CAPITULO 20
Antes de las siete de la mañana Cristina ya estaba en la sala de reuniones de la comisaría con una buena taza de café sobre la mesa.
Había olvidado completamente que el sábado era festivo, día de todos los santos y no tenía que trabajar.
El teléfono sí lo debía tener operativo, como siempre, pero solo para emergencias o para informarle de alguna novedad relevante en el caso.
Por suerte, Javier no estaba de guardia ni el sábado ni el domingo, así que pudieron estar juntos todo el fin de semana y esta vez sin interrupciones.
A pesar de que al principio no podía quitarse el caso del asesino en serie de la cabeza, poco a poco consiguió apartando de su mente, dejando las preocupaciones y todo lo que tenía pendiente por hacer a un lado y centrándose en disfrutar la compañía de Javier.
Cada día que pasaba junto a él se sentía más a gusto, más feliz y se conocían poco a poco, más y más.
Juntos planearon hacer una pequeña escapada cuando el trabajo se lo permitiera, en mitad de este caso no era una buena idea, y Cristina estaba deseando que llegara ese momento.
Miró su teléfono buscando unas fotos que había recibido por WhatsApp el día anterior.
Eran de sus padres, que estaban unos días recorriendo las ciudades de Praga, Viena, y Budapest y se les veía realmente felices en todas las fotos y videos que le habían enviado.
Los paisajes de los majestuosos edificios, de los canales y de la historia que había en esas ciudades, se percibían en las fotografías y contribuían a aumentar la felicidad que transmitían sus padres en aquellas imágenes.
Sintió un nudo en el estómago al sentir cuánto los echaba de menos.
Y no pudo evitar que su mente imaginara un futuro similar para ella, compartiendo la vida con una persona que la hiciera tan feliz como lo parecían sus padres en esos momentos.
Hacía tiempo que no los veía en persona y tenía ganas de que llegara Navidad para regresar unos días a su casa en Santander y disfrutar de la familia.
«Ojalá Javier quiera acompañarme» —pensó.
Rubén entró en la sala pocos minutos antes de las ocho de la mañana, con uno de los agentes asignados a la vigilancia del buzón del mercado de Ruzafa tras él.
—Ahora sí Jesús, cuéntanos cómo ha ido la vigilancia del fin de semana —dijo Rubén mostrándose amable con el policía.
—Hemos estado vigilando sin descanso el buzón y no hemos encontrado nada sospechoso, ni ninguna persona que echara un paquete de esas características, ni de esas dimensiones al buzón. Desde esta mañana otro grupo de policías nos ha dado el relevo a nosotros y continúan con la vigilancia.
—Muchas gracias, Jesús. Ahora vete a casa a descansar. Has hecho un excelente trabajo.
Permanecieron en silencio hasta que Jesús salió de la sala, orgulloso ante las palabras que le había dicho Rubén.
—¿Y el subinspector? —preguntó Rubén extrañado de que no hubiera llegado todavía al trabajo.
—He recibido un mensaje suyo hace un rato. Se encuentra mal y hoy no va a venir a trabajar. Estamos tú y yo solos.
—De acuerdo. ¿Cuál es el siguiente paso?
Cristina y Rubén decidieron que lo más sensato era hablar con las tres mujeres que habían comido con Enrique Torres el martes anterior.
Eran las personas más recientes que habían tenido relación con él.
También debían hablar con los asistentes al club de lectura, por si alguno de ellos conocía sus planes o supieran si tenía algún problema de algún tipo.
El testamento de la víctima, aunque generoso, se donaba todo a obras benéficas y a diferentes ONGs, nadie salía beneficiado con su muerte. Ya lo imaginaban, el asesino no parecía tener fines económicos con las muertes. Tenía otra motivación, pero no lograban saber cuál era.
Esperaron a las nueve de la mañana para llamar a Charo, Maribel y Emma y concertar una cita con ellas, pero en esta ocasión les pidieron que acudieran a la comisaría.
También citaron al cliente con el que comió días antes de su muerte.
Al resto de personas, sus compañeros del club de lectura, los llamarían por teléfono y solo verían en persona a aquellas que les pudieran dar alguna información relevante para el caso.
La primera en llegar fue Charo. Tan efusiva como siempre. Y como siempre, perfectamente vestida como si tras la cita en comisaría fuera a una boda o comunión.
«Desde luego nadie diría que tiene la edad que tiene» —pensó Cristina viendo a aquella mujer con un vestido negro ajustado de manga larga que le hacía lucir una figura envidiable incluso para una mujer mucho más joven.
Charo parecía especialmente feliz y tenía un brillo diferente en los ojos que hasta Rubén pudo apreciar.
Aunque mantenía la misma energía y efusividad que en otras ocasiones, ese día se le notaba diferente, sin que ni Cristina ni Rubén llegaran a saber por qué.
Solo cuando le comunicaron el motivo por el que estaba citada en comisaría su gesto cambió, mostrando tristeza e incredulidad.
Charo no sabía nada de la muerte de Enrique Torres.
Había estado unos días fuera y ni siquiera se había preocupado de mirar las noticias.
Había sido un fin de semana maravilloso con su marido, donde estaba segura de que habían recuperado la magia y la ilusión perdida en los últimos años.
Les confirmó que el martes anterior, mientras comía con Emma y Maribel se encontraron con Enrique y que se sentó con ellas a tomar un café.
—No dijo nada acerca de qué iba a hacer los siguientes días, aunque sí que nos habló mucho de su mujer y de lo mucho que la echaba de menos. Desde luego ese hombre estaba enamorado profundamente de su mujer, han pasado varios años y todavía no ha superado su muerte.
—Al marcharse, ¿dijo qué pensaba hacer? —preguntó Cristina
—Iba a comprar puros, como hace todas las semanas y luego al club de lectura con Emma. Pero de sus planes de los días siguientes no contó nada.
—¿Podrías decirnos donde estuviste durante el día del jueves? —preguntó de nuevo la inspectora. Le costaba hacer esa pregunta, no sabía cómo se la iba a tomar Charo. Era posible que se sintiera incómoda ante lo que podía insinuar, pero su obligación como policía era hacerla.
—Me fui todo el día de compras por la calle Colón. Como te he dicho el fin de semana me fui con mi marido y necesitaba estar perfecta para él —contestó sonriendo ampliamente y sin el más mínimo reproche por la intención de la pregunta de la inspectora.
Cuando se marchó, Rubén y la inspectora Morat se miraron aguantando una pequeña risa. Ambos tenían la certeza que esa mujer debía tener más ropa que el mismo Corte Inglés entero. Seguro que no era necesario ir de compras para pasar un par de días fuera de la ciudad.
Minutos más tarde apareció Maribel, visiblemente nerviosa por estar de nuevo enfrentándose a las preguntas de la policía.
Cristina no pudo evitar comparar de manera inconsciente a Charo con Maribel.
La primera era sin duda una mujer a la que le gustaba llamar la atención, la notoriedad y se notaba segura de sí misma.
Con un aspecto físico y una figura envidiable y que se ocupaba y preocupaba de lucir siempre perfecta.
La segunda, por el contrario, gustaba ser una mujer discreta.
Era elegante y educada, pero de vestir más conservador y aspecto más cotidiano.
Maribel conocía el motivo por el que la habían llamado, lo había escuchado en las noticias y estaba, desde el sábado cuando lo supo, sumida en un estado de nervios.
Otra de las personas que conocía había muerto, y no sabía en qué circunstancias.
Tras recibir la llamada de la inspectora decidió no ir a pilates.
Quería terminar con ese asunto cuanto antes.
—¿Ha sido una muerte natural? ¿O se trata de otro envenenamiento?
—Me temo que no podemos dar esa información —dijo Cristina aun sabiendo que ya se había dicho en las noticias—. ¿Puedes decirnos si Enrique dijo algo en la comida del martes pasado sobre qué iba a hacer o a quién iba a ver los próximos días?
Maribel les contó lo mismo que Charo. Enrique había hablado sobre todo de su mujer a la que echaba mucho de menos, de sus paseos por el río y no le dio la sensación de que tuviera planes con nadie los siguientes días.
A Maribel también le pareció un hombre triste, al que solo parecía animar sus puros y el club de lectura al que asistía.
—¿Que qué hice el jueves? Por la mañana estuve un rato en el gimnasio y aproveché la hora de comer para hacer unas compras en tiendas cercanas al mercado de Colón.
Cuando se marchó, Rubén comenzó a hablar:
—Charo estuvo de compras en una zona próxima al estanco donde Enrique compró los puros. Cabe la posibilidad de que se encontraran. Maribel también estuvo en ese lugar. Sé que no es lo que quieres oír, pero es posible que cualquiera de ellas viera a Enrique y quedaran a tomar algo.
Pero Cristina apenas escuchaba lo que le estaba diciendo Rubén.
Tenía la mirada fija en el cristal del despacho donde tenían desplegada toda la información de los asesinatos.
De pronto cogió unos folios y los colocó sobre la mesa uno junto a otro y escribió unas palabras en letras mayúsculas en los cuatro primeros:
«PEÓN – CABALLO – ALFIL – TORRE»
Rubén lo miró sin entender muy bien lo que pretendía demostrar la inspectora.
—¿No te das cuenta? Enrique TORRES, como la pieza de ajedrez. Estoy segura de que en el siguiente paquete nos llegará una torre —dijo Cristina excitada ante lo que acaba de descubrir.
Pero Rubén no acaba de comprender lo que le intentaba explicar Cristina.
—Luciana Barranco, primera víctima y el asesino nos envía un peón, que es la pieza de menor importancia en el ajedrez.
Ella, una simple asistenta, es considerada por el asesino como un peón.
Después muere asesinado Alberto Cascos. Cascos es una palabra que se puede asociar con los caballos, es una parte de sus patas. Y el asesino nos manda un caballo.