ofrecido a ayudarla, al igual que Charo, que se había convertido en la mejor amiga de su tía en estos últimos años, pero ella prefería hacerlo sola.

Al menos ese primer día. El trabajo que tenía que hacer no iba a durar tan solo un día, tardaría unos cuantos, y quizás más adelante aceptaría la ayuda de Charo.

Entró en casa de su tía Emma, pero ya no era un hogar, solo era una casa vacía.

Decidió comenzar por el dormitorio, era lo más personal y lo que más le iba a afectar, así que cuanto antes lo hiciera mucho mejor.

Revisó la cómoda y las mesitas de noche, haciendo montones con las cosas para tirar y para donar.

«Seguro que a alguna de las asociaciones donde colabora Charo le puede ser de utilidad».

La ropa de cama estaba en buen estado y seguro que alguien la podría aprovechar.

Hizo lo mismo con los armarios. Casi todas las prendas eran buenas y estaban prácticamente nuevas.

Desechó algunos suéteres que se veían más gastados y algún abrigo pasado de moda, pero al final había gran cantidad de ropa para donar.

Le faltaban los zapatos, la gran debilidad de su tía.

Estaban en el altillo de los armarios y necesitaba una escalera para poder alcanzarlos.

Recordó que en el lavadero había una y fue a por ella.

Se sorprendió de lo llenos que estaban los altillos, hasta arriba de cajas de zapatos y otras cajas algo más grandes.

Quizás tendría que haber aceptado la ayuda, le iba a costar un buen rato bajarlas todas.

Al vaciar uno de los altillos se sorprendió al comprobar que en el techo del interior del armario había una especie de cuadrado con lo que parecía una pequeña anilla para tirar de ella.

Al hacerlo la tapa del techo se abrió, dejando a la vista un pequeño hueco que contenía una caja de madera.

Bajó de la escalera y se sentó en la cama con la caja entre las manos.

De repente el pulso se le había acelerado.

Cuando la abrió, su corazón se paralizó.

Estaba mirando un tablero de ajedrez con sus piezas.

Pero a las negras les faltaban seis de ellas: el peón, el caballo, el alfil, la torre, la reina y el rey.

¡No podía asimilarlo! ¡Era imposible! ¡Su tía Emma!

No podía ser.

Encima del tablero había un sobre con dos palabras escritas. Para Cristina. Lo abrió y sacó una hoja de papel, era una carta para ella. Con lágrimas en los ojos comenzó a leerla.

«Querida Cristina:

Si lees esto es que o bien estoy muerta o como si lo estuviera. Hace tiempo que sé que tengo Alzheimer, pero antes de que los efectos de esta devastadora enfermedad me impidieran tener la claridad suficiente, he querido escribir estas líneas para que conozcas la verdad.

Sí, soy la asesina. Yo soy la responsable de todas esas muertes.

Te preguntarás cómo es posible y por qué hice lo que hice.

Mis motivos te van a parecer pueriles, pero son los que son.

Sabes de mi afición a la lectura, especialmente a las novelas policiacas y siempre me ha llamado la atención la poca destreza que han mostrado los asesinos en las novelas.

Sé que solo era ficción, pero los asesinos siempre cometían errores que provocaban su detención y quería demostrar que el crimen perfecto existía y que yo era capaz de cometerlo.

La idea acabó obsesionándome, hasta tal punto que al final me decidí a llevarla a cabo.

La policía, cuando investiga un crimen, siempre busca el móvil del asesinato.

Yo no tenía ninguno. Mataba por el puro placer de hacerlo y sentía la adrenalina en mi cuerpo mientras esperaba saber si había cometido errores, como los asesinos de las novelas, o si conseguía desconcertar hasta tal punto a la policía que podría haber cometido el crimen perfecto.

Con alguna de las víctimas tenía cierta relación.

A otras no las conocía, por tanto, ¿por qué iba a matarlas?

Simplemente por el placer de conseguir el crimen perfecto.

Y lo conseguí. Podría decir que incluso fue divertido.

Era como vivir dentro de una novela de misterio.

Quizás pienses que estoy loca. Puede que lo esté, incluso a veces yo lo he pensado.

Es posible que haya sido efecto de la enfermedad que me ha tocado vivir, o puede que siempre haya sido así. No lo sé. Ahora ya no me importa.

Mi único remordimiento era por ti, por lo agotada y exhausta que estabas con la investigación, por los malos momentos que tuviste que vivir y por el desconcierto que sentiste tras cada uno de los asesinatos.

Sé que era una de las sospechosas y que eso te causaba una gran angustia.

Y sé el alivio que sentiste al pensar que Maribel era la asesina.

El día que conocí a Javier y os vi juntos en mi casa, supe que tenía que finalizar rápidamente.

Quería que pudieras centrarte en tu relación y la investigación del caso no te lo estaba permitiendo.

Pero debía completar el envío de las piezas de ajedrez.

Mi plan tenía un principio y un final y no podía dejar el trabajo inacabado.

Javier y tú estáis hechos el uno para el otro y os merecéis toda la felicidad del mundo.

Me alegré mucho cuando nacieron vuestras mellizas, Elena y Sandra.

He disfrutado mucho ejerciendo de tía abuela durante estos años.

Adiós Cristina, que seas muy feliz.

Tu tía, que te quiere. Emma Miquel.»

Cuando acabó de leer la carta notó que sus manos temblaban y las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos. Miró en el interior del sobre y comprobó que quedaba otra hoja en él. La sacó y continuó leyendo.

«Puede que tengas algunas dudas de cómo cometí los asesinatos. Te lo explico brevemente.

Luciana Barranco: Maribel me había hablado de ella y de cómo Charo la había convencido para trabajar para ella.

A Maribel no le importaba, apenas ensuciaba en su propia casa y realmente no necesitaba a nadie.

Cuando noté los primeros síntomas de la enfermedad, me planteé llevar a cabo este trabajo antes de que mi estado de salud me lo impidiera y me acordé de ella, observé sus rutinas y un día lluvioso la esperé junto al mercado.

La pobre mujer ni siquiera me vio llegar.

Llevaba una piedra que había cogido de la calle varios días atrás, que luego me llevé conmigo a casa, donde la tiré al cubo de basura.

Al regresar me percaté que había perdido uno de los botones de la camisa.

Simplemente me cosí uno nuevo y listo. Lo que yo no sabía es que ese día el padre Fernando me había visto camino del mercado resguardándome de la lluvia, sin saberlo se había convertido en una de mis futuras víctimas.

Luciana simbolizaba el peón en una partida de ajedrez, la pieza de menor rango.

Después de este crimen es cuando se me ocurrió lo del veneno.

Maribel solía tener unas plantas preciosas en su balcón.

Disfrutaba cuidándolas, consiguiendo que lucieran espléndidas durante todo el año.

A mí me llamaron especialmente la atención las que tenían unas flores de un color azul intenso, pero Maribel no sabía qué tipo de flores eran.

Busqué el nombre de la planta por internet, se conocía como casco del diablo o matalobos, y su aspecto inofensivo contrastaba con las propiedades tremendamente tóxicas del extracto que se obtenía de sus raíces o flores.

Alabé de tal manera la belleza de esas plantas que Maribel, en una muestra de generosidad, me regaló una de ellas, suficiente para que yo pudiera extraer el veneno.

Era tan minúscula la cantidad de extracto que se necesitaba para acabar con la vida incluso de un hombre corpulento, que con una sola planta pude llenar el bote entero, deshaciéndome del resto de la planta de manera que no había ningún rastro ni evidencia.

El segundo crimen, el de Alberto Cascos, fue el primero por envenenamiento.

En la subasta benéfica en la que coincidimos le puse el veneno en la cerveza que estaba tomando.

La mesa en la que estuvimos durante toda la velada quedaba alejada de las cámaras de seguridad, en un ángulo donde era costoso observarnos con claridad.

Ya me preocupé de localizar la mesa adecuada, de manera que, cuando estaba segura de que nadie me veía, eché el veneno en la bebida de Alberto.

Lógicamente la víctima fue elegida por su apellido.

Asociando el apellido de Cascos a una parte de las patas de los caballos.

Alberto Cascos simbolizaba el caballo. Cuando Maribel me habló de su compañero del curso de cocina se me iluminó la mirada.

Ya sabía quién sería mi próxima víctima.

Supe que era mi oportunidad cuando se planteó invitarlo a la subasta benéfica, por supuesto yo la animé a hacerlo.

Sin embargo, no pude evitar sentir cierta lástima por Maribel que parecía ilusionada, pero ella me había confesado su enfermedad y yo sabía que no hubiera podido continuar con la relación.

En otras circunstancias seguramente habría cambiado de víctima, no tenía nada contra Alberto, pero su apellido era perfecto.

Al padre Fernando lo maté por dos motivos.

El primero de ellos porque no estaba segura de lo que sabía con respecto al asesinato de Luciana.

Como confirmó a Charo en una de sus visitas, me vio el día de su asesinato mientras me protegía de la lluvia.

Realmente estaba esperando a que Luciana apareciera.

No podía estar segura de lo que había visto o lo que no.

El segundo motivo era por su posición de sacerdote.

Alfil en inglés es Bishop que significa obispo y un sacerdote puede considerarse un aspirante a obispo, o al menos está relacionado con la palabra obispo.

En este caso, el veneno estaba en unas galletas caseras que yo había hecho siguiendo una receta de Maribel.

¡Justo ese día pasaste por casa por la tarde!

Por suerte, aún no había sacado el veneno, ni había empezado a manipular las galletas.

Dio la casualidad de que ese día me llamó Charo para que le diera unas entradas al padre Fernando para una exposición.

Aproveché que tenía que tirar la basura para acercarme a la sacristía, darle las entradas y una de mis galletas envenenadas como gesto de amabilidad.

No podía estar segura de si se la iba a comer o cuándo lo iba a hacer.

Pero no tuve que esperar demasiado puesto que se la comió esa misma noche.

Mi compañero del club de lectura, Enrique Torres, era el siguiente candidato.

Su apellido era perfecto, pero en este caso estoy segura de que casi le hice un favor.

Un hombre triste y deprimido que desde que murió su mujer no demostraba ganas de vivir.

Por una comida que compartimos días antes de su muerte, sabía de sus rutinas, él mismo nos las contó y fingí un encuentro casual paseando por el antiguo cauce del río.

Le invité a comer a mi casa y aceptó encantado.

El veneno, mezclado con la pasta con tomate y carne que cociné, fueron su sentencia de muerte.

Para la siguiente víctima tuve verdadera suerte.

Cuando Charo nos dijo el nombre de la amante de su marido supe que era la candidata perfecta.

Tras algunas preguntas inocentes a Charo, conseguí la dirección exacta de María y le mandé una caja de bombones envenenados.

Posiblemente ella pensó que serían de Vicente y los comió sin ser consciente del peligro que entrañaban.

Maribel. Mi querida Maribel, sin duda, el crimen que más me costó.

Realmente me supo mal, pero su enfermedad había avanzado mucho y ya no parecía tener ganas de vivir.

A lo sumo le quedaban cuatro meses de vida, de una calidad bastante dudosa.

Nos confesó a Charo y a mí su enfermedad y en las últimas semanas sus despistes y pérdida de lucidez eran más evidentes y continuos.

Una tarde me acerqué a su casa con una caja de bombones envueltas en el papel rojo.

Llevaba el resto del papel que había sobrado guardado en el bolso, junto con el bote de veneno y los folios adhesivos.

¡Qué agradecida estaba por haberme molestado en llevarle ese detalle!

Pero estaba agotada, con un fuerte dolor de cabeza y quería descansar.

Se metió en la cama y me pidió que cerrara la puerta de un portazo.

Yo lo hice, después de dejar los folios junto a la impresora, los bombones sobre la mesa de la cocina, el papel en la despensa y el veneno junto con el resto de los botes de las especias.

El resto, ya lo sabes. Para ella tenía reservada la pieza final, el rey.

El tumor que tenía, que era considerado como el rey de los tumores por la gran letalidad que mostraba, la convertían en el último crimen, el último movimiento.

Con Maribel había finalizado la partida. Era el movimiento perfecto.»

FIN