El movimiento perfecto CAPITULO 9
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CAPITULO 9

El viernes por la mañana la inspectora Morat estaba en la sala de reuniones con el subinspector Fernández y con su ayudante Rubén, analizando todas las pruebas que tenían contra Vicente.

El análisis forense había indicado que la hora de la muerte era en torno a las ocho de la tarde del lunes.

Vicente tenía un motivo: Luciana había descubierto su infidelidad, lo estaba chantajeando y él había pagado.

Desde luego era un motivo sólido para un asesinato.

Los análisis realizados confirmaron que las marcas en los brazos podían ser compatibles con Vicente, pero no era concluyente.

Pero no había ninguna otra evidencia contra él.

El señor Lleó aseguraba que en el momento del asesinato él estaba conduciendo. No había manera de comprobarlo.

Habían averiguado la identidad de la mujer de las fotografías.

Se trataba de María Reina. Una joven, aproximadamente de treinta años, que trabajaba en la gestoría que llevaba los negocios de Vicente y parece que habían iniciado su relación hacía algunos meses.

Querían hablar con ella y la habían llamado para que acudiera a la comisaría.

En ese momento llamaron a la puerta de la sala donde estaban reunidos.

—Inspectora, ha llegado este paquete para usted. En el envoltorio pone URGENTE —dijo uno de los agentes de la comisaría.

—Gracias —dijo Cristina cogiendo el paquete.

Se trataba de un pequeño paquete, de un tamaño algo menor que medio folio y estaba envuelto como si de un regalo se tratara, con un papel de color rojo.

Cristina lo observó intrigada. No constaba remitente, el nombre de ella y la dirección de la comisaría no estaba escrita a mano.

Parecía que se había impreso en algún tipo de papel adhesivo que luego se había pegado al paquete.

Sí tenía sellos y matasellos. Se había enviado por vía postal. No lo había entregado ningún mensajero.

«¿Todavía hay gente que usa el correo postal para realizar envíos? esto es extraño» —pensó.

Se dispuso a desenvolver el paquete ante la atenta mirada de Fernández y de Rubén.

Al quitar el papel rojo con el que estaba envuelto, apareció una caja de cartón de color negro que apenas pesaba, aunque sí podía notar que había algo en su interior.

Lo abrió con sumo cuidado y lo que vio la desconcertó.

En el interior de la caja había una pieza de ajedrez y una nota de papel.

La pieza de ajedrez era un peón negro.

La nota de papel tenía escritas a ordenador las siguientes palabras:

«Luciana Barranco: Primer movimiento. Habrá más»

—¿Qué demonios es eso? —dijo Fernández tan desconcertado como la inspectora.

—¿Qué quiere decir primer movimiento? —preguntó Rubén.

—No lo sé —contestó Cristina presintiendo que ese paquete no era ninguna minucia.

Enviaron a analizar el paquete, la nota de papel y el peón, intentado encontrar huellas dactilares o algo extraño que les dijera quién había realizado el envío.

El hecho de que no tuviera remitente los intrigaba.

Hacía referencia a la mujer asesinada y debían comprobar si tenía algo que ver o no con ese asesinato.

«Quizás solo sea alguna broma pesada» —pensó Cristina.

Pero tanto ella como el subinspector tenían el presentimiento de que lo que acaban de recibir era algo importante para la investigación.

A media tarde llegó a la comisaria María Reina, vestía un vestido granate que marcaba su silueta y unos zapatos de tacón negros.

Sin duda era una mujer hermosa, pero su rostro demostraba la preocupación que sentía porque se hubiera descubierto su relación con Vicente Lleó.

Ella no estaba casada, pero en su trabajo no iban a ver con buenos ojos que se hubiera relacionado de manera tan íntima con uno de sus mejores clientes, que además estaba casado.

Respondió pacientemente a todas las preguntas de Cristina y de Fernández.

Ella y Vicente habían comenzado su relación aproximadamente en el mes de junio, solían verse con frecuencia, casi siempre en el hotel, donde solían pasar la noche.

Pero también habían realizado alguna pequeña escapada de fin de semana, momentos en que Vicente le decía a su mujer que estaba en alguna feria o congreso a la que debía acudir.

Le hacía regalos esporádicamente y no creía que su mujer supiera de su infidelidad.

En las últimas semanas había notado a Vicente extraño, más irascible, pero no sabía el motivo.

—Ahora que lo sé, me imagino que sería por el chantaje al que le estaba sometiendo su asistenta —dijo María sin mostrar ningún tipo de lástima o preocupación por Vicente Lleó.

—¿Esa tarde se vio con el señor Lleó? —preguntó Cristina

—No. El lunes cuando acabé de trabajar quedé con unas amigas a tomar algo y luego nos fuimos a cenar —contestó María Reina segura de sí misma.

—De acuerdo, muchas gracias, señora Reina —dijo el subinspector Fernández dando por concluido el interrogatorio.

Durante el resto de la tarde se quedaron analizando toda la información de la que disponían.

María tenía una sólida coartada y no había estado con Vicente durante la tarde del lunes.

Por su parte éste no podía demostrar la suya, tenía un buen motivo para matar a Luciana, habían encontrado el dinero del chantaje en el domicilio de la víctima.

Todas las pruebas le apuntaban a él. Era solo cuestión de tiempo que lograran una confesión.

Sin embargo, el paquete que había recibido con el peón de ajedrez negro y esa nota los tenían algo desconcertados. Tenían la esperanza de que finalmente no tuviera nada que ver con el asesinato.

Con la sensación de que el caso parecía encauzado, se marcharon a casa pasadas las ocho de la tarde. Cristina tenía el fin de semana libre y pensaba descansar.

Sacó su teléfono para llamar a su tía a ver si le apetecía cenar con ella, pero recordó que iba a acudir a una exposición con su amiga Maribel.

Entonces vio una llamada perdida. Era de Javier Delgado, el forense.

¿Qué podía querer? Dudó en si debía llamarlo o no.

Era tarde y ya habría acabado su jornada laboral.

Al final decidió llamarlo. Javier contestó al segundo timbre.

—¿Diga? … oh…Hola Cristina —dijo Javier con cierto nerviosismo en su tono de voz.

—Hola Javier, perdona que te llame a estas horas, pero acabo de ver tu llamada perdida, he estado ocupada y no he podido llamar hasta ahora.

—No te preocupes, en realidad te llamaba por un asunto personal.

«¿Un asunto personal? ¿Qué podría ser?» —pensó Cristina que no se le ocurría de qué podría tratarse.

—Me preguntaba que, si estás libre, quizás te apetecería comer conmigo mañana —preguntó Javier sintiéndose como un adolescente.

—Me encantaría – contestó Cristina sin apenas pensarlo mientras notaba cómo el pulso se le aceleraba al pensar que mañana tendría una cita con Javier Delgado.