CAPITULO 12
El lunes por la mañana Cristina Morat llegó a la comisaría más pronto de lo habitual.
El fin de semana había sido perfecto. Había quedado con Javier Delgado el sábado para comer y habían estado en Pinedo, un pequeño pueblo a escasos kilómetros de Valencia famoso por sus arroces en cualquiera de sus variedades.
Por suerte el día salió completamente despejado y el sol lució durante toda la jornada.
Aunque Cristina echaba de menos Santander, se había habituado rápidamente al clima de Valencia, con un sol y unas temperaturas envidiables casi en cualquier época del año.
Un agradable paseo por la playa antes de comer y un impresionante atardecer a orillas de la albufera, convirtieron el sábado en un día maravilloso.
Al finalizar el día se dirigieron a casa de Cristina, donde cenaron y finalmente Javier se quedó a pasar la noche.
Ninguno de los dos entendía por qué habían tardado tanto en expresar sus sentimientos, que ambos reconocieron sentir desde hacía tiempo.
Pero ahora estaban felices por haberlo hecho.
Por primera vez en mucho tiempo, su pierna apenas le dolía.
Esa mañana de domingo estaban los dos desayunando en el pequeño apartamento de Cristina cuando su teléfono sonó, era el subinspector Fernández para informarle que no tenían más remedio que dejar en libertad a Vicente Lleó.
No había confesado, aunque finalmente hizo caso a su abogado y contestó a todas las preguntas que se le hicieron.
Seguía sin poder demostrar su coartada, pero no tenían ninguna prueba que indicara que hubiera estado en el lugar donde mataron a la víctima.
Mientras tomaban una taza de café, Javier y Cristina comentaron algunos detalles de la investigación. El asunto del peón recibido por correo intrigaba a Cristina profundamente. No sabía decir por qué, pero tenía la intuición de que era algo verdaderamente importante.
De pronto, el teléfono de su escritorio la devolvió a la realidad. Era el comisario jefe Bohigues. Quería verla inmediatamente.
—Hola jefe. ¿Qué ocurre? —preguntó Cristina al llegar al despacho intentando quitar la sonrisa permanente que mostraba su cara.
—Este fin de semana ha aparecido un cuerpo. Fue el viernes por la noche, en la gran vía Fernando el Católico. Se trata de un hombre de unos sesenta y cinco años, jubilado. Tienes toda la información en el expediente. Su familia vivía fuera de Valencia, pero les avisaron y llegaron ayer.
—Pero comisario, todavía estoy investigando el asesinato de Luciana Barranco.
—Tenemos a un equipo siguiendo a Vicente Lleó, yo también creo que es el principal sospechoso, es cuestión de tiempo que cometa un error y lo pillemos.
Además, estamos a la espera de la autopsia de este nuevo cuerpo, pero todo apunta a una muerte por causas naturales, no te llevará mucho tiempo ocuparte de esto —concluyó dejando de mirar a Cristina y mirando la pantalla de su ordenador en un claro gesto de que la conversación había terminado.
A pesar de ser un hombre menudo, poseía un tono de voz capaz de obtener el respeto de quien lo escuchaba.
Era una persona que, sin ser ni grande ni tener una presencia imponente, había sabido ganarse el respeto de sus subordinados con un carácter firme y recto, marcando las distancias en los momentos necesarios y siendo cercano cuando las circunstancias lo requerían.
Cristina salió del despacho del comisario con el expediente bajo el brazo y se dirigió a su mesa donde se sentó a analizar toda la información. Llamó a Rubén y comenzaron a trabajar.
La víctima se llamaba Alberto Cascos. Un exdiputado de las cortes valencianas jubilado desde hacía unos dos años. Viudo. Con dos hijos que vivían fuera de Valencia. Ya habían sido informados de su muerte y llegado a Valencia donde se alojaban en casa de su padre.
El cuerpo había sido localizado muy cerca de su domicilio un poco antes de las once de la noche y aparentemente había fallecido por causas naturales. «Probablemente se encontraba mal y falleció antes de llegar a su casa» —pensó Cristina.
De pronto sonó el teléfono de la inspectora. Era Javier y no pudo evitar sonreír.
—Buenos días, Javier —dijo Cristina intentando mostrar un tono profesional ante la presencia de Rubén.
—Hola, me temo que no tengo buenas noticias. Creo que estás llevando el caso de Alberto Cascos, ¿verdad? —preguntó Javier.
—Así es —dijo Cristina sorprendida de que Javier ya conociera esa información puesto que acababan de asignarle el caso.
—Me temo que se trata de un asesinato. Los compañeros del turno de fin de semana han redactado el informe hace un par de horas. Lo que aparentemente parecía una muerte natural ha resultado ser un envenenamiento por aconitina.
Cristina se sorprendió ante las noticias que le acababan de dar.
El forense que había realizado la autopsia había detectado que el fallecido tenía las pupilas dilatadas y solicitó un examen más profundo, de lo contrario habría pasado por muerte natural.
Encontraron restos del veneno en el torrente sanguíneo y a causa de éste, el corazón se le detuvo causándole la muerte.
Se trataba de una toxina altamente peligrosa que se encontraba fundamentalmente en las raíces o flores de ciertas plantas.
Debían realizar una investigación minuciosa.
Ya no se trataba de una muerte natural, se trataba de un asesinato.
Revisar el móvil de la víctima, interrogar a los vecinos, a los familiares, reconstruir sus últimas horas de vida.
Durante toda la jornada trabajaron sin descanso y a media tarde ya tenían mucha información de Alberto Cascos.
Los dos hijos del fallecido le confirmaron que vivía solo en Valencia desde que su madre falleció hacía ya varios años y desde que ellos se marcharon a vivir fuera de la ciudad; uno en Madrid y el otro en Sevilla.
La última vez que vieron a su padre fue durante las vacaciones de verano, aunque sí hablaban todas las semanas con él.
No tenían conocimiento de que tuviera ningún tipo de problemas.
De hecho, estaba ilusionado con el curso de cocina al que asistía.
La inspectora Morat y su equipo habían requisado el móvil de la víctima y Rubén había revisado las últimas llamadas y mensajes.
—Inspectora, en el móvil de la víctima figuran varias llamadas del mismo número.
Varias son de días anteriores a la muerte, pero el sábado por la noche y el domingo por la mañana también constan varias llamadas de ese número.
En su agenda lo tiene registrado como «Maribel (curso cocina)».
En realidad, ese número corresponde a María Isabel Guillem.
—¿Has dicho María Isabel Guillem? —preguntó Cristina asombrada.
—Sí —respondió Rubén—. ¿Ocurre algo?
—La conozco, es Maribel, la amiga de mi tía Emma —contestó sorprendida por la enorme casualidad que acababa de producirse.
—Pues creo que deberíamos hacer una visita a la tal Maribel —propuso el subinspector levantándose de su silla.
Cristina cogió su teléfono y llamó a Maribel:
—Buenos días, Maribel, soy Cristina Morat —dijo cuando Maribel contestó la llamada.
—Hola Cristina, ¿ocurre algo con tu tía? —preguntó Maribel sorprendida de recibir una llamada de la sobrina de su amiga Emma.
—No, mi tía está perfectamente. ¿Estás en casa? Me gustaría pasar a verte para hablar de un asunto delicado.
—Sí, por supuesto. Estoy en casa —dijo dándole la dirección exacta de su domicilio.
Cristina y Fernández se dirigieron a casa de Maribel que estaba situada en el barrio de Ruzafa, a medio camino entre la casa de Emma y la vivienda de Vicente Lleó y Charo Marzal.
El cuerpo de Alberto había sido localizado también en el mismo barrio, pero en otra zona más próxima a una de las grandes vías de la ciudad.
«Últimamente parece que todo ocurre en el barrio de Ruzafa» —pensó Cristina mientras iban avanzando hacia su destino.
Ese lunes de mediados de octubre había amanecido nublado y las temperaturas habían bajado algunos grados.
La pierna comenzaba a dolerle de nuevo más de lo habitual, aunque no sabía si el motivo era el cambio de tiempo que siempre le afectaba o el extraño presentimiento que tenía desde que había descubierto que se trataba de un asesinato.
En pocos minutos el taxi les dejó en casa de Maribel, habían decidido dejar el coche patrulla en comisaría porque aparcar en ese barrio era realmente complicado. Cuando Maribel abrió la puerta y vio a Cristina acompañada del subinspector, supo que algo importante había ocurrido.
—Cristina, ¿qué ocurre? —preguntó Maribel preocupada.
—Maribel, ¿conoces a un señor llamado Alberto Cascos? —preguntó directamente sin ningún tipo de rodeos.
—Sí, claro. Es un compañero del curso de cocina al que asisto los martes y viernes por la tarde —contestó sin entender muy bien la pregunta. No imaginaba el motivo por el que le estaba preguntando por Alberto.
—Lamento informarte que ha fallecido. Su cuerpo fue hallado el viernes por la noche —explicó Cristina.
—¿Qué? ¿cómo dices? ¿Alberto ha muerto? —preguntó Maribel realmente sorprendida.
De pronto Maribel comenzó a encontrarse mal y a sentirse algo mareada.
Cristina fue a la cocina a por un vaso de agua y se lo dio sentándose a su lado y poniendo su mano sobre la pierna de la mujer.
Sabía que no era un gesto muy profesional, pero Cristina conocía a Maribel, y realmente le había afectado la noticia que acababa de recibir.
—Según la información que nos consta usted lo llamó varias veces durante el fin de semana. ¿Puede decirnos por qué lo llamó con tanta insistencia? ¿Cuándo lo vio por última vez? —continuó el subinspector con su grave voz al que parecía no afectar el estado anímico en el que se encontraba Maribel.
—Estuvimos juntos el viernes por la noche en una exposición de pintura en la calle Jorge Juan. Se trataba de una subasta benéfica que organizaba Charo Marzal y a la que también asistió tu tía—dijo Maribel dirigiendo la mirada a la inspectora.
«¡Claro! La exposición a la que iba a acudir mi tía con Maribel» —recordó Cristina.
—¿Pero fue un encuentro casual en la exposición o fuisteis juntos al evento? —preguntó Cristina.
Maribel explicó cómo ella lo había invitado a ir a la subasta y cómo acudieron juntos con Emma. Recordó que Alberto se marchó un poco antes que ellas porque dijo encontrarse mal.
—¿Comió o bebió algo durante la exposición? —preguntó Fernández.
—Sí, comió jamón y queso, como todos los que estábamos allí. Bebió un par de cervezas, o tres, no lo recuerdo exactamente. Todas ellas cervezas tostadas, demasiado fuertes para mi —respondió Maribel.
El informe del forense corroboraba lo indicado por Maribel. Cuando analizaron el contenido de su estómago encontraron restos de jamón y queso. Probablemente el veneno lo había tomado disuelto en su bebida.
«Si lo que bebió fue cerveza de ese tipo, el sabor del veneno quedaría camuflado en ella» —pensó el subinspector.
—Sabes si tuvo algún tipo de problema con alguien durante su estancia en ese local —preguntó de nuevo Cristina.
Maribel les contó que estuvieron prácticamente toda la noche juntos.
En algunos momentos se acercaba Charo a conversar con ellos, también coincidieron con un compañero del club de lectura de Emma, pero no recordaba su nombre, y además se encontraron con algún otro miembro del club de cocina, así como el padre Fernando, con el que apenas hablaron un par de minutos.
No recordaba que Alberto hubiera estado solo con ninguna otra persona, pero tampoco lo podía asegurar.
—El sábado habíamos quedado para cenar juntos, pero no acudió. Ayer domingo estaba enfadadísima con él y estuve hablando mal de él con tu tía —dijo recordando lo enfadada que estaba el día anterior.
Cristina y Fernández abandonaron la vivienda dejando a Maribel completamente rota.
Iba a dedicarse a sus plantas, para intentar evadirse de la terrible noticia que había recibido y esa afición la relajaba, por lo menos en circunstancias normales.
Ambos policías debían continuar con su investigación y ahora se dirigían a casa de Emma. Tenían que hablar con ella también.
Caminaron hasta casa de Emma Miquel y de camino, Cristina la llamó para alertarle de su llegada y de la del subinspector.
Cuando le contaron el motivo de su visita Emma se sorprendió.
Les corroboró lo que ya les había contado Maribel.
Fueron juntos a la exposición, comieron y bebieron lo que allí se ofrecía y se había marchado algo antes que ellas porque no se encontraba bien.
Estuvieron hablando con Charo, unos pocos minutos con el padre Fernando, con su compañero del club de lectura Enrique Torres y tanto Maribel como Alberto con algún otro compañero del curso de cocina que también había acudido.
De vuelta en comisaría pusieron en común sus impresiones.
—Según la autopsia el veneno que tomó tarda entre una y dos horas en hacer efecto. Si encontraron su cuerpo en la calle en torno a las once de la noche, está claro que lo tomó en esa fiesta a la que acudió —explicó Fernández haciendo un rápido resumen de lo que tenían hasta ese momento.
—Si ningún otro de los invitados ha corrido la misma suerte, el veneno debía encontrarse en su bebida —añadió el agente Rubén.
—Pero, ¿alguien puso el veneno deliberadamente en la bebida del señor Cascos, o fue al azar? —preguntó el subinspector—. Cristina, ¿qué opinas? —dijo mirando a Cristina que parecía abstraída y con la mente en otro lugar.
—Perdona, no sé qué decir. No sé si ha sido un asesinato intencionado o si el asesino no tenía una víctima concreta —contestó volviendo a la realidad.
Decidieron elaborar una lista de todos los asistentes a la exposición.
De nuevo tenían que visitar a Charo para preguntarle por otro asesinato.
Cristina notó cómo el dolor de su pierna iba aumentando, el cariz que estaba tomando este asesinato no le gustaba.
Ya tenía dos crímenes sobre la mesa y no había sido capaz de resolver ninguno de los dos.
Tampoco podía quitarse de la cabeza el paquete que recibió la semana pasada. Aunque en el informe preliminar no habían podido encontrar nada relevante, el hecho de que fuera mandado de manera anónima le parecía sumamente extraño.
«Llamaré a Javier a ver si tiene la noche libre y podemos quedar a cenar»
Los dos días que había pasado con él el fin de semana le habían hecho sentirse mejor y esperaba volver a notar esa sensación. Había sido un lunes demasiado complicado.