CAPITULO 5
Cristina Morat estaba en la comisaría. Ella y Rubén habían ido andando desde la vivienda de Vicente y Charo.
A pesar de su cojera, la pierna no le molestaba demasiado, el analgésico había hecho efecto y el aire fresco le sentaba bien.
Cada vez le gustaba menos conducir. La construcción del carril bici, junto con los carriles habilitados solo para vehículos públicos, hacía que a todas horas el tráfico fuera horrible, por no hablar del problema para buscar aparcamiento.
Valencia tenía el tamaño justo para poder moverse a pie a casi cualquier lugar.
Pararon a desayunar en una cafetería que se encontraba de camino a su puesto de trabajo, ya que el aviso había llegado muy temprano y no habían tenido tiempo de tomar nada, pero ahora, después de un desayuno, Cristina se encontraba con las fuerzas suficientes para afrontar el día.
Seguía dando vueltas a la increíble coincidencia de encontrarse de nuevo con los padres de Óscar Lleó, pero el recibimiento que le habían hecho había sido muy diferente al que ella esperaba. Había sido mucho mejor.
Y por primera vez en esos cinco años pensó que quizás no había hecho tan mal su trabajo.
Todos los agentes habían vuelto y ya se encontraban en la comisaría, aunque tras tomar declaración a varios vecinos no habían sacado ninguna conclusión.
Nadie había visto ni oído nada. Tampoco les extrañó.
La zona en la que se encontró el cuerpo no era muy transitada a partir de las ocho de la tarde, ese día había estado lloviendo y en las inmediaciones del lugar no había sucursales bancarias o empresas que tuvieran cámaras de seguridad y que pudieran haber grabado algo de lo sucedido.
Cristina había mandado a analizar el botón localizado en la mano de Luciana, aunque no tenía muchas esperanzas de que les proporcionara alguna pista.
Por lo poco que había visto parecía un botón bastante vulgar.
También envió a analizar el móvil, que tenía contraseña y no se podía desbloquear.
Esperaban encontrar alguna llamada o mensaje que les hiciera saber si había quedado con alguien o si tenía algún tipo de problemas.
—Hola, inspectora, traigo noticias —dijo el subinspector Fernández acercándose a la mesa de Cristina mientras hacía gestos para que se uniera a ellos Rubén.
—Dime —dijo intrigada por saber qué había descubierto su compañero. Estaba segura, por el tono en que lo dijo, que sería algo importante.
El subinspector Fernández les contó que la inspección del piso de Luciana, en un primer momento, no reveló nada fuera de lo normal.
Se trataba de una pequeña vivienda en la calle Denia, un quinto piso sin ascensor donde era más que evidente que el edificio necesitaba grandes reparaciones, aunque el estado de la vivienda tampoco era mejor: las paredes tenían humedades en varias estancias, los muebles de la cocina mostraban algunas puertas descolgadas, incluso había un cristal roto de la ventana del baño tapado con un gran trozo de cartón.
La víctima vivía sola, no tenía parientes conocidos y estaban intentando localizar a un par de amigas que frecuentaban su vivienda, según el relato de los vecinos.
Pero al registrar el interior de su armario encontraron una caja de zapatos con nada más y nada menos que cinco mil euros en efectivo, todo en billetes de cincuenta euros y perfectamente apilados y sujetos por una goma elástica.
Por supuesto era algo sospechoso. O al menos inusual.
¿Cómo es posible que una persona que vivía en esas condiciones tuviera esa cantidad de dinero? ¿De dónde había salido todo ese efectivo?
Desde luego les pareció algo extraño y no parecía probable que fuera dinero ahorrado de su sueldo. ¿Era posible que estuviera metida en tráfico de drogas o algún asunto similar? ¿sería ese dinero el motivo de su asesinato?
Por el momento no tenían respuestas. Debían tratar de localizar a sus dos amigas para intentar obtener más información, así como esperar los posibles hallazgos del teléfono móvil.
Lo habían enviado a la central, donde desde hacía poco más de un año ya disponían de la tecnología necesaria para realizar el análisis y Cristina esperaba que en poco tiempo le pudieran dar al menos un informe preliminar.
Poco antes de la una del mediodía recibió una llamada de Javier Delgado, el forense que debía realizar la autopsia.
—Buenos días, Javier —dijo Cristina al contestar la llamada mientras sonreía de manera inconsciente.
—Hola, Cristina, ya tengo los resultados de la autopsia de la víctima de esta mañana.
—¡Estupendo! —dijo agradecida por la urgencia con la que la había realizado—. ¿Me lo pasas por correo electrónico?
—En realidad, tengo que acercarme dentro de una hora a recoger una documentación a la comisaría. Si tienes tiempo podemos quedar y te lo entrego personalmente, hay un par de detalles que me gustaría comentar en persona – replicó Javier.
—Sí, podemos quedar a tomar algo rápido. Te espero aquí. —contestó Cristina ruborizándose ligeramente.
Una hora más tarde, el forense Javier Delgado y la inspectora Cristina Morat estaban sentados en la terraza de una cafetería cercana a la comisaría.
Esos días de mediados de octubre estaban siendo bastante soleados y les resultaba agradable sentir los rayos de sol sobre sus rostros mientras revisaban la documentación.
Cristina se sorprendió observando minuciosamente el rostro de Javier y sus ojos se cruzaron por un instante, en el que ambos apartaron la mirada fijándola en las opciones que mostraba la carta de la cafetería.
Se habían decidido por el menú del día: ensalada valenciana de primero y pescado al horno con patatas de segundo.
Aunque les resultaba extraño comentar las circunstancias del asesinato rodeados de comida, ambos se encontraban extrañamente relajados, incluso contentos.
Se notaba que se sentían cómodos trabajando juntos.
—La causa de la muerte no ha sido ninguna sorpresa: «Muerte por traumatismo provocado por un objeto contundente» —dijo Javier
—O lo que es lo mismo: no tenemos nada. Un objeto contundente, … puede ser cualquier cosa; una piedra, un ladrillo, un objeto metálico como un trofeo. Un callejón sin salida —dijo Cristina algo decepcionada.
—La golpearon por detrás, un golpe fuerte y seco.
Debió ser alguien de una estatura superior a la de ella, aunque por desgracia Luciana era una mujer muy menuda, la mayoría de las personas deben tener una altura superior.
A simple vista en el lugar del crimen no vimos nada que se pudiera usar para darle un golpe mortal —replicó Javier.
—Exacto, los agentes que se quedaron a inspeccionar la zona no localizaron nada. Pero, ¿qué has encontrado que te ha llamado la atención? —preguntó Cristina recordando que ese era el motivo principal de verse en persona.
—Fíjate —dijo Javier sacando unas fotografías de la carpeta —Tiene marcas de presión en la parte superior de ambos brazos.
Las fotografías mostraban parte del cuerpo de Luciana, desnudo, sobre la mesa metálica donde se realizaban las autopsias y se veía perfectamente lo que parecían marcas de dos manos, con cada uno de los dedos marcados en ambos brazos.
Daba la impresión de que alguien la había sujetado fuertemente y había ejercido una presión excesiva, que había dejado esas marcas y por el tamaño que tenían debían ser unas manos grandes, probablemente de un hombre.
—Pero no son muy recientes. Al menos tienen un par de días —apuntó Javier.
—¡Discutió con alguien! —exclamó Cristina—. Tenemos que interrogar a su entorno, alguien tuvo problemas con ella hace varios días y quizás anoche volvió a tenerlos.
No era mucho, pero ya tenían un punto de partida, algo que buscar y quizás un motivo para su asesinato.
Era preciso localizar a las amigas de Luciana e intentar averiguar quiénes formaban parte de su círculo de amistades.
Necesitaba el informe con el contenido del móvil, sus últimas llamadas, …
Cristina miró el reloj y comprobó que era hora de marcharse.
Se hubiera quedado más rato, pero el deber la llamaba.