El movimiento perfecto CAPITULO 17 #4
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CAPITULO 17 #4

Pasaron las imágenes a más velocidad hasta que volvieron a ver a Vicente saliendo por la puerta de la sacristía. Habían pasado exactamente diez minutos.

—Ha entrado con las manos vacías, aunque es posible que en los bolsillos de su abrigo llevara algo oculto —comentó Cristina.

—Desde luego el párroco recibió varias visitas tras cerrar la iglesia —dijo Fernández.

—¡Cristina! —exclamó Rubén mirando fijamente la imagen que se veía en la pantalla del ordenador.

—¡Es mi tía! —exclamó sorprendida.

En la pantalla se veía a su tía cargada con varias bolsas de plástico que parecían contener basura. Caminó por delante de la iglesia de San Valero y giró hacia la derecha, encaminándose hacia la puerta de la sacristía. Eran las ocho y cuarenta y siete minutos.

—¿Qué está haciendo tu tía? —preguntó Fernández que se había puesto en pie delante de la pantalla acercándose todo lo que podía.

Cristina enmudeció por unos minutos, ella tampoco lograba entender lo que ocurría, pero de pronto lo vio con claridad.

Esa imagen era del viernes por la tarde, casi viernes por la noche.

Ella había estado con su tía en su casa.

Aunque apenas habían pasado tres días, a ella le había parecido mucho más tiempo.

Estaban trabajando tantas horas que ya no distinguía un día de otro.

Pero continuó observando las imágenes y lo que vio la calmó, relativamente.

Su tía caminó, cargada con las bolsas de plástico, hasta la puerta de la sacristía, se detuvo frente a ella y llamó al timbre.

La puerta se abrió, como en las ocasiones anteriores pero esta vez no se cerró.

La puerta que permanecía abierta no dejaba ver a Emma, que debía estar hablando con el padre Fernando, y un par de minutos después se cerró de nuevo mostrando en imagen a Emma, que continuó caminando hasta que desapareció de las cámaras.

—El viernes cuando salí de aquí, sobre las siete y media de la tarde, fui a casa de mi tía Emma.

Vive justo al lado de la Iglesia de San Valero.

Yo me marché aproximadamente a las ocho y media y ella me dijo que tenía que tirar la basura.

Fijaos, lo que lleva cargando son bolsas de basura —explicó Cristina.

«No me crucé con ninguna de las personas que vieron al padre Fernando aquella tarde por pura casualidad» —pensó recordando que cuando salió de casa de su tía Javier estaba esperándola con el coche. «¿Es posible que me cruzara con el asesino sin saberlo?» —se preguntaba.

—¿Y tu tía no tiene otro sitio más cerca para tirar la basura? —preguntó Fernández—. ¿Y por qué se ha detenido a hablar con el padre Fernando?

—¿Qué estás insinuando? —contestó Cristina dolida por el comentario de su compañero.

—No estoy insinuando nada Cristina, simplemente me limito a observar los hechos —contestó.

En ese momento, en pantalla, apareció de nuevo Emma Miquel, la tía de la inspectora. Ya no llevaba ninguna bolsa de basura y parecía estar hablando por teléfono con alguien. Eran las ocho y cincuenta y cinco minutos.

—Ha pasado seis minutos desde que ha llamado a la puerta de la sacristía —dijo Rubén.

Tenía intención de continuar la frase. Pero permaneció en silencio. Los tres pensaban lo mismo. Pero ninguno lo pronunció en voz alta.

¿Por qué Emma Miquel había hablado con el padre Fernando?

Continuaron con la revisión de las cámaras, pero ya no mostraron nada más que les mereciera su atención.

Las pocas personas que giraban para dirigirse hacia la puerta de la sacristía pasaban de largo sin entrar, sin detenerse frente a ella.

Salían siempre en la imagen o circulaban por la acera contraria a donde se hallaba la puerta.

Nadie más había accedido al interior. Revisaron hasta las doce de la noche.

Era imposible que más allá de esa hora hubiera ingerido el veneno.

La inspectora Morat fue la primera en romper el silencio.

—Veamos. Tenemos a cuatro personas que visitaron al padre Fernando tras el cierre de la iglesia —dijo sintiendo un nudo en el estómago. Su tía era una de esas cuatro personas.

—Efectivamente. Charo Marzal fue la primera en llegar. Estuvo cinco minutos en el interior. No parecía llevar ningún tipo de alimento encima.

Maribel Guillem llegó pocos minutos después de Charo. Ella sí llevaba una tarta o algo similar y estuvo reunida diez minutos.

Vicente Lleó estuvo otros diez minutos después de que se marchara Maribel. A simple vista no llevaba nada con él.

Y por último Emma Miquel, fue la última en llegar. Aunque no llegara a entrar al interior de la sacristía sí parece que habló con el padre Fernando —resumió el inspector Fernández.

—Tenemos que hablar con todos ellos —dijo la inspectora.

Sin embargo, decidieron esperar al día siguiente para hablar con ellos.

—Prefiero ir personalmente a sus domicilios. Hoy ya se ha hecho tarde y debemos descansar. Necesitamos estar frescos para afrontar el día de mañana —dijo Cristina al subinspector y a Rubén.

Salieron de la sala de reuniones y se sorprendieron del barullo que existía en la sala principal de la comisaria.

Todos los compañeros estaban mirando los móviles y comentando lo que contemplaban en ellos.

De pronto, el comisario apareció dando grandes zancadas y con un claro gesto de enfado en su rostro.

—Alguien ha filtrado a la prensa la existencia de un asesino en serie. Han relacionado los tres crímenes. Va a cundir el pánico.