CAPITULO 8
Habían pasado dos días desde el asesinato de Luciana y la investigación había avanzado bastante.
Cristina, con la ayuda de Rubén y la colaboración del subinspector Fernández, había revisado meticulosamente la poca documentación requisada del domicilio de la víctima.
No encontraron nada relevante ni fuera de lo normal, sus cuentas bancarias estaban casi en números rojos, no parecía estar metida en ningún problema y tampoco hallaron indicios de que tuviera alguna relación más íntima con ninguna de sus amistades.
Todo era aparentemente normal. Excepto los cinco mil euros encontrados en su armario.
¿De dónde habría obtenido semejante cantidad de dinero?
Pero fue el informe recibido con el contenido del móvil el que arrojó una información inesperada.
Entre las fotografías que tenía guardadas en su dispositivo, encontraron varias de Vicente Lleó en actitud más que cariñosa con una mujer que no era su esposa.
Incluso siendo solo fotografías, se apreciaba perfectamente la complicidad que existía entre ambas personas, las manos entrelazadas, las miradas cómplices.
Era evidente que tenían una relación. Pero ¿por qué Luciana tenía esas fotografías en su teléfono?
Parecían estar tomadas en un restaurante y por la información de la fotografía se habían realizado unas dos semanas antes del asesinato, en torno a las once de la noche.
—¿Alguien reconoce el restaurante dónde están? —preguntó Cristina.
Fernández cogió las fotografías con sus grandes manos y las observó durante unos minutos mientras asentía con la cabeza. Finalmente dijo conocer el lugar, se trataba del interior de un hotel junto al Palau de la Música y las fotos estaban tomadas en la barra de la cafetería.
—Rubén, avisa a alguno de los agentes y vete a ese hotel a interrogar a los empleados. Hay que comprobar si alguien reconoce a Vicente, a la mujer que sale con él en las fotografías y a Luciana. Tenemos que ver si existe alguna relación con el crimen —dijo la inspectora Morat.
—Yo te acompaño Rubén, no me fio de estos niñatos —dijo el subinspector en un tono algo despectivo refiriéndose a los agentes más jóvenes de la comisaría.
Rubén y el subinspector se marcharon, Cristina los observó mientras se alejaban.
El subinspector iba al frente, dando grandes zancadas que parecían hacer crujir el suelo bajo sus pies.
A su lado caminaba Rubén, mucho más menudo que el subinspector, mostrando una apariencia tranquila y amable.
El contraste entre ambos era evidente, la veteranía del primero lo hacía desconfiar del mundo.
La inocencia del segundo le hacía creer que la verdad siempre saldría a la luz.
Ese desequilibrio los convertía en un buen equipo y ella se sentía orgullosa de formar parte de él.
Se sentó en su escritorio y cogió toda la información con la intención de revisarlo todo, una vez más.
«Luciana aparece muerta. Encontramos cinco mil euros en su casa. Tiene fotografías de su jefe con una mujer que no es la suya. Si las noticias del hotel son las que imagino, voy a tener que llamar a Vicente para interrogarlo» —pensó.
Aunque en principio parecían buenas noticias, ya que podría tratarse de una buena pista, tenía sentimientos encontrados. Todo lo que tenía que ver con la familia de Óscar Lleó le afectaba demasiado.
«Charo ha hablado maravillas de ti, Cristina. No puedes castigarte más por lo que ocurrió. Los padres de Óscar no te culpan. Nadie te culpa, solo tú» —fueron las palabras que le dijo el día anterior Emma cuando quedaron las dos a comer en casa de su tía.
Cristina había llegado a casa de su tía antes de lo previsto y abrió la puerta con su propia llave.
El olor a jazmín de ambientador le dio la bienvenida.
Encontró a Emma en el salón, con las gafas de cerca torcidas y un costurero abierto sobre la mesa de centro.
A su alrededor un campo de batalla textil: un pantalón con el dobladillo descosido, una chaqueta de punto con un siete en la manga, una camisa blanca, y sobre su regazo, la chaqueta azul marino de entretiempo.
—Esto parece un taller de costura —dijo Cristina, dejándose caer en el sofá.
Emma resopló, quitándose las gafas.
—Es un desastre. Llevo semanas queriendo arreglar estas cosas y nunca encuentro el momento. Hoy he dicho: «Emma, o lo haces o tiras la ropa». Y ya sabes que yo nunca tiro nada.
Cristina sonrió. Su tía era capaz de guardar un calcetín descosido durante años con la esperanza de encontrar su pareja.
—¿Qué tal el día? —preguntó mientras enhebraba la aguja con gesto rutinario y se disponía a coser un botón.
—Largo. Muy largo.
—Pues no te cuento yo. Ayer, en el club de lectura, Maribel estuvo una hora discutiendo sobre si el mayordomo de la novela era o no el asesino. Una hora Cristina. Y resulta que ni siquiera había mayordomo en la historia. Se había confundido de libro.
Cristina soltó una carcajada. La primera del día.
—¿Qué tal está Maribel?
—Ay, Maribel está en sus cosas. Últimamente la noto rara, pero no me cuenta nada. Ya sabes como es. Un día de estos le sacaré la verdad a base de bizcochos.
Mientras hablaba, Emma no dejaba de coser. Sus manos se movían con la soltura de quien ha repetido el mismo gesto cientos de veces. Cristina la observó unos segundos. Le reconfortaba ver a su tía así, en su mundo, con sus pequeñas manías. Era un ancla en medio del caos.
Estar en casa de su tía siempre le causaba esa sensación.
La sensación de hogar. Como cinco años atrás, cuando tras un largo periodo alejada de su casa en Santander, la destinaron a una comisaría de Valencia y sin dudarlo, su tía le abrió las puertas de su casa.
Siempre habían tenido cierta relación, pero eran muchos los kilómetros que separaban Valencia de Santander y no se veían con demasiada frecuencia.
Sin embargo, durante esos años Emma consiguió hacerle sentir que tenía una familia y que tenía un lugar al que acudir cuando necesitara compañía, consejo o apoyo.
A Cristina le gustaba pasar ratos con su tía, era buena conversadora de casi cualquier tema, desde política hasta gastronomía y era una gran aficionada a la lectura.
Las novelas policíacas eran las que más le gustaban y Cristina se preguntaba si ella habría tenido algo que ver en eso.
No solían hablar de los casos que Cristina investigaba, al menos no en profundidad, solo datos generales.
Pero este caso era diferente, se había producido a un par de calles de donde vivía su tía y sabía que Emma tenía cierto temor.
—Todavía no hay nada definitivo, pero creo que existía un motivo para matar a Luciana —dijo Cristina intentando calmar a su tía que se hubiera sentido en peligro de tratarse de un asesinato al azar.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Emma.
—No debería decirte esto, pero hemos localizado cinco mil euros escondidos en su domicilio y tengo la impresión de que hay algo turbio detrás de ese dinero —dijo Cristina sin querer darle más detalles—.
Así que puedes estar tranquila. Creo que no se trata de un asesinato al azar, sino que había un motivo para asesinarla.
Le pareció que su tía se quedaba algo más tranquila, aun así, le había confirmado que evitaría salir de noche durante una temporada, principalmente en los momentos en que las calles se quedaban oscuras y solitarias.
Cristina permaneció un largo rato en casa de su tía, las dos mujeres disfrutaban comentando el libro que Emma leía en el club de lectura, sobre todo si, como esa semana, era una novela policíaca.
En muchas ocasiones tenían distintos puntos de vista, Cristina lo analizaba todo al detalle, encontrando fallos y errores en la manera que estaban relatados los hechos policiales.
Emma, sin embargo, se dejaba llevar más por lo que le transmitía la lectura.
Esos momentos eran para ambas, pequeños placeres que disfrutaban siempre que podían.
En ese momento sonó su teléfono, los recuerdos del día anterior se desvanecieron y volvió a la realidad. Era el subinspector Fernández.
—Cristina, han reconocido a Vicente y a la mujer. También conocen a Luciana. Creo que será mejor que vengas al hotel.
En pocos minutos Cristina llegó al hotel y le pusieron al tanto de los descubrimientos que habían realizado.
Efectivamente la fotografía estaba tomada en la cafetería del hotel, el cual disponía de un restaurante en el que Vicente y la mujer habían cenado o comido en varias ocasiones.
El día en que se habían tomado las fotografías era sábado y ambos habían pasado la noche juntos en la misma habitación.
Aunque ninguno de los empleados conocía el nombre de la mujer.
—La reserva siempre la hacía el caballero —dijo el jefe de personal con el que estaban hablando—. Y con quien pase la noche uno de nuestros clientes no es asunto nuestro —añadió queriendo mostrar la profesionalidad de ese hotel.
«¡Eran amantes!» —pensó Cristina recordando con lástima la manera cariñosa en que Charo cogía de la mano a Vicente el día que les comunicó el asesinato de Luciana.
También conocían a Luciana que trabajaba de manera eventual realizando alguna sustitución. Tuvieron que revisar los libros de registro de horarios de los empleados. Finalmente confirmaron que ese sábado Luciana había trabajado en el hotel.
Con todos esos datos sobre la mesa, decidieron llamar a Vicente Lleó para tener una charla con él de manera informal. Lo citaron en comisaría ese mismo jueves por la tarde y sobre las cinco se presentó.
—Inspectora Morat, ¿hay noticias nuevas sobre la muerte de Luciana? —preguntó haciendo la intención de sentarse en una silla frente a la mesa de Cristina.
—Vicente, será mejor que pasemos a esta sala, estaremos más tranquilos —dijo Cristina poniéndose en pie y guiándolo hacia la sala de reuniones.