El movimiento perfecto CAPITULO 19
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CAPITULO 19

Ese viernes por la mañana el frío se hizo notar.

Las temperaturas, demasiado calurosas para la época del año, habían descendido notablemente, al menos a primera y última hora del día.

Sin embargo, Cristina se acercó caminando hasta la comisaría.

Le sentaría bien el aire fresco en su cara, además la pierna le estaba dando una pequeña tregua los últimos días y había ocasiones donde ni siquiera le dolía.

En esos momentos en que apenas sentía dolor, su cojera pasaba casi desapercibida.

Sonrió al recordar las últimas noches con Javier.

A pesar de que las jornadas de trabajo eran interminables, al acabar el día anhelaba el momento de verlo, y las últimas noches las habían pasado juntos.

Todavía se hizo más evidente su sonrisa al recordar la cena del martes con su tía Emma.

Javier y ella habían congeniado enormemente.

Pasaron una velada muy agradable alejando por completo los temas de conversación de los asesinatos, las autopsias y las piezas de ajedrez.

La conversación transcurrió de manera fluida y su tía le sorprendió contando historias y anécdotas que ni siquiera Cristina conocía.

Javier también parecía encontrarse a gusto y habló sobre su juventud, sus estudios e incluso del divorcio de su mujer, con la que todavía mantenía una buena relación.

—Mi único hermano vive en Barcelona con su mujer y sus dos hijos, de tan solo tres y cinco años. Me encantaría que los conocieras —dijo Javier dirigiendo la mirada hacia Cristina.

—Me encantaría conocerlos –—contestó Cristina observando a su tía con el rabillo del ojo que los miraba orgullosa y feliz.

Llegó a la comisaría todavía sonriendo y se dirigió hacia su mesa, sacando del cajón una montaña de informes, anotaciones y fotografías.

«Tengo que hacer algo con todo esto, así no se puede trabajar» —pensó.

Llamó a Jesús, uno de los agentes de policía y le pidió que le ayudara a llevar todo aquello a la sala de reuniones.

Tenía que poner todo en orden y dispuesto de otra forma que permitiera tenerlo todo a la vista.

Utilizó el cristal de esa sala a modo de pizarra, colocando las fotografías de los fallecidos, anotaciones con los días y horas de la muerte, las fechas en las que se habían recibido los paquetes, de manera que de una sola vez tenía a la vista toda la información relativa al caso.

Estaba contemplando su obra cuando se abrió la puerta y apareció Fernández.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —preguntó observando todo lo que había realizado su compañera—. ¡Qué buen trabajo Cristina!

—Gracias —contestó orgullosa viendo el resultado.

Rubén entró en la sala. Se sorprendió de toda la documentación que estaba colocada sobre el cristal.

Había mucha información, muchas fotografías y le llamó la atención lo que había en el centro del cristal.

Un folio completamente negro con un gran interrogante blanco en el medio, representando al asesino desconocido.

Del folio salían flechas en distintas direcciones señalando a las fotografías de cada uno de los fallecidos y, bajo de cada uno de ellos, los informes, las anotaciones y las imágenes con toda la información que conocían de cada uno.

Diversas flechas trazadas con rotulador sobre el cristal enlazaban a cada una de las víctimas con las personas con las que estaban relacionadas.

—Parece típico de una película policíaca —dijo Rubén.

—Venga, pongámonos a trabajar —ordenó Cristina cogiendo su portátil y sentándose en la gran mesa de la sala de reuniones.

Habían pasado un par de horas cuando el teléfono de la inspectora comenzó a sonar. Era Javier Delgado y se sorprendió de que la llamara a esas horas.

—Hola Cristina, me temo que no tengo buenas noticias —dijo Javier al otro lado del teléfono.

—¿Qué ocurre?

—He recibido un aviso para acudir a un domicilio en la calle Salamanca, donde ha fallecido un hombre. He realizado una primera inspección y los síntomas de este fallecimiento me recuerdan mucho al de Alberto Cascos y al padre Fernando. Creo que será mejor que vengas.

Cristina le pidió la dirección y tras contar lo sucedido a Fernández y Rubén decidieron acudir al lugar la inspectora y Rubén, mientras el subinspector se quedó en la comisaría.

«Otro fallecido cerca del barrio de Ruzafa» —pensó Cristina mientras iban en el taxi camino del domicilio.

Cuando llegaron al lugar, Javier los puso al tanto de todo.

El fallecido era un varón de unos setenta años llamado Enrique Torres.

Vivía solo y el cuerpo fue encontrado por el portero del edificio cuando, tras no abrir la puerta después de llamarle en varias ocasiones, decidió entrar con su propia llave.

El portero tenía la certeza de que el hombre estaba en su vivienda, pero no contestaba ni a la puerta ni a sus llamadas y ante los constantes ladridos de su perro, se preocupó.

El cuerpo del hombre estaba tumbado en el suelo del salón, la televisión estaba encendida y había un cenicero con restos de lo que parecía un puro.

Sobre ella había una bolsa con algo en su interior.

El perro del fallecido, un caniche de pequeño tamaño, no paraba de moverse por la habitación, nervioso ante la presencia de tantos desconocidos.

El cuerpo no mostraba signos de violencia y el aspecto de la casa no indicaba que hubiera sido víctima de un robo o algo similar.

—Es posible que me equivoque, pero como te he dicho me recuerda mucho a los otros dos fallecimientos. Todavía es pronto para poder concretarlo, aunque me atrevería a decir que la muerte se produjo hace unas dieciséis o dieciocho horas. Es decir, entre las cinco y las ocho de la tarde de ayer.

Cristina se aproximó al cadáver para verlo con mayor claridad, no sabía si se trataba o no de una casualidad, debía comprobar si sus sospechas eran ciertas.

Cuando observó de cerca el rostro del fallecido no tuvo dudas.

Enrique Torres, el hombre que yacía fallecido en el suelo de su salón, era la misma persona que había acudido a la subasta benéfica donde fue envenenado Alberto Cascos.

Rubén comenzó a inspeccionar la habitación, confirmando que nada parecía fuera de lugar, todo estaba perfectamente ordenado, a excepción del cenicero sucio, una manta arrugada sobre el sofá y la bolsa de la compra sobre la mesa.

—Probablemente estaba viendo la televisión en el sofá con la manta y fumando y debió encontrarse mal —explicó tras analizar lo que había visto.

Cristina se acercó a la mesa y cogió la bolsa que había sobre ella para ver el contenido del interior.

Con mucha precaución, a pesar de que llevaba puestos los guantes, sacó el ticket de compra y el contenido de la caja.

Se trataba de una caja de puros, aún sin abrir.

El recibo indicaba que se había comprado la tarde anterior, exactamente a las cuatro y media de la tarde en la calle Conde Salvatierra, en un estanco que tenía fama de tener productos selectos. Como aquellos puros.

—Probablemente tras comprar los puros regresó a su casa y comenzó a encontrarse mal.

Todo parece indicar que ya no salió de su casa.

Debemos hablar con el portero para que nos confirme cuándo entró y salió por última vez, si recibió alguna visita.

Si se confirma que es un envenenamiento hay que determinar donde pudo tomar el veneno —dijo Cristina sin dirigirse a nadie en concreto. Eran más bien pensamientos en voz alta.

Se sentía abrumada, como si esta situación la sobrepasara.

El dolor de su pierna había vuelto con intensidad.

De pronto volvió a sentir un gran peso sobre ella.

Debía esperar al resultado de la autopsia, pero su instinto le decía que ya sabían lo que iban a encontrar: envenenamiento por aconitina.

Si estaba en lo cierto, intuía que pocos días después recibiría un nuevo paquete.

De nuevo debían conseguir el registro de llamadas, reconstruir sus últimas horas de vida y ver si, de alguna manera, estaba relacionado con las otras víctimas.

Sí sabía que había estado presente en la subasta benéfica que organizaba Charo Marzal y donde coincidió con Maribel, el padre Fernando, Alberto Cascos y su tía Emma, con la que, además iba al club de lectura.

De nuevo se repetían las mismas personas una y otra vez.

Ya tenía cuatro asesinatos, si es que este último se confirmaba que efectivamente era un asesinato.

Y no se sentía más cerca de capturar al asesino.

Delegó en Rubén la responsabilidad de hablar con el portero del edificio. Al muchacho se le daba bien hablar con la gente y era perfectamente capaz de hacer las preguntas adecuadas y de saber si le estaban respondiendo sinceramente o no.

«Será un gran inspector algún día» —pensó orgullosa de su compañero.

La inspectora llamó a Fernández para ponerlo al tanto de la nueva muerte y de las sospechas que tenían. Tenían que obtener con la mayor celeridad posible la orden del juez para tener acceso al registro de llamadas.

De vuelta en la comisaría, Cristina encontró a Fernández concentrado frente a su portátil en la sala de reuniones. Miró el cristal cubierto de fotografías e información y pensó que quizás, en breve, tendrían que añadir una nueva foto a ese lugar.

—Buenos días —dijo al entrar en la habitación sacando al subinspector del estado de concentración en que se encontraba.

—Hola Cristina. No te lo vas a creer, pero ya tenemos permiso para acceder al registro de llamadas.

El comisario ha movido algunos hilos y el asunto se ha acelerado.

Parece que están dando toda la prioridad a este caso y se fían del instinto del forense.

Se está tratando como si efectivamente fuera un asesinato obra del mismo asesino —contestó Fernández.