CAPITULO 10
Eran las siete y media de la tarde del viernes cuando Emma, Maribel y Alberto Cascos se dirigían hacia la calle Jorge Juan, una de las zonas más elegantes de Valencia, para asistir a la subasta benéfica y ver la exposición de pintura que había organizado Charo.
No se trataba de una gala en la que hubiera que ir vestido de manera elegante ni de etiqueta, pero sí requería vestir ropa algo formal.
Emma llevaba un atuendo adecuado para la ocasión, como siempre.
Cualquiera de los modelos que vestía a diario sería perfecto para un evento de ese tipo.
Maribel, no tan presumida como su amiga, se había dedicado tiempo esa tarde frente al espejo antes de acudir al curso de cocina.
Había elegido cuidadosamente qué ropa ponerse, y finalmente se había decidido por un vestido estampado en tonos rosas con una elegante chaqueta fucsia.
Ese día se encontraba bien, con ganas de acudir al evento, por lo que incluso se atrevió a maquillarse, algo nada habitual en ella.
Alberto, al que Maribel invitó esa misma mañana, vestía un pantalón azul oscuro y camisa blanca junto con una americana a juego con los pantalones.
Sus características gafas esa tarde se mostraban de color azul intenso, como si el color de su chaqueta se reflejara en ellas.
A pesar de los duros momentos que estaba pasando con su marido detenido, Charo estaba plenamente comprometida con sus actividades y no podía permitir que se anulara ese evento.
Esperaba recaudar una importante suma de dinero que se iba a donar a Casa Caridad y no quería ser la responsable de que no recibieran la ayuda que tanto necesitaban.
Además, Charo todavía estaba muy enfadada con su marido.
Había descubierto que le había estado engañando durante varios meses.
Y no era la primera vez. Se lo había confirmado el detective que había contratado varias semanas antes.
Así que no le importaba demasiado que su marido estuviera un par de noches retenido por la policía.
«Lo tiene merecido» —pensó Charo.
—Me alegro de que no se haya anulado la exposición —dijo Emma que de verdad tenía ganas de asistir a esa subasta.
—Sí, esta misma mañana he hablado con Charo y me ha confirmado que seguía en pie. Es de admirar ante la situación que está viviendo —explicó Maribel.
—¿Qué situación? —preguntó Alberto que no sabía de qué estaban hablando.
Las dos mujeres pusieron al tanto a Alberto del asesinato de Luciana, de la detención de Vicente, de la existencia de la amante.
Durante la cena que tuvieron el miércoles Maribel no quiso sacar el tema.
Le resultaba extraño hablar sobre ese tema en una primera cita.
Y se ruborizó al pensar en su cena con Alberto como en una cita.
La velada transcurrió de manera muy agradable.
Mucha gente había acudido a la exposición y había gran cantidad de cuadros de alta calidad.
Seguro que la subasta iba a ser un éxito.
Charo había preparado el local con varias mesas altas distribuidas por todo el lugar.
Había un cortador de jamón que iba llenando platos a medida que lo iba cortando con una maestría envidiable.
El cátering que había contratado también incluía un gran surtido de quesos y bebida en abundancia: agua, refrescos, vinos y cervezas.
Emma estuvo charlando con Maribel y Alberto durante gran parte de la tarde, tomando varias copas de vino ellas y cervezas él.
Habían elegido una de las mesas altas, alejadas del bullicio de la zona central, que les permitía mantener una conversación sin que les molestara el resto de grupos a su alrededor.
«Alberto es una persona muy agradable y educada. No me extraña que Maribel se sienta a gusto con él» —pensó Emma.
Charo se les unía de vez en cuando, participando en la conversación, pero su papel de anfitriona la tenía ocupada e iba yendo y viniendo de un grupo a otro de invitados.
«Nadie diría que su marido está en el calabozo» —pensó Emma ante lo normal que parecía Charo.
Entre toda la gente que había acudido estaba el padre Fernando, al que Charo había invitado personalmente. También estaba Enrique Torres, el compañero del club de lectura de Emma.
—Emma, no sabía que ibas a venir a este evento —comentó Enrique acercándose a la mesa en la que estaba Emma con Maribel y Alberto.
—¡Qué sorpresa Enrique!
Enrique Torres, notario retirado, era amigo de Charo Marzal y Vicente Lleó y había acudido invitado por Charo.
Parecía no saber nada de la detención de Vicente, y ninguno de los presentes sacó el tema.
Conversaron durante algunos minutos, pero enseguida lo reclamó otro grupo de invitados y se alejó.
En torno a las diez y media de la noche los invitados empezaron a retirarse. Alberto se marchó el primero, dijo no encontrarse bien del todo y se disculpó con Maribel por no acompañarla a casa.
—No te preocupes, Emma y yo compartiremos un taxi. Nos vemos mañana por la noche —dijo sonriendo como una quinceañera mientras veía cómo se marchaba Alberto.
—¿Mañana por la noche? —preguntó Emma contenta de ver que su amiga parecía encontrarse en tan buen estado de salud. Las semanas anteriores había sufrido fuertes dolores de cabeza, pero parecía que por fin habían remitido.
—Sí, hemos quedado a cenar mañana de nuevo —dijo Maribel mientras buscaba con la mirada a Charo—. ¡Charo! Ha sido todo un éxito. Estoy segura de que se ha recaudado gran cantidad de dinero.
—Muchas gracias por venir. Hablamos en unos días —dijo Charo que se giró para despedir a otro grupo de personas.
Unos minutos después Alberto iba caminando en dirección a su casa con una extraña sensación en el cuerpo. ¿Qué le estaba ocurriendo?