CAPITULO 18 #3
—A mí me han visitado la última. Tenía clase de pilates y han tenido la consideración de venir a verme una vez había vuelto del gimnasio —explicó Emma.
—Creo que yo he sido la primera. No sé cómo, pero sabían que había llevado algo de comer al padre Fernando y han insistido mucho en saber qué le había llevado, si le había visto comerlo, si yo había comido. Me ha resultado extraño —comentó Maribel.
—Me han hecho la misma pregunta. Si le llevé algo de comer —dijo Charo.
—En mi caso igual. Lo único que yo le llevé fueron las entradas que me dijiste, Charo —explicó Emma.
¿Por qué la policía insistía tanto en si le habían llevado algo de comer al padre Fernando?
—¿Es posible que muriera envenenado? —preguntó Maribel a la que se le acababa de ocurrir esa posibilidad.
—¡Dios mío! —exclamó Emma angustiada—. ¡No puede ser!
—¡Creo que has dado en el clavo! —dijo Charo entendiendo entonces las preguntas que le habían hecho.
Ese detalle no había salido en los informativos.
Emma les confirmó que ella tampoco lo sabía, su sobrina no se lo había dicho.
Apenas la veía estos días, estaba muy ocupada con la investigación.
Estaban a punto de pedir los cafés cuando vieron a un hombre que se aproximaba a su mesa.
Era Enrique Torres, el compañero del club de lectura de Emma y amigo de Charo.
—Buenas tardes, señoras —dijo educadamente acercándose a ellas para saludarlas.
—¡Enrique, qué sorpresa! —exclamó Charo con una gran sonrisa. De su cara había desaparecido todo rastro de enfado y preocupación.
Enrique había estado comiendo con un antiguo cliente en el mismo restaurante que ellas, pero no se habían visto hasta ese momento. Llevaba un traje gris oscuro con camisa blanca y sin corbata, que contrastaba con su barba completamente blanca y tan cuidada como siempre.
—¡Tómate un café con nosotras! —propuso Charo que, sin esperar respuesta ni de Enrique ni de sus compañeras de mesa, acercó una silla de una mesa cercana.
Enrique, con mucha educación, se sentó junto a ellas y pidió un café solo.
A Maribel, que únicamente lo había visto a la salida del club de lectura con Emma y brevemente el día de la subasta benéfica, le sorprendió lo moreno que estaba.
El hombre lucía una piel dorada por el sol, fruto de los continuos paseos que daba a diario por el antiguo cauce del río Turia.
—Es uno de los mejores placeres de la jubilación —les contó con un tono pausado—. Era algo que hubiera deseado compartir con mi mujer, pero como sabéis ella falleció hace ya años.
La sobremesa se alargó bastante, Enrique estuvo hablando un largo rato sobre su mujer.
Había fallecido varios años atrás, víctima de un cáncer y la echaba profundamente de menos.
Inevitablemente, poco después, la conversación volvió a girar alrededor de los asesinatos.
La detención de Vicente Lleó interrogado por el asesinato de Luciana Barranco, su posterior liberación, la muerte de Alberto Cascos tras marcharse de la subasta a la que todos habían asistido, el asesinato del padre Fernando al que Enrique también conocía, y la visita de la policía a las tres mujeres.
Era un poco estresante la cantidad de cosas horribles ocurridas en las últimas semanas.
«Todos estamos relacionados con los fallecidos directa o indirectamente» —pensó Emma.
—Parece que todos tenemos relación con uno o varios de los fallecidos —dijo Charo que parecía haber leído la mente de Emma.
De pronto el silencio reinó por unos segundos. ¿Era posible que alguno de los presentes estuviera involucrado en alguna de las muertes? Incluso, ¿podía estar involucrado Vicente Lleó? Todos tenían estos pensamientos. Pero ninguno se atrevió a decir en voz alta aquellas palabras.
—Señoras, me marcho. Tengo que ir a realizar una importante gestión —dijo Enrique levantándose de la mesa.
—A mí no me engañas Enrique. Seguro que vas al estanco de la calle de aquí al lado a por tu caja de puros —dijo Charo que conocía la mala costumbre de Enrique de fumar puros.
Y no unos puros cualquiera, solo fumaba una marca especial que vendían en el estanco de la calle Conde Salvatierra, justo al lado del mercado donde se encontraban.
—Qué bien me conoces Charo, sabes que todos los martes y jueves por la tarde es mi ritual —contestó Enrique sonriendo mientras se marchaba —. Emma, te veo en un rato en el club de lectura.
En ese momento, Emma, Charo y Maribel decidieron marcharse también. Las tres se habían quedado con una extraña sensación al pensar en la relación que tenían con las muertes.
Charo volvió a la galería de arte. Había estado más tiempo del que pensaba en la comida y tenía mucho trabajo por hacer.
Sabía que últimamente pasaba mucho tiempo allí, o ayudando en alguna de las asociaciones benéficas, mucho más tiempo que en semanas anteriores.
Lo cierto es que lo hacía porque evitaba acudir a la iglesia, donde un nuevo párroco sustituía al padre Fernando y no había tenido el valor suficiente para volver a ese lugar.
Maribel se marchó en la misma dirección que lo había hecho Enrique y Emma pensó que era buen momento para llamar a su sobrina.
Quería proponerle de nuevo si podían cenar juntas.
Hacía tiempo que no lo hacían y la echaba de menos.
—Tía, esta noche he quedado con Javier —respondió Cristina cuando contestó a la llamada.
—Y ¿por qué no venís los dos a cenar? —propuso emocionada ante la posibilidad de conocer al hombre del que se estaba enamorando su sobrina.
—Te llamo en un rato y te lo confirmo —contestó Cristina.
No se lo había asegurado, pero Emma decidió que iba a comprar lo necesario para preparar una cena ligera pero nutritiva, esperando que por fin pudiera cenar con su sobrina. De pronto la extraña sensación que le había quedado tras la comida había desaparecido.