CAPITULO 14
La semana había pasado rápidamente. Emma y Maribel habían continuado con su rutina habitual, pilates, cursos de cocina, club de lectura.
Y ese viernes, habían decidido quedar a comer de nuevo.
Se habían visto casi todos los días, Emma apoyando a Maribel que continuaba afectada por la muerte de Alberto, y también había estado Charo con ellas en varias ocasiones durante la semana.
Las tres habían recibido la visita de la inspectora Morat, pero ninguna le había podido dar ningún detalle importante sobre la muerte de Alberto.
No sabían quién podía tener motivos para envenenarlo, no vieron a nadie sospechoso en la exposición, todo transcurrió de manera normal.
Parecía que Charo tenía especial interés en tenerlas informadas de los más mínimos detalles de su relación con Vicente.
Que si estaba más cariñoso que nunca, que si parecía otro hombre, que si estaba segura de que había cambiado definitivamente.
Aunque confirmó que aún tenía ciertas dudas de si había roto su relación con María Reina, él le decía que sí, pero ella no estaba segura del todo.
—No conoceréis a alguna chica para trabajar en mi casa, ¿verdad? —preguntó Charo cambiando completamente de tema de conversación—. ¡No os hacéis a la idea lo difícil que es encontrar una buena asistenta!
Maribel y Emma se sorprendían de la capacidad de Charo de llevar la conversación de un tema a otro.
Pasaba de hablar del asesinato de Luciana, a la infidelidad de su marido para luego banalizar sobre la búsqueda de asistenta.
Ninguna pudo evitar sonreír, pensaban que Charo era un auténtico torbellino.
Cuando finalizaron su comida se marcharon y continuaron con sus quehaceres.
Emma esperaba que Cristina pudiera cenar con ella esa noche.
Hacía días que no la veía y estaba preocupada por ella.
«Seguro que no ha comido decentemente en toda la semana» —pensó.
Maribel iría a su curso de cocina, aunque no tenía muchas ganas, le recordaba demasiado a Alberto.
Y Charo iba a pasar por la iglesia para hablar con el padre Fernando.
Quizás él conociera a alguna muchacha que pudiera contratar como asistenta.
En la comisaría el ritmo de trabajo de esa semana había sido vertiginoso. Habían llegado al viernes y a pesar de que habían realizado algunos hallazgos importantes no tenían ninguna pista sobre quién estaba detrás de los asesinatos.
—Vamos a repasarlo todo de nuevo —dijo el subinspector Fernández con su voz grave pero cansada.
—Veamos —dijo Cristina—. Luciana apareció muerta hace más de una semana, con un golpe en la cabeza.
El único sospechoso que hemos tenido tenía un móvil más que probable y una coartada que no puede probar.
Él niega que la matara, aunque reconoce que lo estaba chantajeando.
Unos días más tarde recibo un peón negro con el nombre de Luciana Barranco, al que no damos importancia pensando que es una broma pesada. En la nota pone «Primer movimiento».
Hace una semana aparece asesinado Alberto Cascos, lo que al principio parece muerte natural se convierte en asesinato cuando descubrimos que la muerte se ha producido por envenenamiento con aconitina.
Analizado el domicilio de la víctima, los alrededores de su casa y de la sala de subastas, no se detectan puntos donde florezcan estas plantas.
Sí existen algunas floristerías donde se venden, pero no tienen registro de sus clientes.
Es imposible saber quién puede tener esta planta y extraer el veneno deliberadamente.
En principio parecen dos crímenes sin relación.
—Hasta que se recibe el segundo paquete, con otra pieza de ajedrez que ahora es un caballo. Y una nota que pone el nombre del fallecido y «Segundo movimiento» —añadió Rubén
—Primer movimiento, segundo movimiento. ¿Eso quiere decir que habrá más movimientos? Ha pasado casi una semana y no ha habido ningún otro crimen, al menos no en nuestro distrito y no hemos recibido nuevos paquetes —dijo el subinspector.
—Fernández, sabes tan bien como yo que esto tiene mala pinta.
Estoy convencida de que, por desgracia, vamos a tener otro cadáver, las notas que hemos recibido parecen indicar que es posible que haya un tercer movimiento, o un cuarto movimiento, …
Debemos tratar de averiguar quién está detrás de esto y evitarlo.
Pero algo se nos escapa. No encontramos relación alguna y tiene que haberla.
Siempre la hay en este tipo de asesinos —dijo Cristina visiblemente cansada tras tantas horas de trabajo.
—Pero hemos revisado sus vidas, sus rutinas, sus amigos y no hallamos nada en común. Más allá de Rosario Marzal, que era la jefa de Luciana, la primera víctima y también conocía a Alberto Cascos que asistió a su evento benéfico —dijo Rubén
—Bueno, también está Maribel Guillem, que había quedado con Alberto en varias ocasiones y conocía a Luciana directamente puesto que hace un tiempo trabajó para ella —añadió el inspector.
—En ese caso también podríamos poner en la lista a mi tía.
Conocía a Maribel que conocía a Alberto.
A éste lo conoció el mismo día que lo mataron.
Y a Charo la conoció el mismo día que mataron a su asistenta.
Si nos ponemos así, todo el mundo conocía a alguien que conocía a las víctimas —dijo Cristina con un cierto tono agresivo.
—No te pongas así inspectora. Tienes razón. No tenemos nada. Pero es que esto es demasiado frustrante —replicó Fernández.
—Creo que será mejor que nos vayamos todos a casa. Es tarde. Tratad de descansar el fin de semana y tened los teléfonos localizados por si surge alguna emergencia.
Todos agradecieron las palabras de la inspectora Morat. Necesitaban descansar. La investigación estaba en un punto muerto y con el agotamiento que sentían no eran capaces de pensar con claridad y mirar el caso desde otro punto de vista.
«Al menos la prensa sigue sin relacionar los casos.
Eso nos da algo de calma para trabajar» —pensó Cristina mientras recogía el bolso y la chaqueta.
Eran las siete de la tarde. Había quedado a cenar con su tía, pero estaba verdaderamente agotada.
La llamaría por teléfono a ver si lo podían sustituir por un café rápido.
—Por supuesto Cristina, entiendo que estés cansada. ¿Quieres venir a casa o prefieres que nos veamos en otro lugar? —preguntó Emma cuando Cristina la llamó.
—Voy a tu casa, cogeré un taxi —respondió Cristina.
Esos días apenas cogía el coche, de hecho, cada vez lo usaba menos.
Se ponía nerviosa cada vez que tenía que aparcar.
Prefería andar, siempre que su pierna se lo permitía, o coger un taxi.
O, como ese día, quedar con Javier. Habían estado quedando casi a diario.
«A pesar de la mala compañía que soy estos días» —pensó Cristina, que llegaba agotaba a casa tras cada jornada y agradecía quedarse charlando con él.
Su relación iba avanzando, pero el momento no podía ser peor.
Enfrascada en esta investigación las jornadas de trabajo se alargaban demasiado y apenas tenían tiempo de calidad para estar juntos.
Cuando llegó a casa de su tía, el olor a galletas recién hechas la sorprendió. ¡No sabía que su tía supiera hacer galletas!
—Me ha dado la receta mi amiga Maribel. Pero no sé cómo habrán salido —dijo Emma poniendo sobre la mesa un plato lleno de galletas con un aspecto no muy apetecible.
—La verdad que tienen una pinta extraña —dijo Cristina observando que las galletas tenían un aspecto irregular, demasiado tostadas y con formas indescriptibles.
Las dos comenzaron a reírse y Cristina notó cómo se relajaba consiguiendo que su mente pensara en otra cosa que no fueran los asesinatos. Cristina apenas estuvo media hora en casa de su tía. Pero la puso al tanto de sus citas con Javier y de lo feliz que se sentía.
—¡Cuánto me alegro hija! Te lo mereces. A ver qué día venís a cenar y me lo presentas —exclamó su tía verdaderamente contenta porque su sobrina estuviera iniciando una relación.
—Pronto, a ver si conseguimos cerrar el caso que llevo entre manos y tengo más tiempo.
E inevitablemente se pusieron a hablar sobre los dos asesinatos.
Aunque Cristina, como siempre, evitaba dar demasiados detalles, solo cuestiones generales.
Se tomaba muy en serio su trabajo, incluso con su familia.
No quería preocupar a su tía y si le decía que probablemente había un asesino en serie suelto, se preocuparía bastante.
De pronto sonó el teléfono de su tía que se disculpó y se levantó para cogerlo.
Cristina miró el reloj y vio que eran las ocho y media de la tarde, se estaba haciendo tarde. Cuando su tía volvió ella dijo:
—Tengo que irme ya. Javier va a venir a buscarme —dijo Cristina.
—¡Oh! ¿Tan pronto? Ten cuidado. No trabajes mucho y come bien. Te veo muy delgada.
—Cierra con llave cuando me vaya —le dijo Cristina intentando no sonar preocupada. Pero los dos asesinatos se habían cometido muy cerca de la casa de su tía.
—Descuida, bajaré a tirar la basura y me cierro con llave en cuanto suba —contestó Emma.