El movimiento perfecto CAPITULO 6
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CAPITULO 6

Ese mismo martes por la mañana Emma y Maribel salieron de su clase de pilates casi a la una del mediodía.

Ducharse y arreglarse les llevaba un buen rato, pero ese día se habían entretenido más de lo habitual comentando con el resto de las compañeras el asesinato de la pobre mujer colombiana.

Todas vivían en el barrio y la noticia les había impactado.

Buscaron un taxi, lo que Emma agradeció puesto que así no le molestarían sus zapatos nuevos, y se dirigieron hacia la playa.

Les gustaba variar y probar sitios diferentes y ese martes habían decidido comer en uno de los restaurantes del paseo marítimo en la malvarrosa.

El día se preveía soleado y quizás hasta podrían comer en la terraza.

Maribel le había comentado a Emma que Charo, la dueña de la casa donde vivía la pobre mujer asesinada, iba a comer con ellas, y en el trayecto en el taxi le puso al corriente sobre la vida de Charo.

Charo Marzal era de la misma edad que Maribel y Emma y estudiaron en el mismo colegio religioso solo para chicas, aunque nunca coincidieron las tres.

Mientras que Emma y Maribel compartieron curso desde los catorce años hasta su salida en bachiller, Maribel y Charo coincidieron en los primeros años escolares, hasta que ésta, con catorce años, se trasladó a vivir a Suiza cuando su padre fue trasladado allí como embajador.

Siempre había sido una joven atractiva, incluso ahora a sus sesenta y seis años, aunque su aspecto era el de una persona mucho más joven.

Cuando regresó a España, su padre supo aprovechar su red de contactos y su experiencia internacional y consiguió invertir en negocios y propiedades que le permitieron amasar una fortuna considerable.

Charo vivía cómodamente gracias a esa fortuna sin necesidad de preocuparse.

Conoció a su marido, Vicente Lleó, del que se enamoró perdidamente.

Vicente era un empresario de carácter extrovertido y bastante despreocupado, de esos que saben moverse en los círculos sociales con naturalidad.

Mantenían una vida cómoda, entre viajes frecuentes y cenas elegantes.

Con una edad avanzada tuvieron a su único hijo, Óscar Lleó, que falleció cuando tenía veinte años. Asesinado.

Cuando llegaron a su destino, se apearon del taxi.

En la puerta del restaurante aguardaba una mujer alta y rubia, cuyo cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros y cuya elegancia no pasaba desapercibida.

«Debe ser Charo» —pensó Emma al ver que una mujer con impecable atuendo y unas grandes gafas de sol negras las estaba esperando.

Las dos mujeres se acercaron a ella y Maribel hizo las presentaciones. Acto seguido se sentaron en una mesa en la terraza. La primera en hablar fue Maribel.

—Charo, ¿cómo te encuentras? Debe haber sido un shock muy grande para vosotros –preguntó Maribel sin rodeos.

—Te puedes imaginar. No teníamos ni idea de lo ocurrido. Hasta que la inspectora Morat ha venido a casa a darnos la noticia no sabíamos nada. —contestó Charo.

—¿Has dicho la inspectora Morat? ¿Cristina Morat? —preguntó Emma al percatarse que su sobrina era quien estaba llevando el caso del asesinato.

Emma pensaba hablar con su sobrina del crimen, pero no se imaginaba que se lo habrían encargado a ella. Y ahora, encima, estaba comiendo con la mujer para la que trabajaba la víctima.

Rápidamente Emma y Charo se pusieron al día.

Emma contó que Cristina Morat era su sobrina.

En realidad, era la hija de su prima hermana que vivía en Santander, pero desde que se convirtió en inspectora de homicidios vivía en Valencia y cada una era para la otra la única familia que tenían en la ciudad.

Por su parte Charo relató que la casualidad había querido que la inspectora Morat, que estaba llevando el asesinato de Luciana, fuera la misma inspectora que había llevado el caso donde su hijo murió asesinado hacía algunos años.

Aunque no quería dar muchos detalles de las circunstancias que rodearon la muerte de su hijo, pues todavía le costaba demasiado hablar del tema, mostró su gran agradecimiento hacia la inspectora, ya que consiguió atrapar al asesino de su hijo.

«Tengo que contárselo a Cristina. Ella que siempre se echa la culpa por no poder salvar a ese muchacho, ha de saber que la familia no le guarda ningún rencor» —pensó Emma orgullosa de lo que estaba escuchando sobre su sobrina.

Se notaba que Charo tenía ganas de hablar.

A pesar de sus múltiples actividades sociales no tenía muchas amistades.

Estaba el padre Fernando, el párroco de la iglesia de San Valero, muy próxima a su casa y con el que hablaba casi a diario en la iglesia, pero echaba de menos encontrarse entre amigas, y en ese momento, a pesar de la presencia de Emma a la que acababa de conocer, se sentía entre amigas.

Se sirvió otra copa de vino y continuó llevando el ritmo de la conversación.

Desde la muerte de su hijo, la relación con su marido se había vuelto complicada.

Cada uno había asumido la muerte de una manera diferente, y cada uno la superaba a su manera: ella frecuentando la iglesia cada vez más y él enfrascado en sus negocios y pasando menos tiempo en casa.

Cada vez parecían más distanciados, pero siempre había un momento en que Vicente parecía volver a ella: una escapada de fin de semana, una cena en un sitio elegante, …

Aunque a los pocos días volvía a notarlo frío y distante.

—Estoy casi segura de que me engaña —dijo Charo con una gran calma.

Las largas jornadas de trabajo, los muchos congresos y ferias a los que asistía eran demasiado habitual.

Charo era consciente de que su marido todavía resultaba atractivo para muchas mujeres: era un hombre alto, elegante, guapo y, como ella, con una apariencia mucho más joven.

Gracias a ella gozaba de una posición social privilegiada y le gustaba ser el centro de atención.

Galante y caballeroso, a la vez que generoso, eran muchas las mujeres que a lo largo de los años parecían rendirse a sus encantos.

—En el fondo lo entiendo, desde la muerte de mi hijo no he sido la misma de antes —reconoció echándose la culpa de las posibles infidelidades de su marido—. Y ahora ocurre esta desgracia —añadió refiriéndose a la muerte de Luciana.

Continuaron la conversación, que poco a poco fue derivando hacia temas menos relevantes.

Charo parecía dirigir el curso de la conversación, explicando detalladamente las diversas actividades en las que colaboraba y apenas dejaba hacer algunos comentarios a Emma y Maribel.

Disfrutaron de la comida con un buen vino que Charo se encargó de elegir, del postre y del café.

Las tres habían pasado un rato muy agradable y decidieron que debían repetirlo próximamente.

—El viernes a última hora de la tarde presido una subasta benéfica en un local de la calle Jorge Juan. Se trata de una exposición de pintura. ¿Os gustaría acudir? Podéis traer acompañante si queréis —propuso Charo emocionada.

—Yo tengo curso de cocina por la tarde, pero podría pasarme cuando acabe. Emma, ¿qué me dices? ¿Nos apuntamos? —contestó Maribel.

—De acuerdo. Puede ser divertido —indicó Emma—. Ahora tenemos que irnos Maribel, o llegarás tarde al curso de cocina de hoy —dijo mirando a su amiga que parecía haberlo olvidado.

Las tres mujeres compartieron un taxi que fue apeándolas en distintos lugares: Maribel bajó para asistir a su curso de cocina que empezaba a las cinco de la tarde.

Emma tenía Club de lectura a las seis y media, aún tenía tiempo de hacer unas pequeñas compras en el supermercado y Charo fue la última en bajar del taxi para ir a su casa.

Cuando entró en ella no notó el olor a limpio de todos los días, no tenía el baño recogido, ni la ropa planchada y guardada en su armario, y no tenía la cama hecha.

La casa estaba tal y como la había dejado esa misma mañana.

No estaba Luciana. No estaba Vicente. No estaba Óscar. La casa estaba vacía.

«Tengo que contratar a una asistenta ya»—pensó mirando a su alrededor y no sabiendo por dónde empezar para poner algo de orden en su hogar.