El movimiento perfecto CAPITULO 17 #5
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CAPITULO 17 #5

La inspectora Morat, el subinspector Fernández y Rubén se miraron sorprendidos.

¿Quién había podido filtrar esa información a la prensa?

No era una buena noticia, a partir de ahora todo iba a resultar más complicado.

Los tres se marcharon a casa con la sensación de no tener respuesta a ninguna de las múltiples preguntas que les surgía.

Este caso se estaba convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza.

En cuanto salió de la comisaría la inspectora Morat cogió su teléfono y llamó a su tía. Tenía que hablar con ella inmediatamente. ¿Qué estaba ocurriendo?

Emma estaba en casa y se alegró de la llegada de su sobrina.

—Buenas noches, cariño ¿has cenado? —preguntó Emma a su sobrina cuando llegó a su casa.

—Tía, tenemos que hablar. Vamos a sentarnos —dijo Cristina con cara de preocupación.

Se dirigieron a la cocina, Emma preparó dos tazas de té y ambas se sentaron en la cocina.

—¿Por qué no me has dicho que el viernes por la tarde habías visto al padre Fernando? —preguntó Cristina directamente sin ningún tipo de preámbulos.

—¿Qué? —preguntó Emma sorprendida ante la pregunta—. ¿El padre Fernando? Sí, lo vi un momento en la puerta de la sacristía —contestó Emma mientras daba un sorbo a su taza de té—. ¿Por qué lo preguntas?

—El padre Fernando ha sido asesinado y tú eres una de las últimas personas que lo vio con vida —respondió Cristina mirando fijamente a los ojos de su tía.

—¿Asesinado? ¡Dios mío, no lo puedo creer! —exclamó Emma con un gesto de miedo y preocupación en su cara.

En ese momento la inspectora Morat se percató de que, para su tía, como para el resto del mundo, la muerte del sacerdote había sido por causas naturales y por tanto no tenía importancia quién o cuándo lo hubieran visto.

¿Era normal que su tía no le hubiera llamado para comentarle ese detalle?

Cristina ya no sabía qué pensar. Estaba cansada, agotada física y mentalmente y no pensaba con claridad.

—Tía Emma, se acaba de hacer público que la muerte del sacerdote ha sido un asesinato, igual que Alberto Cascos, y todo parece indicar que esos dos crímenes y el de Luciana Barranco los ha cometido la misma persona. Estamos ante un asesino en serie.

El rostro de Emma reflejó sorpresa y miedo a partes iguales. Puso su mano sobre la de su sobrina y la apretó.

—Te aseguro que cuando yo lo vi estaba perfectamente Cristina —explicó Emma.

—¿Por qué fuiste a verlo? —preguntó su sobrina.

—¿Recuerdas cuando estuviste en casa el viernes por la tarde?

Me llamaron por teléfono mientras estábamos hablado y me levanté para coger la llamada.

Era Charo Marzal para pedirme un favor. Me había dado un par de invitaciones para la exposición de pintura en la fundación Bancaja.

Eran para el sábado a medio día, pero al final yo no las iba a utilizar.

Me pidió si podía darle las entradas al padre Fernando que estaba en la sacristía.

Se las quería regalar para agradecerle que le hubiera encontrado a una asistenta para su casa.

Así que cuando te marchaste bajé a tirar la basura y pasé por la sacristía a dárselas.

No creo que estuviera con él más de dos o tres minutos.

Al escuchar las palabras de su tía, Cristina dio un profundo suspiro. Todo tenía sentido y cuadraba con lo que habían visto en las grabaciones de las cámaras de seguridad. No le había gustado lo que había insinuado Fernández esa tarde en la comisaría. Aunque lo entendía.

—Pero ¿por qué no fue la propia Charo a darle las invitaciones? —preguntó Cristina.

—Resulta que tenía un evento esa noche y no podía pasar por mi casa y luego acudir a la iglesia —respondió.

Pocos minutos después, Cristina se marchó de casa de su tía bastante más tranquila y calmada. La pierna le había estado doliendo durante todo el día, pero en ese momento estaba empezando a pasarse el dolor.

«Por fin los analgésicos me han hecho efecto. O quizás sea el peso que me he quitado de encima al hablar con mi tía» —pensó. Sacó el móvil de su bolso y se decepcionó al ver que no tenía ninguna llamada de Javier. Vio en su reloj que eran casi las nueve de la noche y lo llamó.

—Hola Javier —dijo Cristina cuando él respondió al teléfono—. Sé que he estado un par de días ausente. ¿Te apetece que nos veamos?

Media hora después estaban sentados en un restaurante del barrio del Carmen, muy cerca de la vivienda de Cristina. Aunque al principio se sintió nerviosa, rápidamente esa sensación desapareció. Javier no parecía estar enfadado ni resentido con ella.

—Cristina, sé lo importante y lo estresante que puede ser tu trabajo, sobre todo en un caso de esta envergadura —le dijo con una sincera sonrisa.

Llevaba unos vaqueros y una simple sudadera, pero a Cristina le pareció que estaba verdaderamente atractivo.

Se había mostrado muy comprensivo. Al fin y al cabo, su trabajo también era complicado en muchas ocasiones.

No pudieron evitar conversar sobre los asesinatos, la filtración de la existencia de un asesino en serie e incluso Cristina le pidió opinión sobre algunas cuestiones de la investigación.

Pero pronto decidieron no hablar de trabajo.

Querían disfrutar de la cena y no mezclar temas de trabajo, tan desagradables, en ese momento.

El resto de la cena transcurrió de manera agradable, ambos disfrutaban de la mutua compañía.