CAPITULO 18 #4
En la comisaría el día había transcurrido como todos los días de las últimas semanas.
El ritmo de trabajo era frenético y tenían a un buen número de agentes de policía revisando grabaciones de cámaras de seguridad, intentando dar con la persona que depositaba los paquetes en el buzón, también las de la subasta benéfica para ver quién había podido introducir el veneno en la bebida de Alberto Cascos, identificando a las personas que asistieron a la última misa del padre Fernando por si creían conveniente hablar con ellos. Había mucho que hacer.
Alrededor de las seis de la tarde el comisario Bohigues los reunió en su despacho.
—Inspectora Morat. ¿Cómo va la investigación? ¿Algún avance importante? —preguntó deseoso de que así fuera. La presión periodística hacía que los de más arriba quisieran cerrar el caso lo antes posible.
—No hemos avanzado con nada relevante —contestó Cristina decepcionada.
Entre la inspectora, Fernández y Rubén le relataron todo lo que sabían hasta el momento, que no era mucho más que el día anterior. Habían vuelto a hablar con los ayudantes del párroco que no supieron decir de dónde había obtenido la galleta en forma de corazón que le vio tomar Charo.
—Quizás la trajo él de su casa ese día o algún otro. O tal vez se lo regalara alguno de los feligreses, ese día o en días anteriores.
Era imposible conocer la procedencia de la galleta.
Además, era posible que no tuviera nada que ver con la muerte por envenenamiento.
Con respecto a Luciana Barranco tampoco habían podido averiguar nada más.
La persona que tenía un motivo de mayor peso para su asesinato era Vicente Lleó, que cedió al chantaje de Luciana.
Pero tras el interrogatorio y tenerle retenido el máximo permitido por la ley, no habían conseguido pruebas sólidas que permitieran incriminarlo.
El caso de Alberto Cascos también los tenía desconcertados.
Con total seguridad había ingerido el veneno en la subasta benéfica, pero no sabían cómo o quién se lo introdujo en la bebida.
Llegaron a interrogar a los camareros del cátering y hasta localizaron al repartidor que entregó el pedido para analizar el resto de botellines del lote.
Pero todo fue en vano. El veneno lo puso alguien que también estuvo en esa subasta.
Aparentemente eran tres crímenes sin ninguna relación. Habían investigado profundamente la vida de cada uno de ellos, sus movimientos, sus costumbres. Hasta sus movimientos bancarios en busca de algo que los relacionara. No existía nada en común entre ellos.
Pero estaban las piezas de ajedrez, que relacionaban a las víctimas unas con otras: peón, caballo, alfil.
No encontraban a nadie con motivos para matar a las tres víctimas, no tenían sospechosos claros, solo pequeños indicios.
Vicente Lleó tenía motivos para asesinar a Luciana Barranco, quizás al padre Fernando al que conocía. Pero no conocía a Alberto Cascos.
El resto de las personas no podían ni ser consideradas sospechosas.
Charo Marzal conocía a dos de las víctimas, Luciana y el sacerdote, pero no tenía motivos para matar a ninguno. Quizás a Luciana, si Charo había descubierto que chantajeaba a su marido. Algo demasiado rebuscado. A Alberto Cascos no lo conocía.
Maribel Guillem fue la que recomendó a Luciana para trabajar en casa de Charo.
Sí la conocía, pero ¿qué motivos iba a tener para matarla?
Con Alberto Cascos estaba empezando una especie de relación.
Con respecto al padre Fernando hacía tiempo que no iba a su iglesia, pero lo hizo justo el día que falleció.
Por último, Emma Miquel, no conocía a Luciana, apenas conocía al padre Fernando ni a Alberto Cascos, aunque coincidió con ellos en la subasta. No tenía motivos para matar a ninguno de ellos.
—Nada en este caso tiene sentido —dijo el comisario tras escuchar el resumen detallado que le hicieron sus subordinados—. Será mejor que todo el mundo se vaya a casa a descansar. Con la mente fresca y descansada se trabaja mejor.
Todo el mundo agradeció esta sugerencia. Necesitaban descansar.
La inspectora miró su reloj. Aún no eran las seis y media de la tarde. Llamaría a su tía para aceptar la invitación a cenar. Se lo había propuesto a Javier hacía un rato y, para su sorpresa, a Javier le parecía bien.
—Tengo ganas de conocer a tu famosa tía Emma —le había respondido cuando Cristina lo llamó.
Cristina estaba cansada, le dolía la pierna. Estos últimos días le dolía a todas horas y no conseguía que el dolor desapareciera por completo. Pero pensar en cenar con su tía y con Javier la emocionaba y asustaba a partes iguales.
«Espero que congenien» —pensó. Para ella era importante que Emma, su único familiar en Valencia, se llevara bien con Javier.
La relación entre ellos, aunque acaba de comenzar, la tenía ilusionada.
Se dirigió a su casa en taxi. Estaba cansada para caminar y quería descansar y darse una ducha antes de arreglarse para ir a cenar con Javier a casa de su tía Emma.