CAPITULO 19 #3
—Es cierto —respondió el comisario—. La manera en la que falleció Luciana Barranco es completamente diferente a las otras víctimas. Esa manera de matar a alguien responde más bien a una respuesta ante una discusión o un enfado. Como si fuera algo casual y no algo premeditado.
—Mucho me temo que va a ser inevitable que la prensa se entere de la última muerte. Pero debemos evitar a toda costa que la llegada de las piezas de ajedrez se filtre. De momento es un detalle que no ha trascendido y debemos mantenerlo así. Ahora todos a seguir trabajando —dijo el comisario.
Durante el resto de la tarde contactaron con el abogado, que les confirmó que su relación se limitaba a asuntos laborales.
Gestionaba los asuntos personales del notario, entre ellos su testamento.
También se pusieron en contacto con el antiguo cliente, director de una entidad bancaria, con el que había quedado a comer el martes anterior.
Les confirmó que comieron en un restaurante en el mercado de Colón pero que, cuando se disponían a marcharse, Enrique Torres se acercó a saludar a unas mujeres que conocía y que estaban comiendo en otra mesa en el mismo local.
Aunque sintiéndolo mucho él no conocía a ninguna de esas tres señoras.
Alrededor de las siete de la tarde ya tenían la orden para montar la vigilancia en el buzón.
Destinaron diversas parejas de agentes para hacer turnos y vigilarlo durante las veinticuatro horas del día de una manera discreta, pero a la distancia suficiente para detectar a alguien que enviara un paquete de las dimensiones adecuadas.
Cristina miró su teléfono y sonrió al ver que tenía un mensaje de Javier. Le proponía salir a cenar a un restaurante del barrio de Carmen.
«Estoy agotada, pero este caso no puede consumir también mi vida personal. Además, el restaurante está muy cerca de mi casa» —pensó.
Contestó a Javier y quedaron a las nueve de la noche.
Tenía tiempo suficiente para pasar por casa y darse una ducha, pero antes quería hablar con su tía.
Ella conocía a Enrique Torres y quería informarle de lo sucedido.
De todas maneras, seguro que la prensa se hacía eco de la noticia al día siguiente.
—Hola, tía.
—Cariño, ¿cómo te encuentras? ¿has comido bien hoy? —preguntó su tía que últimamente no hacía más que preguntarle por si había comido bien.
Cristina sonrió ante la pregunta de su tía. Ella, de constitución delgada, tendía a involucrarse tanto en cada caso que en muchas ocasiones descuidaba su alimentación haciendo que adelgazara varios kilos. Su tía lo sabía y le recriminaba que no se cuidara lo suficiente.
—Sí tía, he comido bien – mintió Cristina —Tengo que comentarte algo del trabajo. Ha ocurrido algo.
—¿Qué ha pasado? —contestó Emma preocupada por el tono de voz de su sobrina.
—Ha fallecido Enrique Torres. Han encontrado su cuerpo en su domicilio. Al parecer se trata de otro envenenamiento por aconitina.
—¿Qué? ¿Cómo es posible? ¡Por eso no acudió ayer al club de lectura!
—Parece que murió el jueves por la tarde, antes de que saliera de camino hacia el club de lectura. Comienza a las seis y media, ¿verdad?
—Sí. Vamos los martes y jueves a esa hora. ¿Charo lo sabe? —preguntó Emma recordando que ellos eran amigos.
—No, todavía no le he avisado. Por desgracia tendré que hablar contigo y con Charo de nuevo, no tenemos idea de dónde estuvo en las horas previas a su muerte y quizás le dijera algo a ella o a ti en el club de lectura que nos de alguna pista de lo que pudo hacer o dónde pudo ir.
—También deberías preguntar a Maribel.
—¡Creía que ella apenas lo conocía!
—Así es, pero coincidió con él en la subasta benéfica de Charo y el martes volvió a coincidir con él cuando quedamos a comer las tres.
—¿El martes? ¿Viste a Enrique Torres el martes?
—Sí. Maribel, Charo y yo habíamos quedado a comer en un restaurante del mercado de Colón y coincidimos allí. Él se marchaba cuando nos vio y se tomó un café con nosotras.
Cristina no daba crédito a lo que estaba escuchando.
Otra vez las tres mujeres se veían involucradas indirectamente en otro asesinato.
El encuentro del que le hablaba su tía se había producido dos días antes de su muerte.
Pero cabía la posibilidad de que alguna de ellas supiera qué pensaba hacer los próximos días.
O incluso que alguna de ellas hubiera quedado con él.
Rápidamente borró de su mente ese último pensamiento.
Cogió un taxi y se marchó a su casa, dispuesta a olvidarse de todo por un rato mientras disfrutaba de la cena con Javier.
Mientras el taxi recorría las calles de Valencia observó algunos grupos de niños disfrazados, acompañados de sus madres con la intención de pedir caramelos en los comercios locales.
No se había acordado en todo el día, pero era día treinta y uno de octubre, la noche de Halloween y cada vez era más habitual celebrar esa fiesta en España.
A ella no le gustaba demasiado. «Quizás si alguna vez tengo hijos lo vea de otra manera» —pensó mientras bajaba del taxi y entraba en el portal de su casa.