CAPITULO 18 #2
—Por supuesto que no le llevé nada de comer. ¡Qué clase de pregunta es esa! —exclamó extrañado del tipo de pregunta que le estaban haciendo.
«Este hombre sigue manteniendo su gesto erguido y arrogante incluso en estas circunstancias» —pensó Cristina.
Cada vez le resultaba más extraña la persona que tenía delante.
No era el mismo hombre de cinco años atrás.
Sin duda las circunstancias de entonces no eran como las de ahora.
Entonces se enfrentaba al momento más duro de su vida.
Ahora era la segunda vez que hablaban con él por estar relacionado con dos asesinatos diferentes.
Vicente continuó contando el motivo de su visita al párroco. Quería que convenciera a su mujer de que lo perdonara y volviera con él. Charo tenía muy en cuenta la opinión del sacerdote y, aunque sí se estaba manteniendo a su lado, en el fondo sabía que no lo había perdonado.
Comenzaron a despedirse cuando el teléfono de Vicente comenzó a sonar y, aunque rápidamente colgó intentando que nadie viera quien estaba llamando, los tres agentes habían visto perfectamente el nombre y la foto de la persona que llamaba: era María Reina.
«Este hombre sigue viendo a su amante y quiere seguir con su mujer» —pensó Cristina recordando todo lo que había averiguado sobre el matrimonio varios años atrás: Charo Marzal era la que poseía la fortuna familiar y Vicente Lleó, aunque había tenido cierto éxito en sus negocios, no podía compararse con la posición económica de su mujer.
Las posiciones financieras e inmobiliarias de Charo rondaban los diez millones de euros.
Tenía claro lo que pasaba. «Vicente no quiere perder poder adquisitivo y quiere seguir manteniendo su alto nivel de vida…
y a su amante» —pensó Cristina mientras se despedían.
Todavía debían hablar con dos personas más: su tía Emma y Charo Marzal. Habían quedado primero con Charo, en la calle Jorge Juan, donde se había realizado la exposición en la que resultó envenenado Alberto Cascos y que estaba en una calle muy próxima al despacho de su marido donde se encontraban.
—Hola inspectora —dijo cuando vio entrar a los tres policías.
Entraron en el local que les resultaba familiar porque lo habían visto en las cámaras de seguridad tras el fallecimiento de Alberto, en busca de quien le hubiera puesto el veneno en la bebida.
Ahora el local estaba diferente, no había mesas altas, ni taburetes, ni camareros sirviendo bebida o cortando jamón.
Era solo una sala diáfana con algunos cuadros abstractos colgados en las paredes.
Cristina los miró, sin entender cómo se podían pagar grandes cantidades de dinero por esos cuadros que para ella no tenían ningún sentido.
Y se admiró de la capacidad de Charo de convertir esa sala fría y vacía en un lugar que, incluso a través de las grabaciones de seguridad, se percibía cálido y acogedor.
No había ningún lugar donde sentarse, ni ningún despacho en el que poder conversar tranquilamente, por lo que tuvieron que hablar con ella de pie en medio de aquella sala. Las dos personas que se encontraban con ella salieron a tomar un café.
—Pero no tardéis, tenemos mucho trabajo aún y yo me tengo que ir pronto —dijo Charo a los jóvenes ayudantes antes de que salieran—. He quedado a comer con tu tía, Cristina.
Cristina se sorprendió ante la aparente tranquilidad que mostraba Charo.
Esperaba encontrarse a una mujer abatida por la muerte de padre Fernando; su confidente, su amigo.
Sin embargo, estaba ante una mujer activa, que parecía estar muy ocupada.
Esta vez fue el subinspector Fernández quien llevó la conversación y Charo les relató lo sucedido aquella tarde.
«Es exactamente lo que me dijo mi tía» —pensó Cristina. Oficialmente no habían hablado aún con ella, pero lo que contaba Charo coincidía con lo que Emma le contó la tarde anterior.
—Pasé un momento para agradecerle que me hubiera encontrado una muchacha para que fuera mi asistenta.
Le llamé ese mismo día y por la tarde la muchacha ya vino a mi casa.
Quedé encantada con ella. Se notaba que tenía ganas de trabajar y ¡ya no podía estar más tiempo sin asistenta!
—exclamó considerando del todo normal que no se pudiera estar unos días sin una persona que realizara las tareas de la casa.
—¿Le llevaste algo de comer? —preguntó el subinspector. En las imágenes no habían visto nada, no era probable, pero quizás llevara algo en el abrigo o en el bolso.
—¿Algo de comer? No, ¿Por qué iba a hacerlo? Él ya estaba tomando un café cuando yo llegué con un dulce o una galleta—contestó.
—¿Un dulce? —preguntó extrañado el subinspector ante la atenta mirada de Rubén y Cristina—. ¿Qué dulce?
Charo cerró los ojos un instante tratando de recordar.
—Tenía una taza de café con una pequeña galleta en el plato del café. De esas que tienen forma de corazón y en el centro tienen lo que parece fresa. Me hizo gracia la forma de la galleta, un corazón, como si se la hubiera enviado una admiradora —contestó sonriendo ingenuamente.
¿Era posible que el padre Fernando hubiera comido algo más que el pastel de Maribel?
Charo había llegado antes que nadie. ¿Quizás eran esas galletas las que había enviado alguien y estaban envenenadas?
¿O se la habían dado personalmente en cualquier otro momento?
Tenían que hablar de nuevo con los ayudantes y comprobar si sabían de dónde habían salido esas galletitas.
—Como agradecimiento, quise invitarle a una exposición que se celebraba el día siguiente y que tenía mucho interés en asistir.
Era un gran aficionado a la pintura ¿sabes?
—explicó mirando a Cristina y ahora sí, con cierto tono de tristeza—.
Pero yo tenía prisa, tenía un evento esa noche, y tu tía tenía dos entradas que no iba a utilizar.
Así que la llamé desde la sacristía y le pedí que se las bajara al padre Fernando, porque yo debía irme rápidamente.
«Esa fue la llamada que recibió mi tía cuando yo estaba con ella» —recordó Cristina.
—Salí un par de minutos después, cogí un taxi y me marché a la cena —dijo Charo.
Pocos minutos después salían del lugar para dirigirse al garaje a recoger el coche y a hacer la última visita.
—Parece que cuadra con lo que hemos visto en las imágenes —dijo Rubén.
—Efectivamente, lo que ha relatado es exactamente lo que hemos visto —dijo Fernández—. Vamos a ver a nuestra última sospe…
Pero antes de que acabara la frase notó la mirada de Cristina.
La inspectora no quería reconocerlo, pero su tía era igual de sospechosa que el resto de las personas a las que habían entrevistado.
Las cuatro personas habían visto al párroco pocas horas antes de morir.
De hecho, de una u otra manera los mismos cuatro nombres aparecían vinculados con los asesinatos.
Había transcurrido ya dos semanas del primero de ellos y no parecían estar más cerca de conocer al asesino.
Se había hecho público que los tres asesinatos eran obra de la misma persona, la presión que sentían por resolver el caso iba en aumento.
«Al menos la prensa no sabe lo de las piezas de ajedrez» —pensó el subinspector satisfecho de que ese detalle, por el momento, no hubiera salido a la luz.
A las dos del mediodía Charo Marzal, vestida tan elegante como siempre, estaba sentada en la mesa que tenían reservada en un restaurante del mercado de Colón.
El lugar lo había elegido ella, puesto que estaba muy cerca de la galería de arte y debía seguir trabajando para ultimar los detalles de la exposición de esa noche.
Todavía no habían llegado ni Emma ni Maribel, así que cogió la carta de vinos y la observó.
Se decidió por uno de ellos y pidió una copa de vino blanco mientras esperaba.
Estaba tomando un sorbo cuando vio a su marido con una joven caminando por la calle.
Los vio con total claridad y notó cómo le hervía la sangre al comprobar que la joven que acompañaba a su marido era María Reina.
No iban cogidos de la mano ni había contacto físico entre ellos, pero no era necesario para darse cuenta de que todavía mantenían una relación.
Su marido le había mentido. No había finalizado la relación con su amante.
Pocos minutos después llegaron juntas Maribel y Emma y enseguida observaron el rostro enfadado de Charo. En un primer momento pensaron que estaría así por el fallecimiento del sacerdote, pero ella les hizo ver el verdadero motivo de su enfado.
—Acabo de ver a mi marido con su amante. Han pasado por la calle y no me han visto, pero Vicente me ha mentido, sigue viéndose con ella —explicó verdaderamente enfadada.
—Pero no dijiste que trabajaba en la gestoría que lleva los asuntos profesionales de tu marido —preguntó Maribel que no había tenido ni tiempo de sentarse.
—Es cierto —recapacitó Charo— y la gestoría y el despacho de Vicente están en el mismo edificio. De hecho, está justo al lado —recordó tranquilizándose levemente.
—Entonces quizás era un encuentro profesional —dijo Emma.
—Es posible, pero los he visto, y las miradas y los gestos indicaban que había algo entre ellos —contestó sin estar segura de si su marido seguía manteniendo una aventura con la joven o si solo era una relación profesional—.
¡No! Conozco a mi marido y sé que sigue con ella.
Voy a tener que hablar con él seriamente.
O zanja definitivamente la relación o tendrá que atenerse a las consecuencias.
Las tres mujeres miraron la carta y pidieron la comida, además de la botella de vino que Charo había decidido y solo cuando se hubo marchado el camarero, comenzaron a hablar de lo que verdaderamente las preocupaba.
Las tres habían escuchado las noticias en la radio, sabían que los tres asesinatos eran obra de la misma persona, se trataba de un asesino en serie.
Y las tres habían recibido la visita de la policía esa misma mañana.