El movimiento perfecto CAPITULO 17
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CAPITULO 17

El fin de semana había transcurrido rápidamente.

Cristina apenas había tenido tiempo para nada.

No había vuelto a ver a Javier desde que estuvieron en la iglesia de San Valero.

Él la había llamado el sábado por la noche para verse, pero ella rechazó la invitación.

Deseaba quedar con él, pero tenía la intención de trabajar hasta tarde y el domingo quería volver temprano al trabajo.

«No seré buena compañía y necesito descansar» —le había respondido Cristina.

Le pareció notar cierto tono de decepción.

«¿O era enfado lo que percibió en la voz de Javier?

» En cualquier caso, ahora mismo estaba demasiado ocupada.

Había estado trabajando intensamente en la comisaría sin hacer caso ni a Rubén ni al subinspector, que le aconsejaban que se marchara a casa a descansar, ni a su pierna, que le dolía constantemente.

Cristina se sentía abrumada por todos los acontecimientos, estas muertes, todas en el barrio de Ruzafa, todas de alguna manera relacionadas, pero sin llegar a dar con la conexión exacta.

«Quizás me estoy precipitando. Puede que esta última muerte no tenga nada que ver con las anteriores» —pensó Cristina.

Pero su intuición le decía que debía seguir investigando en esa línea, que las muertes sí tenían relación.

Tenía que ser capaz de descubrir cuál era.

No entendía por qué todavía no se había realizado la autopsia.

Había llamado a Javier varias veces para preguntarle por el asunto durante el fin de semana.

Pero la carga de trabajo junto con el poco personal del fin de semana lo estaban retrasando más de lo previsto.

Javier le confirmó que a primera hora de la tarde del domingo debían tener los resultados.

Lo que sí tenían era el registro de llamadas del móvil.

Revisaron las llamadas desde una semana atrás, por si algún número se repetía más de lo habitual.

Tenía varias llamadas de párrocos de iglesias cercanas, varias de Charo, una de esa misma mañana.

Pero lo que le sorprendió es que había una llamada de Maribel del viernes a medio día y otra de Vicente Lleó aproximadamente a la misma hora.

Todavía no había podido hablar con ellos, querían esperar a tener los resultados de la autopsia, pero otra vez los mismos nombres salían a relucir: Charo, Vicente, Maribel.

A media tarde del domingo Fernández recibió una llamada y cuando colgó se dirigió rápidamente hacia ella.

—Ya tenemos el resultado de la autopsia, acaba de llegar. Ha llamado Javier Delgado para comunicárnoslo —dijo atropelladamente el subinspector.

«¿Ha llamado Javier? ¿Y por qué no me ha llamado a mí?» —se preguntó Cristina. Pero enseguida borró esos pensamientos de su cabeza y se centró en el trabajo.

—¿Y bien? —preguntó sin estar segura de querer saber la respuesta.

—La causa de la muerte es envenenamiento por aconitina —dijo Fernández mientras mesaba su espeso bigote.

—¡Increíble! Otra muerte por envenenamiento. Veamos el informe completo de la autopsia —dijo Cristina abrumada ante esta noticia.

Aunque en el fondo ya se imaginaba que esa iba a ser la causa de la muerte, la confirmación le había causado una profunda preocupación.

Las tres muertes estaban relacionadas, no había duda.

No podía ser una casualidad. Estaban ante un asesino en serie y de momento no tenían la más mínima sospecha de quién podría ser el asesino. O la asesina.

Sin embargo, les resultaba extraño la manera en la que se produjo el primer asesinato.

No fue como los dos siguientes. La causa no fue muerte por envenenamiento, sino que fue provocada por un golpe en la cabeza.

¿Por qué el asesino había cambiado su manera de actuar en los otros asesinatos?

Esa actitud no era típica de un asesino en serie, meticuloso y organizado.

Las piezas de ajedrez relacionaban unívocamente los asesinatos, pero les desconcertaba esa manera tan diferente de actuar del asesino.

No lograban encontrar un patrón en las muertes, ni en las víctimas, que les permitiera evitar un nuevo asesinato.

Lo único que tenían en común todos ellos era el hecho de ser vecinos del mismo barrio, el barrio de Ruzafa, donde se habían producido las tres muertes.

Rubén se había marchado a su casa a media mañana del domingo. No había descansado prácticamente y casi le tuvieron que obligar a que se marchara a casa.

—Vaya muchacho más obstinado —dijo el subinspector Fernández cuando por fin se marchó.

—Pero hay que reconocer que es un excelente policía y la empatía que muestra con la gente le permite obtener mucha información, la gente se abre con él como si fuera un conocido —contestó Cristina.

—Necesita descansar. Hará mejor su trabajo si duerme unas cuantas horas —dijo el subinspector ante al asombro de Cristina por la muestra de preocupación por su compañero, nada habitual en Fernández.

«Pues parece que tiene corazón y se preocupa por el muchacho» —pensó Cristina.

En esos momentos, lunes por la mañana, se encontraban los tres compañeros dispuestos a abordar una nueva jornada de trabajo. Estaban, como ya era habitual, en la sala de reuniones. Se abrió la puerta y apareció el comisario.

—Buenos días. Creo que habéis tenido un fin de semana duro – dijo mientras se sentaba en una de las sillas —Ponedme al corriente.

A pesar de que el domingo por la tarde, cuando tuvieron la confirmación de que se trataba de un asesinato, llamaron al comisario Bohigues para ponerle al corriente de las últimas novedades, solo le habían dado algunos detalles. Ahora era la ocasión de contarle todo lo que habían descubierto.

—Comisario, como le informamos ayer, el sábado a primera hora apareció muerto el párroco de la iglesia de San Valero, en el barrio de Ruzafa.

Según los datos de la autopsia se trata de una muerte por envenenamiento por aconitina.

Su fallecimiento se produjo entre las nueve y las once de la noche.

Sabemos que ofició la misa de siete a ocho, y puesto que el veneno tarda entre una y dos horas en hacer efecto, lo debió tomar después de realizar esa última misa —explicó Cristina.

—¿Qué hay del contenido del estómago? ¿Sabemos cómo ingirió el veneno? —preguntó el comisario.

—La autopsia revela que tomó café, algún tipo de tarta, pastel o galletas. Algo con mucho azúcar, no han podido concretar qué era. En el escenario del crimen se encontró una taza de café y restos de migas, probablemente de una tarta o de galletas —contestó Cristina.

—Se ha analizado el café, no había ni rastro de veneno. Sin embargo, en las migas analizadas sí que existía restos de aconitina —apuntó Fernández.

—Entonces está claro que alguien le llevó la comida envenenada —afirmó el comisario—. ¿Se ha revisado el contenido de su móvil y del ordenador? ¿Alguna pista en ese sentido? —preguntó de nuevo.

—Pues sí. En el ordenador no se ha hallado nada importante, documentos y correos propios de la gestión de una iglesia.

Pero el registro de llamadas sí que muestra que ese mismo día lo llamaron Rosario Marzal, Maribel Guillem y Vicente Lleó.

También algunos párrocos de iglesias próximas.

Con éstos últimos sí hemos hablado; trataron temas relativos a la diócesis, programaron reuniones, ...

nada fuera de lo normal. Todos se mostraron muy sorprendidos ante su fallecimiento, por causas naturales por supuesto —dijo Cristina.

—¿Y con el resto de las personas que lo llamaron? ¿No habéis hablado aún?

—Todavía no —dijo Cristina.

En ese momento uno de los policías llamó a la sala y abrió la puerta sin esperar respuesta:

—¡No ves que estamos reunidos! —exclamó el subinspector levantándose de la mesa con gestos de enfado.

Pero antes de que el agente pudiera contestar, todos los presentes lanzaron un pequeño chillido. Los ojos de todos ellos se centraron en las manos del policía que, asustado por el grito del subinspector Fernández, había retrocedido un paso atrás.

—¿Qué es eso? —preguntó Fernández, pero esta vez con tono de sorpresa.

El joven policía llevaba en sus manos un pequeño paquete, envuelto con un papel rojo, que les resultaba demasiado familiar y que todos imaginaban lo que habría en su interior.

—Es un paquete que ha llegado para la inspectora Morat —dijo el policía sin saber si entrar o no en la sala—, en el papel pone URGENTE.

Rubén se levantó de su asiento, se dirigió a la puerta y cogió el paquete con sumo cuidado quitándoselo de las manos al joven compañero.

—Muchas gracias, Jesús —dijo amablemente Rubén mientras cerraba la puerta.

El policía se marchó y Rubén se acercó a la mesa para depositar el paquete sobre ella, dejándolo justo enfrente de donde estaba sentada Cristina.

—Otro paquete —dijo ésta mientras buscaba unos guantes de látex por la sala.

Cuando se los puso, lo cogió y comenzó a analizarlo detenidamente.

Se trataba de un paquete exactamente igual que los anteriores.

Tenía el mismo tamaño, el mismo papel rojo, el mismo peso.

En esta ocasión tampoco había remitente, y tanto su nombre como la dirección de la comisaría estaban impresos por ordenador en una pegatina que habían adherido al paquete.

—¿Los otros envíos eran iguales a éste? —preguntó el comisario que no había estado presente cuando llegaron ninguno de los paquetes anteriores.

—Exactamente iguales —respondió el subinspector.

Cristina procedió a abrirlo, con cuidado. Tras retirar el papel rojo quedó a la vista la caja negra igual que las dos anteriores. Cuando la abrió, apareció una pieza de ajedrez y una nota de papel. La pieza de ajedrez era un alfil negro. La nota tenía las siguientes palabras:

«Tercer movimiento: Padre Fernando»