CAPITULO 17 #3
En ese momento entró uno de los agentes para avisarles que ya había llegado el perfil psicológico que habían solicitado.
Apenas tenían información que aportar para poder obtener un perfil completo y certero, pero habían solicitado ayuda al servicio de análisis de conducta informando de los pocos indicios de los que disponían.
El informe había determinado que el asesino probablemente era un varón, de entre treinta y cuarenta y cinco años, con una inteligencia superior a la media y un alto coeficiente intelectual.
Probablemente con un nivel educativo alto, planificado y con la capacidad de no dejar evidencias en la escena del crimen más allá de las que quiere que sean encontradas.
El hecho de que hubiera utilizado piezas de ajedrez tras cada asesinato revelaba una clara intención de mostrar su obra y la voluntad de retar a la policía planteándoles un desafío e instigándoles a atraparle antes de su próximo asesinato.
—No es lo que esperaba —comentó Cristina algo decepcionada al leer el informe psicológico.
—No pretenderías que te diera el nombre y el apellido del asesino, ¿verdad? —preguntó Fernández irónicamente—. Esas piezas de ajedrez, … Parece que para el asesino esto es un juego. Pues juguemos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó la inspectora sin entender qué pretendía su compañero.
—¿Y si hacemos pública la información de los tres asesinatos cuestionando su inteligencia, haciendo creer que ha cometido muchos errores y que lo tenemos en el punto de mira? —propuso el subinspector.
—Me parece arriesgado. No sé si lograremos que meta la cabeza bajo tierra y no sepamos nada más de él o si provocaremos todo lo contrario —contestó la subinspectora que no veía con claridad la propuesta de Fernández.
—¡Pero si le provocamos es más probable que cometa un error y demos con él! —exclamó con cierto entusiasmo.
—Cundiría el pánico entre la gente. Además ,..
Pero no pudo acabar la frase porque otro de los agentes volvió a interrumpirles.
—Acaban de llegar todas las imágenes de las cámaras de seguridad. Están descargadas en el ordenador.
—Excelente —exclamó Cristina—. Vamos a revisarlas, no hay tiempo que perder.
Cristina y el subinspector se sentaron alrededor de la mesa de Cristina y accedieron a las imágenes.
El buzón del mercado de Ruzafa donde habían depositado los paquetes estaba en la entrada principal del mercado, en la plaza del Barón de Cortés, pero quedaba medio oculto entre los puestos del mercado que se montaban en la fachada exterior del mismo, desplegando escaparates y género que impedía tener una buena visita del buzón.
Aunque en las proximidades existían un par de sucursales bancarias, estaban a demasiada distancia para distinguir con claridad el rostro de las personas, y mucho menos si alguien llevaba un paquete de esas dimensiones en la mano.
Tendrían que revisarlas con gran detenimiento, pero dudaban que fuera a serles de ayuda.
Solo una de las cámaras de seguridad parecía serles de utilidad.
Estaba colocada de manera que se veía con gran claridad la entrada de la iglesia de San Valero.
Tenían que revisar las imágenes buscando dos cosas diferentes: por un lado, los días previos al envío de los paquetes para tratar de saber quién los estaba enviando.
Por otra parte, la entrada y salida de la iglesia para comprobar quién había accedido el viernes por la tarde y se había reunido con el padre Fernando.
Cristina y Fernández comenzaron con el proceso de revisión.
No querían perder un solo segundo, pero enseguida se dieron cuenta de la cantidad de trabajo que suponía, por lo que pidieron ayuda a varios de los agentes que estaban realizando tareas administrativas para que revisaran imágenes centrándose en el buzón, mientras ellos las revisaban buscando a la persona que había visitado al sacerdote.
—El comisario Bohigues nos dijo que utilizáramos todos los recursos disponibles —afirmó Cristina—. Necesitamos toda la ayuda posible.
En ese momento se acercó Rubén, que había finalizado con los interrogatorios sin obtener ninguna información importante.
—¿Cómo vais? ¿Algo interesante? —preguntó sentándose en una silla junto a la mesa de la inspectora.
—Vamos a comenzar a revisar esta grabación del viernes por la tarde. A ver si hay suerte.
Los dos hombres miraban atentamente la pantalla del ordenador, mientras Cristina, con el ratón, iba avanzando o retrocediendo la imagen. La pasó rápidamente hasta las siete y media de la tarde y a partir de ese minuto puso la grabación al doble de la velocidad normal.
—Si veis algo que os llame la atención me lo decís y retrocedemos —dijo Cristina.
Comprobaron como a las ocho en punto comenzaron a salir por la puerta de la iglesia una veintena de personas que habían asistido a la misa.
Casi todo mujeres de avanzada edad, algún matrimonio mayor y un par de niños con su madre.
A las ocho y cinco minutos la puerta principal de la iglesia se cerró y ya no se vio a nadie que entrara ni saliera por ella.
Cinco minutos después, los dos ayudantes del párroco aparecieron por el lateral de la iglesia y atravesaron la plaza doctor Landete, pasando por delante de la fachada principal de la iglesia.
—Los ayudantes ya han cerrado la puerta principal y ellos han debido salir por la sacristía que está en ese lateral de la iglesia, tal y como nos dijeron —comentó el subinspector.
No se veía completamente la puerta de la sacristía, ninguna de las cámaras mostraba una imagen nítida de ella, pero sí se observaba lo suficiente para comprobar si se abría y alguien entraba o salía de ella.
Se veía con total claridad la calle y la acera de la fachada lateral de la iglesia, hasta justo antes del lugar donde se encontraba la entrada a la sacristía, que ya se veía con más dificultad.
A pesar de que el trasiego de personas era abundante, casi ninguno de ellos accedía o salía de esa calle lateral, la mayoría atravesaba la plaza igual que habían hecho los ayudantes del padre Fernando.
Sin embargo, en un momento dado, una de las personas les llamó la atención.
Se trataba de Charo, que aparecía en la imagen caminando, accediendo desde el mercado y dirigiéndose hacia la puerta de la sacristía, al lugar por el que habían salido los ayudantes del sacerdote apenas cinco minutos antes.
Eran las ocho y trece minutos del viernes por la tarde.
La inspectora Morat anotó la hora en una hoja de papel.
Llevaba un vestido beige, con un abrigo color camel y unos zapatos a juego con el vestido con un generoso tacón.
Colgando de su hombro se veía un pequeño bolso.
Sin duda no se trataba de una vestimenta habitual, debía tener algún evento del que ya había vuelto o al que se dirigía.
—Se ve cómo se abre la puerta de la sacristía y entra en ella. No parece que lleve nada en las manos, y en ese bolso apenas le cabrá el móvil —dijo Cristina.
A las ocho y dieciocho apareció otra vez en pantalla, saliendo de la pequeña calle, caminando por delante de la puerta principal de la iglesia y marchándose en dirección contraria a su casa.
«Solo ha estado cinco minutos en el interior» —pensó la inspectora.
En un momento dado hizo un gesto levantando uno de sus brazos y aceleró el paso.
—¿Está saludando a alguien? —preguntó Rubén.
—O está pidiendo un taxi. Con esos zapatos no debe resultar cómodo caminar, aunque sea una distancia corta —explicó Cristina.
Antes de que pudieran opinar sobre las imágenes que habían visto de Charo, otra persona conocida se encaminó hacia la sacristía. Se trataba de Maribel Guillem.
—Es Maribel —exclamó Rubén al reconocer a la mujer que salía en las imágenes.
—Las ocho y veintidós minutos —dijo Fernández anotando la hora en el mismo trozo de papel que había usado Cristina—. ¡Fijaos en sus manos!
Los tres observaron lo que, sin ningún tipo de dudas, era un recipiente que contenía algo de comida en su interior. Los brazos de Maribel formaban un ángulo recto con su cuerpo, las palmas de sus manos estaban hacia arriba y sobre ellas había una pequeña tartera redonda.
—Rubén, para la imagen y amplíala —dijo la inspectora notando como el corazón se le aceleraba.
Cuando la imagen se amplió se vio con total claridad a Maribel, llevando en sus manos una tartera que contenía en su interior lo que parecía un pastel. O al menos un trozo de pastel, ya que no parecía estar completo.
«¿Era posible que Maribel, la amiga de su tía, llevara un trozo de pastel envenenado al padre Fernando?» —pensó verdaderamente sorprendida. No tenía ningún sentido. Y sin embargo lo estaba viendo en las imágenes, no había lugar a dudas. Maribel llevaba lo que parecía una tarta.
Diez minutos más tarde, a las ocho y treinta y dos, observaron a Maribel saliendo de la sacristía, llevando la tartera consigo, pero esta vez sujeta por una única mano y llevándola sin tanto cuidado como a su llegada.
—La tartera está vacía —dijo el subinspector.
—No tiene ningún sentido —dijo Cristina en voz alta verdaderamente extrañada por lo que acababa de ver.
—Sin embargo, Maribel Guillem no parece estar nerviosa. Si yo hubiera dejado un trozo de pastel envenado no creo que pudiera mantener la calma. Está tranquila —apuntó Rubén.
—Tienes toda la razón Rubén. Ni ella ni Charo Marzal parecían nerviosas al salir de la sacristía —dijo el subinspector totalmente de acuerdo con la apreciación de Rubén.
De nuevo, los ojos de los tres se fijaron en las imágenes que les mostraba la pantalla.
—¡Es Vicente Lleó! ¡Está dirigiéndose hacia la sacristía! —exclamó Rubén que parecía entusiasmado ante el continuo goteo de gente que visitó al sacerdote su última tarde. Observaron cómo se abrió la puerta y Vicente entró cerrándola tras él.
—Las ocho y treinta y cinco. Ninguno de ellos se ha encontrado con el anterior por escasos minutos —dijo Cristina anotando de nuevo la hora de entrada en el papel.