CAPITULO 17 #2
Todas las miradas estaban fijas en aquella pequeña pieza de ajedrez y en la nota de papel.
La llegada de ese paquete era la confirmación de lo que sospechaban desde la aparición del último cadáver.
Las tres muertes: la de Luciana Barranco, la de Alberto Cascos y la del padre Fernando estaban relacionadas, eran obra de la misma persona.
Estaban ante un asesino en serie.
El caos reinó en la sala por un momento.
Ante el silencio inicial tras ver el contenido del paquete, Rubén, Fernández y el comisario comenzaron a hablar a la vez, plasmando en voz alta sus pensamientos, sin escucharse unos a otros, solo hablando.
Todos menos Cristina, que permanecía sumida en el más profundo silencio.
—¡Callaos todos! —exclamó el comisario al percatarse del silencio de Cristina.
El silencio se apoderó del lugar y los tres hombres miraron a Cristina. Ésta pareció volver a la realidad en ese momento y sacudió su cabeza, como queriendo hacer desaparecer sus pensamientos.
—Tenemos que volver a analizar los tres crímenes, tenemos que encontrar la relación entre ellos. Tenemos que dar con el asesino —dijo con voz firme Cristina.
La inspectora tenía razón. Si, como ahora sabían, los tres asesinatos eran obra de la misma persona, tenían que averiguar la relación que había entre ellos.
Debían indagar hasta encontrarla. Algo habían pasado por alto al investigar las muertes de Luciana Barranco y Alberto Cascos, ya que no habían encontrado ningún tipo de relación entre ellos.
Quizás con esta nueva muerte encontraran algo que los relacionara.
Necesitaban averiguar desde dónde se habían enviado los tres paquetes. Ya estaban investigando el origen de los dos primeros, pero todavía no tenían el informe. ¡No entendían por qué tardaban tanto en tenerlo!
Tenían que obtener un perfil del asesino, conocer cómo pensaba, cuáles eran sus posibles motivaciones. Solo de esa manera podrían estrechar el cerco contra el asesino y evitar que se produjera un nuevo crimen.
—Quizás deberíamos dar una rueda de prensa —propuso el comisario algo titubeante. Él que siempre parecía decidido y seguro de sí mismo, ahora estaba desconcertado, como todos, ante esta situación.
—No creo que sea adecuado crear alarma social, comisario —dijo Cristina—. De momento la prensa sigue sin relacionar las muertes.
—Tienes razón, puede que sea lo mejor —contestó el comisario Bohigues —. Todo el mundo a trabajar, tenemos que dar con este asesino.
Las siguientes horas fueron frenéticas en la comisaría. Tenían muchos frentes abiertos, pero no eran capaces de cerrar ninguno de ellos.
Habían enviado a analizar el último paquete recibido y lo habían clasificado como urgente, pero como pronto tendrían los resultados al día siguiente.
Sin embargo, por fin disponían del informe completo de los dos envíos anteriores.
No aportó ninguna nueva evidencia sobre la caja, el envoltorio o el contenido, aunque sí que consiguieron un dato relevante para la investigación.
Los dos paquetes se habían enviado desde el mismo buzón, uno que estaba situado en una de las puertas del mercado de Ruzafa.
No era un dato concluyente, pero conocer el lugar desde donde se habían realizado los envíos podía reducir el cerco sobre el asesino.
El mercado de Ruzafa era un lugar de ajetreo constante y la cantidad de gente yendo y viniendo no era ninguna minucia.
No iba a resultar fácil averiguar quién había depositado los paquetes, pero debían revisar las cámaras de seguridad de los días previos a la llegada de los mismos.
Se habían puesto en contacto con la oficina de correos, para tratar de confirmar si el último paquete también había sido enviado desde el mismo buzón del mercado de Ruzafa.
Tampoco podían tener el resultado antes de veinticuatro horas a pesar de la insistencia incluso del comisario.
Rápidamente se cursó la orden para disponer de todas las grabaciones de las cámaras de seguridad que se encontraran cerca del buzón y otra para revisar la entrada a la iglesia de San Valero, justo al lado del mercado.
Esperaban que en ellas se pudiera observar a las personas que entraban y salían de la iglesia minutos después de oficiar la última misa del día.
—Sea quien sea quien haya envenenado al padre Fernando debió acceder a la iglesia llevando consigo las galletas o la tarta o lo que fuera que tomó con el veneno —explicó la inspectora Morat.
Habían elaborado una lista con las personas del entorno cercano del párroco, que se reducía a un par de ayudantes, entre ellos el que descubrió el cadáver, un par de sacerdotes de iglesias cercanas con los que solía quedar frecuentemente en sus ratos libres y algunas mujeres, habituales de la parroquia, que pasaban gran parte de su tiempo allí.
—Gracias por venir habiéndole avisado con tan poco tiempo de antelación —dijo la subinspectora a la persona que había descubierto el cadáver.
—No es ninguna molestia —contestó el hombre que estaba sentado en la sala de interrogatorio.
El ayudante del padre Fernando era un joven cercano a la treintena que estaba sentado apaciblemente esperando con calma las preguntas de la inspectora. No habían hecho público el motivo de la muerte, nadie sabía que se trataba de un asesinato.
—¿Podría decirnos cómo encontró al padre Fernando fallecido? —preguntó Cristina.
El joven ayudante hizo un relato similar al del día que lo interrogaron en la escena de crimen.
—¿Y cuándo fue la última vez que lo vio? —preguntó de nuevo la inspectora.
—El viernes, tras finalizar la última misa realizamos las tareas habituales; recoger los objetos litúrgicos, apagar las luces y cerrar la puerta principal de la iglesia.
Otros días el padre sí que dedica minutos a la oración privada de algunos feligreses o incluso a realizar confesiones, pero no los viernes.
El padre Fernando aprovecha esas horas para realizar tareas administrativas en la sacristía y prefiere estar tranquilo y en soledad —explicó.
—¿Sobre qué hora abandonaron la iglesia usted y el otro ayudante? —preguntó Fernández.
—Mi compañero y yo nos fuimos a las ocho y diez exactamente —contestó—. Lo recuerdo perfectamente porque tenía entradas para el cine a la sesión de las ocho y media y no quería retrasarme.
«Nuestro asesino tuvo que llegar después de ese momento. Si la puerta principal estaba cerrada, entraría directamente por la sacristía» —pensó Cristina notándose verdaderamente cansada.
—Cuando salió de la iglesia, ¿se quedó solo el padre Fernando? ¿O recibió alguna visita? —preguntó Fernández al percatarse que su compañera estaba extenuada mentalmente.
—Cuando nos fuimos estaba completamente solo —contestó el ayudante del sacerdote sin acabar de entender por qué le hacían tantas preguntas por la muerte natural del padre Fernando.
Rubén y Fernández continuaron con el interrogatorio que duró unos pocos minutos más y finalmente el ayudante del padre Fernando se marchó.
No les había proporcionado nada que no supieran, pero al menos tenían la confirmación de que cuando se marcharon se quedó solo, no se encontraba mal, no había comido nada y no tenían constancia de que esperara ninguna visita.
—Tenemos que conseguir las imágenes lo antes posible. El asesino tuvo que acceder por la sacristía después de esa hora —dijo Cristina que ya se encontraba mejor . Por un momento había notado un ligero mareo, como si hubiera tenido una bajada de tensión.
«Este caso me está afectando más de lo que me imaginaba» —pensó Cristina. Esa sensación ya la había tenido en alguna otra ocasión, cuando se centraba tanto en su trabajo que descuidaba sus horas de sueño y hasta su alimentación.
«Mi tía Emma tiene razón. Debería tomar una comida decente» —pensó recordando las palabras que su tía le repetía cada vez que la veía.
Comenzaron a elaborar una lista de las siguientes personas con las que debían hablar.
Rubén se ofreció a interrogar al otro ayudante y a los sacerdotes que quedaban habitualmente con el padre Fernando.
Mientras la inspectora Morat y Fernández continuarían intentando descubrir el nexo entre las tres víctimas.
De momento era un misterio. Sus vidas no se cruzaban en ningún momento, pero no se daban por vencidos, algo debía relacionar a todas las víctimas.
Entre el listado de personas a interrogar se encontraban Charo Marzal, su marido Vicente Lleó y Maribel Guillem. Todos ellos habían llamado por teléfono al sacerdote el mismo día de su fallecimiento.
—La llamada de Charo no me sorprende —comentó Cristina al subinspector.
—Esa mujer lo ha llamado más en los últimos días que mi mujer a mí en el último año —dijo el subinspector provocando la sonrisa de Cristina.
—Pero me parecen extrañas las llamadas de Maribel y de Vicente, ¿qué querrían del párroco? No constan llamadas suyas en el registro de los últimos tres meses y precisamente lo llaman los dos el mismo día de su muerte. ¿Casualidad? —preguntó la inspectora.
—Sabes que en este trabajo no existen las casualidades. Sea cual sea el motivo de la llamada debemos hablar con ellos para averiguarlo —contestó Fernández.