CAPITULO 18
Maribel estaba en su casa preparándose el café como todas las mañanas.
Desde la muerte de Alberto, su compañero del curso de cocina, ni siquiera ese momento le resultaba placentero.
Ese martes, como era habitual, iba a comer con Emma, y Charo también iba a acudir.
Ya se estaba convirtiendo en una costumbre que Charo acudiera siempre a sus citas de los martes.
También se estaba convirtiendo en costumbre que en todas ellas hablaran de asesinatos y de muertes.
El último era el asesinato del padre Fernando.
En un primer momento parecía una muerte por causas naturales, pero las últimas noticias eran que se trataba de un asesinato.
Lo había escuchado en su programa de radio matutino:
«Interrumpimos la emisión para dar una noticia de última hora.
Según fuentes policiales, las tres muertes recientes que se han producido en los últimos días en el valenciano barrio de Ruzafa son obra de la misma persona.
Dos de ellas fueron consideradas como muertes naturales en un primer momento, pero las autopsias han confirmado que se trata de asesinatos.
No ha trascendido más información. Desconocemos si la policía tiene pistas sobre quién es el asesino»
Maribel quedó impactada ante esta noticia. Alberto había sido asesinado. ¿Quién podía haber realizado algo así? El dolor de cabeza que había comenzado a primera hora de la mañana estaba aumentando.
Ahora entendía el motivo por el que Cristina Morat y su compañero iban a visitarla.
Estaba dando el último sorbo a su taza de café, mientras se tomaba un calmante para su dolor de cabeza, cuando sonó el timbre de la puerta.
Era la inspectora Morat, acompañada del subinspector Fernández y de Rubén, el amable agente que los acompañaba.
—Buenos días, Maribel —dijo Cristina nada más llegar a la vivienda de ésta.
—Hola Cristina. Pasad —contestó asombrada al ver que la sobrina de su amiga llegaba acompañada de dos policías—. Poneos cómodos. ¿Queréis una taza de café?
—No muchas gracias, Maribel —dijo Cristina educadamente. No le gustaba estar de nuevo interrogando a la amiga de su tía.
Maribel estaba sentada en el salón de su casa, visiblemente nerviosa. Estaba enterada del fallecimiento del párroco y sabía el motivo de la visita. Ella había llamado al padre Fernando el mismo día de su muerte. Y le había visitado unas horas antes de morir.
—Señora Guillem, ¿puede decirnos por qué motivo llamó al padre Fernando en torno a las cuatro de la tarde del día de su muerte? —preguntó el subinspector con su grave tono de voz sin ningún tipo de preámbulo.
—Yo, mmm, no sé —titubeó Maribel nerviosa ante el tono de voz del subinspector.
—Tranquila Maribel, dinos lo que recuerdes —la tranquilizó Cristina.
—¿Quiere que le traiga un vaso de agua? —preguntó Rubén con una dulce sonrisa en la cara consiguiendo hacer sentir más tranquila a Maribel.
—Sí, muchas gracias, hijo —respondió ésta sintiéndose ya más calmada y agradecida por el gesto del joven.
Cuando Rubén volvió de la cocina con el vaso de agua, Maribel le dio un gran trago y se relajó. Miró directamente a Cristina y comenzó a hablar.
—Como sabrás, la muerte de Alberto Cascos me ha afectado profundamente, mucho más de lo que me imaginaba y estoy pasando unos días muy duros. Tu tía y Charo me están apoyando mucho y yo se lo agradezco, pero notaba que ese apoyo no era suficiente.
—Es normal Maribel —dijo Cristina intentando que siguiera relajada y tranquila.
—El viernes pasado, antes de acudir a mi curso de cocina, decidí llamar al padre Fernando. Pensé que quizás una charla con él podría beneficiarme. Charo no para de contarnos la paz que le transmite ese hombre. Así que le llamé para concertar una cita con él —continuó.
—¿Y lo hiciste? ¿Quedaste con el padre Fernando? —preguntó Cristina intrigada ante la posibilidad de que Maribel hubiera visto al párroco.
—Sí. Me citó a las ocho de la tarde, al finalizar la misa que oficiaba a última hora de la tarde, aunque llegué un poco más tarde de la hora prevista —respondió Maribel.
—¿Por casualidad le llevaste algo de comer? —preguntó Cristina con la intención de confirmar qué era lo que llevaba en la tartera que se veía en las imágenes.
—Pues la verdad es que sí —contestó Maribel sorprendida—. Esa misma tarde hicimos un pastel de zanahoria en el curso de cocina al que asisto y le llevé un pedazo al padre Fernando.
—¿Pudo ver cómo se comió el pastel? ¿Usted comió también? —preguntó Fernández ansioso por conocer la respuesta. El análisis de los restos de comida que quedaron en el plato confirmó que allí se hallaba el veneno, y querían confirmar si se trataba del pastel que llevó Maribel.
—¡Qué va, yo no comí! —contestó rápidamente Maribel tocándose el abdomen de manera inconsciente—.
Ya tomo suficientes dulces mientras estoy en el curso, el resto de la semana procuro evitar esas tentaciones.
Pero el sacerdote fue muy amable y se lo comió mientras estábamos hablando.
Me dijo que estaba realmente buena —contestó orgullosa recordando el elogio que recibió del párroco.
—Por casualidad no te quedará algún pedazo de esa tarta, ¿verdad? —preguntó Cristina.
Si así fuera, lo analizarían en busca de restos de veneno para poder confirmar que realmente era el alimento envenenado. Sin embargo, le resultaba extraño que Maribel fuera capaz de hacer algo semejante y de que, en caso de hacerlo, mantuviera restos del pastel envenenado en su casa.
—No queda nada. El último trozo se lo llevé al padre Fernando. Pero ¿por qué tanto interés por el pastel? —preguntó algo desconcertada.
Unos minutos más tarde los tres policías se marcharon del lugar con la sensación de no haber aclarado nada. Maribel sí había llevado algo que había comido el fallecido, pero no había manera de confirmar si esa comida es la que resultó envenenada.
—También es posible que alguien pusiera el veneno en cualquier otro alimento que comiera —dijo Rubén.
—Es cierto, no sabemos si tenía algo que pudiera comer en la sacristía. Sus ayudantes dicen que no es probable, pero no lo pueden confirmar —contestó Fernández.
—En el informe del hallazgo del cadáver, ¿encontraron un papel de envoltorio en una de las papeleras de la sacristía? —preguntó Cristina en voz alta recordando lo que decía aquel informe.
—¡Es cierto! – contestó Rubén —Se encontró un envoltorio de algún paquete que recibió el sacerdote. No fue enviado a través de mensajero ni por envío postal.
—No tenemos manera de saber quién o cuándo le enviaron ese paquete. Ni el contenido que había en su interior —dijo el subinspector.
—Cabe la posibilidad de que ahí estuviera la comida envenenada —replicó Cristina decepcionada al pensar en esa posibilidad. Si eso era así, tenían muy pocas opciones de saber cómo ingirió el veneno.
Los tres agentes se marcharon a hablar con otra de las personas que había visitado al padre Fernando.
Habían quedado con Vicente Lleó en su oficina, en un bloque de edificios todo él destinado a despachos cerca del mercado de Colón.
El subinspector quiso que fueran en su coche, igual que habían hecho unos minutos antes al visitar a Maribel Guillem, por lo que tuvieron que aparcar en un aparcamiento público muy próximo al mercado.
Caminaron los pocos minutos que separaban el parquing del lugar del trabajo de Vicente, y Cristina no pudo dejar de admirar la majestuosidad de aquel edificio.
Recordó la primera vez que vio el mercado de Colón, durante sus primeras semanas en Valencia, cuando le impresionó la combinación de hierro, ladrillos rojos y piedra, con dos imponentes puertas a modo de arcos triunfales en sus extremos y con las fachadas adornadas por mosaicos cerámicos tan típicos del paisaje valenciano.
El conjunto lo convertía en una auténtica joya del modernismo valenciano, había sido reformado en las últimas décadas y albergaba una variada oferta gastronómica, convirtiéndose en punto de encuentro cultural y social en el corazón de Valencia.
Ella misma había estado en muchas ocasiones tomando algo en cualquiera de los bares que allí se encontraban, todos con terraza exterior pero cubiertos por el impresionante techo del mercado.
Siempre ofrecía un ambiente animado, repleto de grupos que utilizaban el mercado como lugar de encuentro, de mesas llenas de transeúntes que se habían tomado un descanso o de personas solitarias que simplemente disfrutaban de un buen café o de una deliciosa horchata valenciana.
Al llegar al bloque de edificios donde estaba ubicado el despacho, Cristina se percató que Fernández apenas tenía aliento. Los pocos metros que habían recorrido andando le habían cansado y se le notaba cierta dificultad para respirar.
«No me extraña que quiera coger el coche para moverse a cualquier lugar» —pensó Cristina.
—Fijaos —dijo Rubén—, aquí también está la asesoría donde trabaja María Reina.
Efectivamente en la placa que había junto a los telefonillos se podía leer Asesoría Pastor, era el nombre de la asesoría que llevaba los asuntos laborales de Vicente Lleó y donde trabajaba María Reina.
Llamaron al timbre y subieron al segundo piso, donde estaba el despacho de Vicente, que les estaba esperando en la puerta.
—Pasad —dijo dirigiéndoles a su despacho —. Amparo, no me pases ninguna llamada – ordenó dirigiéndose a una señora con edad de jubilarse que debía ser su secretaria.
«Con esta secretaria no se va a tomar una copa al hotel» —pensó Fernández comparando mentalmente a la tal Amparo con María Reina.
La inspectora Morat comenzó a realizar preguntas similares a las que había hecho a Maribel.
Vicente les contó que había llamado al padre Fernando porque quería hablar con él personalmente y le citó esa tarde después de la última misa.
No habían quedado a ninguna hora concreta, puesto que le dijo que iba a estar un buen rato haciendo tareas administrativas.