El movimiento perfecto CAPITULO 8 #3
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CAPITULO 8 #3

Ese mismo jueves por la tarde, Maribel acudió a esperar a Emma a la salida del club de lectura donde iba los martes y jueves.

No habían quedado, pero ella tenía que hablar con Emma, acababa de recibir una llamada de Charo que la había dejado realmente preocupada.

A pesar de que ese día no se encontraba especialmente bien de salud, esperaba poder tomar algo las dos juntas y conocer su opinión.

Pasaban cinco minutos de las ocho de la tarde cuando los asistentes al club de lectura comenzaron a abandonar el local donde se celebraba.

Se trataba de una pequeña sala habilitada en la trastienda de una librería y Maribel se sorprendió de ver la cantidad de gente que asistía a esas tertulias.

Enseguida reconoció a Emma, vestida con un elegante traje pantalón en tonos marrones y una camisa blanca, que salía acompañada de un señor con una barba completamente blanca pero perfectamente cuidada, que contrastaba con su cabeza bronceada, en la que no quedaba ni un solo cabello.

—¡Maribel! –dijo Emma asombrada de ver a su amiga a la salida puesto que no habían quedado—. ¿Ocurre algo?

—No, no. No ocurre nada. Pasaba por aquí y he pensado que quizás podríamos tomar algo rápido para cenar —comentó algo apurada ante la presencia del acompañante de Emma.

—Maribel, te presento a Enrique Torres, un compañero del club de lectura —dijo Emma sonriendo al recordar que Maribel había cenado la noche anterior con su compañero del curso de cocina Alberto, y que seguramente ese era el motivo por el que querían hablar.

—Un placer Maribel —dijo Enrique dándole un apretón de manos.

—Igualmente —contestó Maribel.

—Emma, me marcho. Nos vemos en la próxima sesión. Estoy impaciente por comenzar el libro de esta semana. Parece muy interesante.

Enrique Torres se despidió de ambas mujeres y se marchó.

Una vez se quedaron solas Emma y Maribel decidieron acudir a una taberna próxima, tenía fama por la gran variedad de tapas que tenían y era un lugar donde poder tomar algo rápido a la vez que delicioso.

El lugar estaba muy animado y solo quedaba una mesa libre en la que se sentaron.

Cuando el camarero les dejó sobre la mesa los dos refrescos que habían pedido, Maribel comenzó a hablar.

—Emma, no te vas a creer lo que acaba de ocurrir. Hace menos de una hora me ha llamado Charo llorando desconsoladamente. La policía ha requerido a su marido para interrogarle por el asesinato de su asistenta.

—¿Están interrogando a Vicente por el crimen? —preguntó Emma extrañada.

—¿Tú no sabías nada? ¿Cristina no te lo ha contado? —insistió Maribel

—Maribel, mi sobrina es una excelente profesional y no me cuenta detalles de los casos que está investigando —contestó Emma notablemente enfadada. No le gustó nada la insinuación que estaba realizando su amiga.

Maribel se disculpó, no era su intención molestarla, por supuesto que Cristina era una profesional magnífica.

Le relató cómo Charo la había llamado, llorando, tras enterarse por el abogado de su marido que se encontraba en comisaría y que lo iban a retener durante varias horas.

Le contó cómo Vicente había reconocido tener una amante y que Luciana lo averiguó y lo chantajeó.

—Al parecer Vicente había pagado una importante suma de dinero a Luciana. Pero él dice que no la mató —continuó Maribel.

—Al final eran ciertas las sospechas de Charo. Ella pensaba que su marido la engañaba —apuntó Emma recordando la conversación con Charo en el restaurante de la playa.

Continuaron charlando. Maribel explicó que Charo no iba a acudir a la comisaría, estaba dolida con su marido. Si lo retenían una o dos noches lo tenía merecido. Y aunque Maribel se había ofrecido a ir a su casa a hacerle compañía, Charo se había negado. Prefería estar sola en esos momentos.

Cuando estaban tomando la segunda ronda de bebidas la expresión de Maribel cambió completamente. Apareció una gran sonrisa en su cara.

—Ayer por la noche cené con Alberto —dijo sonriendo y olvidando el malestar que sentía.

—¡Es verdad! ¡Tenías una cita con tu compañero del curso de cocina! —exclamó Emma que lo había olvidado completamente—. ¿Cómo fue?

Maribel estuvo los siguientes veinte minutos contando a Emma cómo se había desarrollado la cena con Alberto. Ella no quería llamarlo cita. Era solo un compañero del curso de cocina con el que había pasado un rato agradable.

Alberto Cascos era exdiputado de las Cortes Valencianas y estaba jubilado desde hacía apenas dos años.

De estatura mediana y complexión normal.

Su rasgo más característico era, sin lugar a dudas, sus originales gafas, cuya montura, delgada y elegante, tenía la singularidad de cambiar de color según la luz que la bañara, lo que le confería un aire divertido.

Un hombre muy educado y que tenía una gran conversación.

Al principio de la cita hablaron mucho de recetas de cocina, bromeando sobre las originales gafas de él y algunos temas más banales, pero a medida que avanzaba la noche, fueron entrando en asuntos más personales.

—Es viudo desde hace varios años y tiene dos hijos que ya no viven en Valencia.

¡Hasta me enseñó fotos de sus nietos! —contó Maribel riéndose de manera nerviosa.

Se sorprendió por haberse sentido tan a gusto con el hombre, pero lamentaba que estuviera ocurriendo precisamente en este momento de su vida.

—Debe sentirse muy solo —apuntó Emma —Parece que disfrutaste mucho de la cena.

—La verdad es que sí. ¿Te parecería muy atrevido preguntarle si quiere acompañarnos a la exposición de mañana? —preguntó Maribel.

—No, por supuesto que no es atrevido. Así de paso puedo conocer a ese Don Juan. Pero ¿crees que Charo seguirá adelante con la exposición con lo que ha ocurrido con su marido? —dijo Emma que acababa de caer en ese detalle.

—Tienes razón. No lo había pensado. Supongo que Charo avisará dándonos noticias en uno u otro sentido.