El movimiento perfecto CAPITULO 15
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CAPITULO 15

Cristina Morat estaba dando un agradable paseo por el antiguo cauce del río Turia acompañada de Javier.

Lo que en su día fue el lecho del río que atravesaba la ciudad de Valencia de parte a parte, hoy se había convertido en la principal arteria verde de la ciudad.

Aquel espacio que provocó una inmensa riada a mitad del siglo XX era punto de encuentro de corredores, deportistas, familias paseando, niños jugando o parejas de enamorados que, como ellos, caminaban cogidos de la mano rodeados de árboles, flores y puentes majestuosos.

Javier estaba a su lado en silencio, disfrutando del momento.

En su rostro se notaba la incipiente barba que, junto con la camiseta, la cazadora y los vaqueros que llevaba, le daban un aspecto más informal.

Ella no llevaba su habitual traje pantalón y camisa que solía usar para trabajar.

Llevaba unos cómodos pantalones vaqueros, sudadera y zapatillas converse y se sentía feliz.

Sonrió al recordar las horribles galletas que había preparado su tía la tarde anterior. «Se le da mucho mejor averiguar quién es el asesino en las novelas policíacas que lee» —pensó con una sonrisa.

La noche anterior Javier se había vuelto a quedar a dormir con ella y había conseguido desconectar de todas las preocupaciones del trabajo.

Pero esa mañana, mientras paseaban por el río, habían aprovechado para comentar los pormenores de ambos casos.

Su pierna le dolía de nuevo y tuvieron que detenerse en un par de ocasiones para poder descansar.

—¿Tu intuición te dice que los dos asesinatos son obra de la misma persona? —preguntó Javier.

—Estoy segura —contestó Cristina— y estoy segura de que Fernández piensa lo mismo que yo.

—Pero no lográis encontrar un nexo común entre ambos, ¿no es así?

—Exacto y eso es lo que más me desconcierta. No existe relación directa entre ellos. Pero el asunto de las piezas de ajedrez no parece ninguna broma y relaciona ambos asesinatos —añadió Cristina.

—Y el sospechoso de asesinato de la primera víctima, ¿lo habéis descartado?

—Si tal y como parece ambos asesinatos están relacionados y cometidos por la misma persona, él no pudo hacerlo. Estaba en comisaría cuando se produjo el segundo crimen. Aunque para el primero era un claro sospechoso no podemos situarlo en la escena del crimen.

—Y en la exposición de pintura, ¿no había cámaras que mostraran a alguien acercarse a la bebida de Alberto Cascos? —volvió a preguntar Javier

—Pues, aunque parezca mentira, la mayoría de las cámaras enfocaban los cuadros, se veían solo algunas de las mesas y no hay ninguna que grabara la mesa donde Alberto pasó la mayor parte del tiempo.

Seguían caminando y conversando cuando el teléfono de Cristina sonó.

—Es de la comisaría. Es Rubén —dijo Cristina antes de contestar la llamada.

Cristina y Fernández se habían tomado libre la mañana del sábado, pero Rubén había insistido en continuar él mismo con la investigación.

Estaba revisando de nuevo las declaraciones de las personas que asistieron a la exposición, el entorno de Luciana, las cuentas bancarias de ambos.

Era un agente muy meticuloso, lo había aprendido tanto de Cristina como de Fernández y no quería defraudarles.

—Voy enseguida para allí —dijo Cristina con un semblante muy serio.

—¿Qué ocurre? —preguntó Javier al ver la reacción de Cristina.

—Ha aparecido otro cuerpo. Se trata del padre Fernando Romero, el cura de la iglesia de San Valero —dijo Cristina con cierta perplejidad.

—¿Cómo es posible? ¡Otra muerte! ¿Ha sido un asesinato? —preguntó Javier.

—Todavía no lo sé, parecen causas naturales. Lo han encontrado esta mañana en la sacristía de la iglesia. De momento no tengo más detalles.

—Vamos, cojamos un taxi. Te acompaño —dijo Javier.

De camino en el taxi apenas hablaron, la preocupación se había apoderado de los dos.

Quizás fuera una muerte sin ninguna relación, pero hasta que no tuvieran más información no podían estar seguros.

Cristina aprovechó el trayecto en taxi para escribir un mensaje al subinspector, pero también lo había avisado Rubén e iba de camino a la iglesia de San Valero

Al llegar allí, Rubén y Fernández la estaban esperando, pero notó en sus rostros la sorpresa por verla llegar junto a Javier Delgado.

—Creo que puede venirnos bien su punto de vista —dijo Cristina refiriéndose a Javier y sin dar más explicaciones.

Eran las doce del mediodía y Rubén los puso al corriente de todos los detalles que sabía hasta el momento, de esa nueva muerte.

En torno a las siete de la mañana uno de los ayudantes del sacerdote acudió a la iglesia, como todas las mañanas, para asistir al párroco en la misa de las ocho.

No le sorprendió encontrar la pequeña puerta de acceso a la sacristía abierta, puesto que el padre Fernando solía llegar siempre antes que él.

Pero al entrar enseguida comprobó que había ocurrido algo fuera de lo normal.

La mesa camilla que había en la sacristía tenía el mantel casi completamente caído, con todo lo que había sobre ella tirado por el suelo, como si alguien hubiera tirado del mantel al levantarse de la mesa.

El cuerpo del sacerdote lo encontró tumbado en el suelo, boca abajo, cerca del pequeño baño que poseía la iglesia.

Cristina no necesitaba oír más, estaba convencida que no había sido una muerte natural. Era demasiado parecido a la muerte de Alberto Cascos. Diría que se encontró mal, se levantó de la mesa tambaleándose, tirando lo que había encima y tratando de llegar hasta el baño.

—El ayudante le tomó el pulso y pudo confirmar que había fallecido. Aunque su impresión era que lo había hecho por causas naturales —continuó explicando Rubén.

—¿Todavía está el cuerpo en el interior? —preguntó Javier

—Sí, aún están esperando a que llegue el juez para hacer el levantamiento del cadáver. El forense de guardia no quiso aventurarse a dar el motivo de la muerte. Quiere esperar a realizar la autopsia. ¿Por qué supongo que se realizará autopsia verdad? —preguntó Rubén.

—Por supuesto —dijo Cristina—. ¿Pero, por qué no me han avisado nada más encontrar el cadáver?

—No sé decirte, el fin de semana todo se vuelve un poco caótico y los agentes de guardia no han seguido el protocolo como debían —explicó Rubén.

—Vayamos dentro, a ver qué nos encontramos —dijo Fernández que había permanecido callado hasta el momento.

El grupo de cuatro personas accedió al interior de la sacristía y vio al agente encargado de custodiar el cuerpo.

La escena era tal cual la había descrito Rubén, el cuerpo se encontraba cerca del cuarto de baño, el mantel de la mesa estaba medio caído, sobre la mesa solo quedaba un vaso con agua, se veía una taza de café vacía tirada en el suelo y trozos rotos de lo que debía ser un plato, con migas tiradas por el suelo, así como un ordenador portátil que también había caído de la mesa.

Los compañeros de la científica todavía se encontraban allí, habían tenido otro aviso previo y habían tardado en llegar, aunque ya habían analizado la escena, estaban perfectamente dispuestas las etiquetas identificativas de los objetos que consideraban relevantes, pero por suerte todavía no los habían retirado del lugar.

Cristina estaba cada vez más enfadada, no entendía por qué no la habían avisado.

Ella hubiera querido estar cuando se realizaba la primera inspección del lugar.

Hubo una época en la que trabajó en la policía científica y analizar escenas del crimen y recopilar pruebas era su trabajo, le gustaba comprobar y asegurarse que las cosas se hacían a la perfección.

—Parece que tiene las pupilas dilatadas —dijo Javier que se había aproximado a la víctima y estaba inspeccionándolo.

—Eso no son buenas noticias. ¿Crees que se trata de otro envenenamiento? —preguntó Fernández.

Nadie contestó. Ninguno tenía la certeza de que así fuera, podría tratarse de una casualidad, de una muerte natural, pero la intuición de todos ellos les decía que este nuevo incidente tenía relación con los dos anteriores.

La muerte, de nuevo, se había producido en el barrio de Ruzafa.

Estaban casi seguros de que se trataría de un asesinato.

Continuaron realizando la inspección ocular y Fernández comenzó a hablar:

—Lo que hay en el suelo parecen restos de un plato con algún tipo de comida. Hay varias migas. Y aquí tirado hay una taza con restos de café. Deberíamos analizar todo esto, por si acaso.

—Tienes razón, lo mandaremos a analizar y así vamos por delante. Si la muerte no es por causas naturales, quizás se trate de un envenenamiento y debe ser por algo que tomó en este lugar —contestó Cristina que estaba totalmente de acuerdo con el subinspector.

—Intentaré dar preferencia a esta autopsia y si es posible, estar presente cuando se realice —dijo Javier.

—Muchas gracias —dijo Cristina sin apenas dirigirle la mirada. Estaba centrada en todo lo que tenía a su alrededor.

Permanecieron algunos minutos más en el lugar hablando con los compañeros de la policía científica y revisando de nuevo toda la habitación, pero no hallaron nada más que resultara relevante.

Ahora debían, como en los otros dos crímenes, reconstruir las últimas horas de vida del sacerdote.

El día anterior había sido viernes. La última misa se ofició a las siete de la tarde.

Debían tratar de averiguar dónde había estado y quién le había visitado unas horas antes y unas horas después.

Javier Delgado se marchó a su casa, tenía el día libre, al menos hasta que le avisaran para estar presente mientras se realizaba la autopsia.

No había podido despedirse de Cristina como le hubiera gustado, estaban sus compañeros presentes y ella estaba ocupada.

«Apenas tenemos tiempo para vernos» —pensó algo disgustado.

Disfrutaba compartiendo tiempo con ella, pero con los crímenes de los últimos días apenas tenía tiempo para nada.

Los últimos días, a pesar de las circunstancias y de todo el trabajo que estaban teniendo tanto él como Cristina, estaba disfrutando enormemente.

Hacía tiempo que no sentía algo así por nadie, pero la relación que estaba iniciando con Cristina lo tenía ilusionado.

«Más tarde la llamaré, quizás podamos vernos» —pensó esperanzado.

Cristina, Fernández y Rubén estaban de vuelta en la comisaría.

No querían llamar todavía al comisario. Preferían tener la confirmación de si se trataba o no de un asesinato.

El juez de guardia llegó unos minutos después de que se marchara Javier y ordenó el levantamiento del cadáver, por lo que ya podía realizarse la autopsia.

La había marcado como prioritaria, esperaban tenerla lo antes posible.

Tenían el móvil del fallecido y habían solicitado un informe de sus últimas llamadas y mensajes de manera urgente.

«Esta víctima también está relacionada con Charo Marzal. Y con Vicente» —pensó la inspectora. ¿De verdad solo eran casualidades? ¿Por qué Charo parecía tener relación con todas las víctimas? Tenían mucho trabajo por delante.

—Pongámonos a trabajar —dijo Cristina.