El movimiento perfecto CAPITULO 19 #2
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CAPITULO 19 #2

—¿Y ya tienes el registro de llamadas? –—preguntó observando el aspecto de su compañero.

En las últimas semanas su aspecto le parecía cada día más desmejorado.

Su espeso bigote parecía sucio y descuidado, su cuerpo voluminoso parecía más pesado y sus movimientos eran más torpes y lentos.

Se notaba que la preocupación por este caso también le estaba pasando factura a él.

Ambos compañeros estuvieron analizando las llamadas telefónicas de Enrique Torres.

Les sorprendió las pocas que tenía. Por lo que pudieron comprobar no tenía una vida social demasiado ocupada.

Notario retirado desde hacía varios años, mantenía relación con algún compañero de trabajo y un par de clientes.

Pero en los últimos tres meses las llamadas o mensajes de whatsApp habían sido muy escasos.

Encontraron varias de su abogado, aunque la más reciente era de un par de semanas atrás.

Sí parecía haber tenido una cita para comer el martes anterior con un antiguo cliente, cuyo nombre anotaron para hablar con él en otro momento.

También tenía llamadas y mensajes de whatsApp de Charo Marzal, probablemente para invitarle a la subasta a la que acudió.

El fallecido era amigo del matrimonio. Las últimas llamadas recibidas eran las del portero de su edificio que le llamó insistentemente el jueves a última hora y ese mismo día por la mañana.

Si había quedado con alguien el día de su muerte no lo iban a saber gracias a su teléfono móvil.

Cuando Rubén regresó a la comisaría les informó del interrogatorio que había realizado al portero.

Fernando Torres llegó a su domicilio el jueves en torno a las cinco de la tarde y saludó amablemente al portero.

No lo puede asegurar, pero diría que solo llevaba la bolsa del estanco y llegó solo, sin que le acompañara ninguna otra persona.

Tampoco fue nadie a visitarle durante el resto de la tarde.

—Desde que murió su mujer el señor Torres apenas tiene visitas —le dijo el portero a Rubén—.

Antes salían frecuentemente, a comer o cenar o recibían muchos amigos en su casa.

Pero el señor no ha llegado a superar la muerte de su esposa.

Sus salidas se limitan a los paseos matutinos por el río para disfrutar del aire libre y del sol y a comprar sus puros.

Todos los martes y jueves tenía la costumbre de acudir a la calle Conde Salvatierra a por su caja de puros.

—¿Por qué decidió entrar en su vivienda esta mañana? —preguntó Rubén.

—El señor iba a un club de lectura los martes y jueves por la tarde.

En mi trabajo hay muchas horas muertas y soy muy aficionado a la lectura, así que me decía qué libro leían cada semana en el club y lo comentábamos habitualmente.

Ese jueves, cuando vi que no se marchó al club me resultó extraño.

Al principio no le di más importancia, pero cuando vi que tampoco bajaba al perro a dar su habitual paseo ya me preocupé.

Esta mañana, al llegar al trabajo otro vecino se ha quejado por los molestos ladridos del perro del señor Torres y he subido a comprobarlo —explicó.

—¿A qué hora salió el señor Torres de su casa para ir a comprar los puros? —preguntó antes de irse Rubén.

—Pues lo cierto es que no lo podría asegurar.

Ese día se marchó como todas las mañanas a dar su paseo por el río, pero luego ya no lo vi regresar.

Yo tengo descanso de dos a cuatro de la tarde y no le puedo decir si vino a comer a su casa o si no regresó hasta casi las cinco de la tarde, cuando lo vi por última vez.

Sin ninguna familia cercana, no tenían a nadie a quien informar del fallecimiento. Únicamente lograron encontrar al hijo de un primo hermano que no mostró mucha tristeza cuando le comunicaron la muerte.

«Debió de sentirse muy solo desde la muerte de su mujer» —pensó Cristina.

No podían reconstruir las últimas horas de la víctima. Desde que se fue por la mañana a pasear por el río, no sabían qué había hecho hasta las cuatro y media de la tarde, cuando compró los puros y llegó a su casa a las cinco.

—Además, el viejo tenía un móvil que parece del paleolítico —dijo Fernández mostrando cierto desprecio.

—¡Fernández! No puedes hablar así de alguien que acaba de fallecer —le recriminó Cristina. No entendía el comportamiento que a veces tenía el subinspector. Todo el buen trabajo que era capaz de desempeñar se echaba a perder con ese tipo de comentarios.

—Disculpa, tienes razón —dijo reconociendo que se había equivocado—. Lo que quiero decir es que el móvil era muy antiguo, no tiene ni siquiera GPS y si no ha realizado ni recibido mensajes no podemos rastrear su situación en las últimas horas de vida.

—Y por desgracia ese día no recibió ni realizó ninguna llamada ni mensaje, a excepción de las del portero de su edificio —reconoció Cristina con gran decepción.

Los tres policías, sin salir de la sala de reuniones, comieron algo de comida que habían encargado en la cafetería que tenían cerca de la comisaría. Acababan de terminar cuando a la inspectora Morat le sonó el móvil. Era Javier Delgado.

—Confirmado. Se trata de envenenamiento por aconitina —dijo Javier consciente del significado de aquellas palabras—. Te envío el informe completo por correo.

—Gracias —dijo Cristina notando como su piel palidecía por momentos.

—Envenenado por aconitina, ¿verdad? —preguntó Fernández como si hubiera escuchado las palabras del forense.

—Sí —contestó Cristina—. Estoy segura de que llegará un nuevo paquete por correo.

Todos permanecieron en silencio unos segundos que parecieron eternos. Los pensamientos de todos ellos iban a toda velocidad, intentando recopilar toda la información, revisando mentalmente la relación entre las víctimas.

—¡El buzón! —exclamó Rubén—. ¿No deberíamos vigilar el buzón por si damos con la persona que deposita el paquete?

—¡Tienes razón! —dijo Cristina—. Es una idea magnífica.

—Pero ¿el asesino va a ser tan estúpido como para echar el paquete al mismo buzón? Es posible que lo envíe desde cualquier otro lugar —respondió Fernández.

—Tienes razón, no podemos estar seguros de que lo vaya a hacer desde el mismo lugar que los anteriores. Pero debemos intentarlo. Sabemos que los asesinos en serie son metódicos, les gusta hacer las cosas de una determinada manera y no podemos obviar esa posibilidad —contestó la inspectora Morat.

Se reunieron con el comisario Bohigues para darle cuenta de las últimas novedades. Estaban de acuerdo en que debían actuar con la máxima celeridad posible para poner vigilancia al buzón del mercado de Ruzafa, a pesar de que las esperanzas de que diera resultado eran escasas.

—Una de las cosas que más me desconcierta —dijo Cristina—, es la diferencia entre la primera muerte y las otras tres. Si no es por las piezas de ajedrez no habríamos relacionado los crímenes.