El movimiento perfecto CAPITULO 13
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CAPITULO 13

Emma y Maribel habían quedado a comer, como todos los martes, y en esta ocasión también había acudido Charo.

Con todos los acontecimientos que habían ocurrido en solo una semana necesitaban encontrarse y comentar lo sucedido.

Maribel estaba profundamente apenada por el fallecimiento de Alberto.

No pensaba que le pudiera afectar tanto su muerte, porque tampoco lo conocía tan profundamente, pero desde ese día se sentía devastada.

No se explicaban cómo pudo envenenarse. Estaban casi seguras de que la policía pensaba que se trataba de un asesinato por envenenamiento.

No lo estaban investigando como si se tratara de una muerte por causas naturales.

Además, les habían preguntado insistentemente por lo que Alberto había bebido y comido, si ellas también habían tomado lo mismo.

Alguien debió echarle algo en la bebida sin que nadie se diera cuenta y el pobre debió morir intentando llegar a su domicilio.

Con respecto al asesinato de Luciana, Charo les puso al tanto de las últimas novedades.

Su marido finalmente habló con la policía y contestó a todas sus preguntas, reconoció que Luciana había descubierto su infidelidad, tuvieron una discusión y finalmente él cedió al chantaje y pagó la cantidad requerida, pero negaba rotundamente tener algo que ver con su asesinato.

Finalmente, el domingo lo dejaron en libertad, pero Charo se marchó de casa en cuanto él entró por la puerta.

No quería hablar con él, estaba muy dolida por sus infidelidades.

—Aún tuvo el valor de decirme que me sigue queriendo y que va a dar por finalizada la relación con esa amante suya —contó Charo mostrando el enfado que sentía hacia su marido.

—¿Entonces la policía ya no lo considera sospechoso? —preguntó Maribel.

—Pues no estoy segura. De momento no tienen pruebas de que él estuviera en el lugar del crimen.

Según él estaba conduciendo. Yo creo que estaba en casa de María Reina, su última conquista.

El detective que contraté averiguó que ese era el nombre de su actual amante.

Una jovencita de treinta años que vive en la calle Zapadores, justo al lado de una comisaría.

¿No será ahí donde trabaja tu sobrina, verdad Emma?

—No, no. La comisaría donde trabaja Cristina está en el centro —contestó Emma.

—Pero esta tarde voy a volver a casa. He estado hablando esta mañana con el padre Fernando y me ha hecho ver que mi sitio está junto a mi marido. Sobre todo, en una situación como esta —añadió mucho más calmada—. No hay nada como los consejos del padre Fernando.

En ese momento, y sin que ni Emma ni Maribel se lo pidieran, comenzó a relatar con todo lujo de detalles la conversación que tuvo con el párroco de la iglesia.

Cuando el padre Fernando vio entrar a Charo en la iglesia esa misma mañana, la hizo pasar a la sacristía directamente.

Sabía que necesitaba hablar largo y tendido sobre la situación a la que se estaba enfrentando y ahí estarían más cómodos que en el confesionario.

Tomaron una taza de café mientras Charo le contó todo lo relativo a las infidelidades de Vicente y le explicó que, aunque él se había mostrado arrepentido, ella se sentía incapaz de perdonarlo.

El párroco, con ese tono de voz calmado y pausado que parecen tener todos los sacerdotes, le hizo ver que su deber como cristiana era perdonarlo y acompañarlo en este duro proceso; debía mantenerse a su lado.

—Sus palabras siempre me reconfortan. Cuando le conté que vuestro apoyo estaba significando mucho para mí, me dijo que ya os conocía a ambas incluso antes de la exposición.

—¿Ah sí? —preguntó Emma extrañada. Aunque vivía justo al lado de la iglesia no era un lugar al que asistiera habitualmente. De hecho, no recordaba la última vez que entró en esa iglesia o en cualquiera.

—Sí. Os conoce a las dos por vivir en el barrio. Maribel, dice que hace mucho tiempo que no te ve por la iglesia y que le gustaría verte más a menudo.

—Es cierto, hace bastante que no voy. No para de recordármelo cada vez que me encuentro con él —reconoció la mujer.

—A ti —dijo dirigiéndose hacia Emma— te vio la semana pasada, un día de lluvia y no tuvo tiempo de saludarte porque los dos ibais rápido buscando refugiaros de la lluvia. Pero le encantaría que te pasaras a alguna de sus misas.

—No creo que eso vaya a ocurrir —dijo Emma contrariada al sentirse vigilada por el párroco de la iglesia.

«Con lo poco que me gustan las iglesias, si encima me van a estar controlando no creo que me vean acercarme por ahí» —pensó Emma sin prestar atención a lo que seguía contando Charo «Esta señora no tiene fin» —pensó sonriendo.

Aunque en algunos momentos le podía resultar un tanto pesada por su incesante parloteo, en el fondo le caía bien, y podía entender que en la situación que estaba viviendo necesitara a alguien para desahogarse y contar sus penas.

Charo acabó confirmando que iba a perdonar a Vicente. Le haría cumplir su promesa de acabar con María Reina y tratarían de volver a tener el matrimonio que antes tenían.

A esas mismas horas, en la comisaría donde trabajaba Cristina todos trabajaban de manera incesante. Los últimos acontecimientos habían dado un giro inesperado a la investigación.

Tanto la inspectora Morat como el subinspector Fernández estaban concentrados revisando los expedientes de ambos asesinatos cuando se acercó Rubén.

—Inspectora Morat, ha llegado otro paquete a su nombre. Exactamente igual que el primero y sin remitente. Esto me da mala espina —informó el ayudante de Cristina.

«¿Qué significaba eso? ¿otra broma pesada?

» La investigación preliminar del primer paquete no aportó ninguna prueba.

Se trataba de un papel vulgar, una caja corriente que podía encontrarse en cualquier bazar y el peón tampoco tenía nada distintivo, era uno de los muchos que se podían encontrar casi en cualquier lugar.

Los tres se encerraron en la sala de reuniones y Cristina procedió a abrir el paquete.

En efecto, era exactamente igual que el anterior, con la misma etiqueta adhesiva con el nombre y la dirección, el mismo papel color rojo, mismo tamaño.

Esta vez se puso unos guantes de látex para abrirla y lo hizo extremando las precauciones.

Cuando abrió la caja negra que había bajo el papel, los tres policías se miraron entre un gran desconcierto.

En la caja había otra pieza de ajedrez, en este caso un caballo negro, junto a otra nota como la anterior. Cristina la cogió y leyó en voz alta:

«Alberto Cascos: Segundo movimiento»

El subinspector Fernández dio un fuerte golpe sobre la mesa como resultado de su frustración.

Su mente había reaccionado con gran velocidad relacionando ambos paquetes, ambos objetos, ambas notas.

Sin duda los dos asesinatos, el de Luciana Barranco y el de Alberto Cascos, estaban relacionados.

Levantó la mirada buscando la de la inspectora y se dio cuenta de que ella había llegado a la misma conclusión que él.

—Me da la impresión de que estamos ante la obra de un asesino en serie —dijo Cristina sentándose en una de las sillas y sintiendo un profundo dolor en su pierna izquierda.

—¡Los dos asesinatos están relacionados! —exclamó Rubén que solo llegó a esa conclusión tras escuchar las palabras de la inspectora.

—Tenemos que hablar con el comisario —dijo Cristina mirando a Fernández.

—Voy a buscarlo.

El comisario Bohigues escuchó atentamente la información que le dieron sobre la llegada de ambos paquetes y cómo, al primero de ellos no le hicieron demasiado caso pensando que se trataba de alguna broma pesada.

Llegaron a la conclusión de que Vicente Lleó no tenía nada que ver con el asesinato de Luciana, ni con el de Alberto, puesto que estaba en comisaría cuando éste se produjo.

Debían investigar desde dónde se habían enviado los paquetes.

Todo hacía parecer que se había enviado desde la propia ciudad, pero tenían que acotar el lugar, revisar las cámaras de seguridad que pudiese haber próximas al buzón o la oficina de correos donde se depositó.

Debían tratar de averiguar la procedencia del veneno que suministraron a Alberto, cómo y dónde se podía conseguir, interrogar a los asistentes a la exposición.

De pronto la cantidad de trabajo había aumentado considerablemente.

—Cristina, os voy a asignar a todo el personal que necesitéis para los interrogatorios.

Fernández y tú estáis al mando de este caso.

Es totalmente prioritario. Debemos mantener en secreto lo relativo a las piezas de ajedrez y al posible asesino en serie.

Para la prensa solo son dos crímenes sin ninguna relación.

—Entendido jefe —dijo Cristina

—De acuerdo —dijeron el subinspector y Rubén casi al mismo tiempo.

—Y por supuesto nada de días libres. A partir de ahora os quiero disponibles las veinticuatro horas de día —dijo mientras abandonaba la sala de reuniones.

Tras una reunión entre los tres agentes trazaron el plan a seguir.

Rubén iba a coordinar a los policías que debían interrogar a los asistentes a la exposición.

Revisaría las declaraciones e informaría a Cristina o Fernández en caso de detectar algo relevante.

Rubén había trabajado con ellos en muchas ocasiones, conocía su forma de trabajar y tenían plena confianza en él.

Cristina y Fernández se encargarían de averiguar la procedencia del veneno, intentar conocer desde dónde enviaron el paquete, revisarían de nuevo todos los datos de ambos asesinatos.

En algún momento debían haberse cruzado las vidas de Luciana y Alberto, quizás tenían algún amigo en común, frecuentaban los mismos lugares, …

Tenían que revisarlo todo, pero desde otro punto de vista, Aunque no tuvieran días libres no podían estar los tres trabajando veinticuatro horas durante los próximos días, así que decidieron turnarse en el trabajo y estar disponibles a cualquier hora.

Cristina llamó a su tía.

—Tía Emma, no voy a poder quedar esta noche a cenar —tengo trabajo.

—Oh, qué lástima. ¿Quieres que nos veamos mañana? —preguntó su tía algo decepcionada por no ver a su sobrina.

—Creo que mañana tampoco podré. Ha surgido algo importante en el trabajo y voy a estar ocupada los próximos días. En cuanto pueda te avisaré para vernos —contestó sabiendo que su tía, acostumbrada a comer o cenar con ella todas las semanas, la echaría de menos.

«En cuanto pueda pasaré a verla» y se enfrascó de nuevo en la revisión del expediente que tenía sobre la mesa.