El movimiento perfecto CAPITULO 8 #2
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CAPITULO 8 #2

No querían que el resto de policías o personas ajenas a la comisaría escucharan la conversación.

Pero tampoco querían tener esa charla en la sala de interrogatorios, ello supondría que se le consideraba formalmente sospechoso y tendría que estar su abogado presente.

De momento, la charla iba a ser amigable, sin abogados de por medio.

El subinspector Fernández entró con ellos en la comisaría y cerró tras de sí, ante el asombro de Vicente.

—¿Qué ocurre? ¿Qué significa esto inspectora? —preguntó Vicente con un claro gesto de nerviosismo al ver al corpulento hombre junto a él.

—Vicente, me temo que tenemos que hacerte unas preguntas que pueden resultar incómodas, pero hemos encontrado algunas cosas que necesitamos aclarar contigo —explicó Cristina, que en el fondo se sentía culpable por estar interrogando a Vicente Lleó, el padre de Óscar.

Cristina y Fernández fueron alternándose para relatar todo lo que sabían hasta el momento.

Su teoría era que Luciana había descubierto por casualidad que su jefe tenía una aventura, al verlos en el hotel donde trabajaba les hizo fotos con su móvil: tenía pruebas de ello y había utilizado esta información para chantajearlo.

Vicente pagó el dinero, pero el chantaje no cesó, quizá le pidió más dinero, lo amenazó con contárselo a su mujer, …

y al final se deshizo de ella haciendo desaparecer el problema.

No sabían si el dinero encontrado era el primer pago que había realizado o si ya había pagado en ocasiones anteriores, quizás el chantaje llevaba produciéndose durante varios meses.

—¿Pero qué tonterías se están insinuando? —preguntó Vicente asombrado—, eso es una auténtica mentira. Yo no le pagué dinero a Luciana, ¡yo no la he matado!

La conversación se alargó varios minutos, pero Vicente no parecía querer asumir ninguna de esas insinuaciones, así que el subinspector extrajo algo de la carpeta que llevaba y mirándolo fijamente a los ojos añadió:

—Tenemos pruebas de lo que estamos hablando, mire —dijo el subinspector mientras dejaba unas fotografías sobre la mesa.

La cara de Vicente cambió completamente cuando vio las fotos: estaba él con su amante en la cafetería del hotel.

Se veía claramente cómo la mano de Vicente estaba sobre el cabello de una joven mujer, con una larga melena castaña que llevaba un vestido verde muy ajustado.

No había lugar a dudas, estaba claro que entre esas dos personas había una relación sentimental ¿Cuándo le habían tomado esas fotos?

¿Quién lo había hecho? De pronto su rostro parecía reflejar los casi setenta años que tenía, su gesto ya no era ni tranquilo ni elegante, su cuerpo parecía haber menguado.

Parecía frágil y vulnerable. No podía seguir negándolo. Lo habían descubierto.

—Está bien —dijo en tono tranquilo—, tienes razón inspectora, Luciana me estaba chantajeando y yo le pagué. ¡Pero juro que yo no la he matado!

—De acuerdo Vicente, cuéntame qué ocurrió con Luciana. ¿Por qué te chantajeaba? —preguntó Cristina sentándose en la silla que había frente a él.

—Quiero llamar a mi abogado —dijo Vicente—, y no voy a seguir hablando hasta que esté aquí.

El talante de Vicente había vuelto a ser el mismo.

Volvía a ser dueño de la situación. Ya no parecía tan indefenso.

Había vuelto a recuperar la confianza en sí mismo.

Tanto Cristina como el subinspector dieron un suspiro largo y profundo y salieron de la sala.

Esto los iba a retrasar bastante, pero Vicente estaba en su derecho de querer llamar a su abogado antes de continuar con la declaración.

«Hoy va a ser un día largo» —pensó Cristina sabiendo que, aunque su horario laboral debería acabar en menos de una hora, la realidad sería bien distinta.

Mientras esperaban a que el abogado apareciera, se reunieron con el comisario jefe Bohigues, para ponerlo al tanto de todo.

La intuición de ambos les decía que Vicente era sospechoso, y querían retenerlo para intentar que confesara el crimen.

Sin embargo, cuando llegó su abogado, los dos estuvieron un buen rato hablando en la sala de interrogatorios.

Solicitaron el informe para conocer los motivos y las evidencias que tenían contra su cliente.

En un momento dado hicieron señas para que tanto Cristina como el subinspector se unieran a ellos pero, tras leerles sus derechos, Vicente solo reconoció que Luciana sí le estaba haciendo chantaje.

Había descubierto que tenía una amante y él había accedido a pagar.

Pero juraba que él no había matado a Luciana.

—Entonces, ¿reconoce que mantuvo una discusión con Luciana? —preguntó el subinspector Fernández.

—¡Eso no es lo que yo he dicho! —exclamó Vicente Lleó enfadado.

—Las pruebas forenses nos dicen lo contrario —replicó mostrando las fotografías con las marcas de unas manos sobre los brazos de Luciana.

Vicente las observó y lanzó una rápida mirada a su abogado.

—No entiendo qué es esto —dijo Vicente intentado parecer inocente.

—Vicente, el cuerpo de Luciana mostraba signos de forcejeo durante los días previos al asesinato. ¿Estás seguro de que no hubo ninguna discusión con Luciana? —preguntó Cristina intentando parecer amable y cordial.

Vicente permaneció en silencio.

—Pero sí reconoce que ella lo chantajeaba y que usted le pagó —insistió de nuevo Fernández.

—Llama a Charo y ponle al corriente de todo. No voy a contestar a más preguntas —dijo Vicente dirigiéndose a su abogado.

—Señor Lleó, creo que sería mejor responder a las preguntas de la policía —contestó el abogado con total sinceridad.

—He dicho que no voy a contestar a nada más, esto es abusivo. No tienen nada contra mí —replicó Vicente.

—De acuerdo, voy a informar a la señora Rosario Marzal de su situación —dijo el abogado sabiendo que su cliente estaba equivocado. Sí tenían algo contra él: un motivo.

Frente a la negativa de Vicente a contestar a las preguntas y ante las evidencias que iban teniendo, decidieron retenerlo unas horas más.

«Tenemos setenta y dos horas para conseguir que confiese» —pensó Cristina sabiendo que ese era el límite máximo establecido por la ley. Si transcurrido ese tiempo no se le acusaba formalmente de ningún delito, debían dejarlo en libertad.