El movimiento perfecto CAPITULO 4
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CAPITULO 4

Charo estaba tomándose una tila. Aunque se había mantenido distraída un buen rato con la lectura, ahora le temblaban las manos y no conseguía tranquilizarse.

La visita de esa mañana le había afectado enormemente.

No solo por el fallecimiento de la pobre Luciana, sino por los recuerdos de todo lo que vivió con la muerte de su hijo.

Se sorprendió por alegrarse de ver a la inspectora Morat.

Siempre le pareció una profesional estupenda que puso todo su empeño en resolver la muerte de su hijo y que siempre les mostró una gran empatía.

Rememoró lo sucedido desde que, aproximadamente a las seis y cuarto de la mañana, el sonido del telefonillo la despertó.

—Vicente, ¡despierta! Están llamando al telefonillo —dijo Charo dando ligeros codazos a su marido.

—¿Qué ocurre? —dijo todavía dormido su marido.

—¿No oyes? Están llamando y son las seis de la mañana.

Vicente, su marido, se levantó y acudió a ver quién era, abriendo rápidamente cuando comprobó que quien llamaba a esas horas era la policía.

—Es la policía —dijo con sorpresa mirando a su mujer.

Ambos se pusieron sus respectivos batines y acudieron al recibidor a esperar a la policía.

Cuando Vicente abrió la puerta se sorprendió al ver a la inspectora saliendo del ascensor.

La reconoció enseguida. Y enseguida le vinieron a la memoria recuerdos de los peores momentos que había tenido que vivir.

—¡Inspectora Morat! —dijo Vicente sorprendido.

—Inspectora, ¿ha ocurrido algo con el asesino de Óscar? ¿Ha salido en libertad? —preguntó Charo aferrándose al brazo de su marido que también había reconocido a la inspectora.

—Buenos días, Vicente. Buenos días, Charo. No, el asesino de Óscar sigue en la cárcel. No saldrá hasta dentro de muchos años. Por desgracia vengo por otro tema que nada tiene que ver con él.

Se dirigieron al comedor y se sentaron en los sofás. Vicente junto a Charo, que le cogía de la mano. Y Cristina y su compañero en el sofá que estaba situado justo enfrente.

—Necesito hacerles algunas preguntas. ¿Conocen ustedes a Luciana Barranco?

—Sí, claro, es nuestra asistenta —respondió Charo, y al momento añadió—Inspectora, puedes tutearnos. Hay confianza.

—Lo siento, traigo malas noticias. Hemos encontrado su cadáver hace poco más de una hora.

—¿Muerta?, pero ¿cómo? ¿un accidente? —preguntó Vicente sorprendido ante la noticia que acaba de recibir.

—Me temo que ha sido un homicidio —dijo la inspectora.

Charo no pudo reprimir un grito ahogado, la noticia le había impactado terriblemente.

No solo por la pobre Luciana, sino también por todos los recuerdos que acudieron precipitadamente a su mente.

Notó cómo toda su sangre bajaba por su cuerpo y empezó a sentirse mareada, hundió la cabeza entre sus manos y empezó a llorar desconsoladamente.

Vicente la rodeó con sus brazos, en un gesto de cariño y protección.

«Quizás todavía esté enamorado de ella» —pensó Cristina al observar cómo Vicente, con su gran envergadura, parecía cubrir con todo su cuerpo el de su mujer, sirviéndole de refugio.

Durante los siguientes minutos, el silencio se hizo protagonista.

La situación lo requería. Aunque Rubén parecía ser el único de los cuatro allí reunidos que no era consciente de los verdaderos momentos que se estaban viviendo.

Sin embargo, éste, demostrando una vez más su amabilidad y empatía, mantuvo el silencio que parecía ser tan necesario.

Charo y Vicente impactados ante la noticia que acababan de recibir y reviviendo de nuevo la experiencia traumática vivida unos años antes: una muerte, un homicidio, la misma inspectora.

Y Cristina intentando mantener la compostura, cuando lo que le pedía su cuerpo era huir de esa vivienda, de esa familia y de esos recuerdos.

Rubén comenzó a hablar, con ese tono dulce y amable que lo caracterizaba, consiguiendo atraer la atención del matrimonio, y empezó con las preguntas básicas y rutinarias ante cualquier homicidio, anotando las respuestas en la pequeña libreta que siempre llevaba consigo.

Debían conocer cuál era el estado de ánimo de Luciana, si le habían notado algún comportamiento extraño, si había comentado si tenía intención de quedar con alguien, si sabían si tenía problemas…

. Y un sinfín de preguntas básicas que permitían hacer una primera radiografía de los momentos previos al homicidio.

Las respuestas del matrimonio no fueron de mucha ayuda.

Luciana había actuado como cualquier otro día. Nunca hablaba demasiado. Ella hacía su trabajo y pasaba inadvertida para Charo y Vicente, que iban y venían por la casa sin apenas percatarse en la presencia de la mujer.

—Era muy buena en su trabajo —dijo Charo apretando un pañuelo de papel entre sus manos.

Luciana llegaba a las 9 de la mañana y se encargaba de la casa y de la comida.

—Por supuesto ella no comía con nosotros, lo hacía en la cocina o en la zona de servicio que utilizaba para descansar —dijo Vicente.

«Por supuesto» —pensó Cristina con cierta ironía imaginando a la pobre Luciana actuando como si fuera una criada de principios de siglo XX.

Charo y Vicente, como muchas otras familias, se habían criado con doncellas desde la cuna y para ellos la idea de que la empleada de hogar se sentara a la misma mesa que los señores era impensable.

Después de comer tenía dos horas de descanso en las que algunos días salía de casa y otros se quedaba en la pequeña habitación que había junto a la cocina.

A las cinco de la tarde volvía a su jornada para dejar preparada la cena del matrimonio.

Y cada día se marchaba de casa sobre las siete o siete y media de la tarde.

—Pero los viernes acaba a medio día y tiene el fin de semana libre —apuntó Vicente queriendo hacer ver la suerte que tenía Luciana de trabajar para una familia tan generosa.

Ese día ni siquiera estaban en casa cuando Luciana se marchó.

Charo había salido sobre las seis de la tarde y cuando regresó, a las siete y media más o menos, ella ya no estaba en casa.

Vicente tampoco había visto irse a Luciana.

Ese día había vuelto tarde de trabajar. Un poco antes de las ocho de la tarde.

La inspectora y su compañero pidieron ver la zona de servicio, como había llamado el matrimonio a la pequeña habitación que había junto a la cocina.

Era una habitación que en su día había sido de la chica que tenían interna, cuando su hijo Óscar era pequeño.

Actualmente estaba amueblada como salita de estar, con un sofá—cama, una mesa camilla y una televisión.

En el pequeño pasillo contiguo, una puerta conducía al baño.

Allí pasaba Luciana su descanso de mediodía.

—Nosotros nos haremos cargo de su funeral —dijo Charo mirando a su marido en busca de su aprobación—. La pobre no tenía ningún pariente ni en España ni en Colombia. Es lo menos que podemos hacer.

Antes de irse, la inspectora les pidió la dirección de Luciana, que coincidía con la que figuraba en su permiso de residencia y también solicitó poder revisar la habitación de Luciana para llevarse lo que considerase necesario. Ambos accedieron sin poner problemas.

Tras la visita de la inspectora y su compañero, Charo y Vicente fueron incapaces de volver a la cama.

Charo preparó café y sirvió dos tazas que dejó sobre la mesa de la cocina.

Esperaba tomar un café con su marido y poder hablar de lo sucedido.

Pero Vicente se había dado una ducha y se había vestido.

Un pantalón en tonos beige, con una camisa blanca sin corbata y una americana azul marino le daban un aspecto elegante y sofisticado.

Su cabello, canoso pero abundante, todavía estaba mojado dándole un aspecto algo más juvenil.

No parecía que le hubiera afectado la muerte Luciana.

Tras darle un beso en la frente a su mujer se marchó a su despacho a trabajar, como todos los días.

Charo anhelaba la relación que tenían antes.

Ahora se habían convertido casi en dos desconocidos.

Pero ella seguía profundamente enamorada de su marido.

Decidió coger uno de los libros del salón.

Uno en francés, para obligar a esforzarse y mantenerse concentrada y distraída.

Sus últimos años de instituto estuvo viviendo en Suiza, donde su padre ejercía como embajador de España y hablaba francés perfectamente.

Se acomodó en uno de los sofás y se sumergió en la lectura.

Logró distraerse durante un par de horas, pero en ese momento se encontraba de nuevo muy nerviosa.

Se preparó una tila y estaba dando un sorbo cuando revisó su móvil y comprobó que tenía una llamada perdida y un WhatsApp de su amiga Maribel.

Se conocían desde pequeñas, ya que asistieron al mismo colegio durante los años de primaria, pero luego perdieron la relación y volvieron a encontrarse hacía apenas dos años, cuando coincidieron en un mercado solidario organizado por ella.

Vivían a pocas calles de distancia y Maribel acudía de vez en cuando a la misma iglesia que Charo.

Todo ello hizo que retomaran su antigua amistad.

Necesitaba hablar con alguien y Vicente, como siempre, no estaba. Cogió el teléfono y llamó a su amiga.

Le respondió casi al primer tono y tras una corta conversación decidieron quedar para comer juntas. Maribel había quedado con una amiga, Emma, y al saberlo Charo se mostró reacia a acudir a la comida. No quería estar con una desconocida.

—Venga mujer, es una señora muy agradable, fue a nuestro colegio, pero tú ya te habías marchado a Suiza. Verás como te sienta bien charlar con nosotras —dijo Maribel que parecía realmente interesada en quedar a comer con Charo.

—De acuerdo. Dime la dirección del restaurante y nos vemos allí —contestó Charo.

Se dirigió al baño, se duchó y se cambió de ropa. Vestida con ropa elegante y perfectamente maquillada se sentía mucho mejor. Cuando vio las gotas de agua corriendo por el cristal de la mampara y el cesto de la ropa sucia con varias prendas en el interior no pudo evitar pensar:

«¿Quién va a limpiar todo esto? ¿Quién va a poner la lavadora?»

Y sin ni siquiera hacer la cama salió de su casa en dirección a la iglesia de San Valero. Necesitaba hablar con el padre Fernando.