El movimiento perfecto CAPITULO 3 #2
9%

CAPITULO 3 #2

Cristina y su compañero Rubén recorrieron con paso firme las apenas dos calles que separaban el lugar del crimen del domicilio donde trabajaba la mujer asesinada.

Rubén era un oficial de policía de unos treinta años, diez años menor que la inspectora.

De estatura mediana, delgado y de pelo moreno.

Sus ojos marrones y su amable sonrisa le daban un aspecto que transmitía confianza.

Caminaron esa distancia en silencio. Cristina no dejaba de pensar en la enorme casualidad que se acababa de producir.

Conocía a la familia para la que trabajaba Luciana, la conoció cinco años atrás, cuando por su culpa, su único hijo falleció.

Fue en su primer caso como inspectora y ese primer caso era su prueba de fuego.

En aquel momento estaba ansiosa por demostrar que se merecía el puesto de inspectora y que tantos años de duro trabajo habían valido la pena.

Pero el desenlace de ese caso no fue el esperado.

A pesar de haber logrado capturar al asesino, no fue capaz de evitar el asesinato de un joven muchacho y en el transcurso de la investigación, un fuego cruzado le causó una lesión en su pierna izquierda, dejándole una cojera como recuerdo de ese primer caso para toda su vida.

De pronto su mente volvió al presente al escuchar a Rubén.

—Inspectora, ¿llamamos? —preguntó impaciente tras haber permanecido varios segundos parados frente a aquel edificio majestuoso.

Se trataba de un edificio señorial, clásico, con una fachada demasiado recargada donde no se veía un solo lugar libre de adorno.

—Policía, abran la puerta —dijo Rubén cuando la voz de un hombre sonó por el telefonillo.

Se abrió la puerta que daba acceso al interior del edificio y se dirigieron al ascensor.

Todavía se apreciaba lo que, hasta no hacía demasiados años, habría sido la vivienda del portero: un pequeño apartamento en la parte trasera de la planta baja sin apenas espacio habitable ni luz exterior, que probablemente en esos momentos se usaría como trastero.

«Mejor vivienda que muchas de las que se alquilan hoy en día» —pensó Cristina admirando la decoración que también existía en el interior del edificio.

Una vez dentro del ascensor Cristina presionó el botón del sexto piso, el ático, ante la mirada sorprendida de su compañero que aún estaba haciendo cálculos mentales para tratar de averiguar en qué piso estaría la puerta doce donde debía dirigirse.

Antes de que se detuviera el ascensor en el ático, Cristina dio un profundo suspiro.

«Ha llegado el momento» —pensó. Y se dirigió al encuentro de Vicente y Charo.

En la puerta de su vivienda estaba Vicente Lleó, tan alto y elegante como lo recordaba, incluso con la bata que llevaba sobre el pijama.

Tras él, su mujer Charo Marzal, una mujer delgada, rubia, con ojos verdes y atractiva incluso a esas horas de la mañana.

Cristina recordó que debía tener alrededor de sesenta y cinco años, exactamente igual que su tía, pero sin duda aparentaba muchos menos.

Su marido, unos pocos años mayor que ella, también tenía un aspecto más joven.

La expresión en la cara del matrimonio, cuando vieron salir a la inspectora del ascensor, fue de auténtica sorpresa.

Hacía mucho tiempo desde la última vez que se vieron, desde que finalizó la investigación sobre el asesinato de su hijo y encerraron a su asesino en una cárcel de máxima seguridad.

—¡Inspectora Morat! —dijo Vicente sorprendido.

—Inspectora, ¿ha ocurrido algo con el asesino de Óscar? ¿Ha salido en libertad? —preguntó Charo aferrándose al brazo de su marido.

—Buenos días, Vicente. Buenos días, Charo. No, el asesino de Óscar sigue en la cárcel. No saldrá hasta dentro de muchos años. Por desgracia vengo por otro asunto que nada tiene que ver con él.

El matrimonio hizo pasar a Cristina y a su compañero hasta el salón y se sentaron.

Cristina se sentía incómoda, no sabía cómo abordar la situación, no podía quitarse de la cabeza lo ocurrido cinco años atrás.

Estaba de nuevo sentada frente a la pareja, de nuevo tenía que darles una mala noticia que, aunque no podía compararse con la pérdida de su único hijo, sin duda iba a hacerles recordar los duros momentos que vivieron entonces.

Notó cómo Rubén la miraba sorprendido, puesto que ella no estaba actuando como lo hacía habitualmente, se notaba demasiado lenta, demasiado distraída. Volvió a dar un gran suspiro y comenzó a hablar.

Empezó con unas preguntas rutinarias en las que se interesó por la vida del matrimonio durante esos cinco años. Le confirmaron que, como no podía ser de otra manera, la muerte de su hijo los afectó profundamente y que tardaron varios meses en volver a tener una vida con cierta normalidad.

Vicente se centró en sus negocios. «Todavía más» fueron las palabras exactas de Charo.

Emprendedor por naturaleza, era capaz de probar suerte con negocios de diversa índole.

Unos salían bien. Otros no. Pero lejos de resignarse, consideraba cada negocio frustrado como una lección de la que aprender.

Solía pasar tiempo fuera de casa, en comidas con empresarios, asistiendo a ferias o congresos o buscando nuevas oportunidades de negocio.

«Se refugia en los negocios para superar la muerte de su hijo» —pensó Cristina mientras escuchaba atentamente el relato de Vicente que, incluso sentado en el sofá, daba la sensación de medir cada uno de los ciento ochenta centímetros de estatura.

Charo, por su parte, había buscado otro tipo de refugio para superar su dolor.

Acudía a varias asociaciones benéficas algunos días cada semana, presidía un Patronato de Música que colaboraba con algunos colegios de la ciudad y de vez en cuando quedaba a comer con alguna amiga.

Pero lo que de verdad la había ayudado a superar la muerte de su hijo, era acudir casi a diario a la Iglesia.

Antes del fallecimiento de Óscar no era una gran creyente, pero tras el terrible suceso encontró en ese lugar la paz que tanto necesitaba.

Había entablado una verdadera amistad con Fernando Romero, el párroco de la Iglesia de San Valero que tenía muy cerca de su casa.

No solo disfrutaba de los sermones que pronunciaba en sus misas diarias, sino que era capaz de desahogarse y sentirse reconfortada tras cada charla que mantenían de manera habitual.

Cristina escuchaba atentamente y observó cómo Charo cogía fuertemente la mano de su marido. «Sigue tan enamorada de él como recordaba» —pensó la inspectora.

Vicente, sin embargo, no parecía mostrar ningún gesto cariñoso hacia Charo. Lo notaba frío y algo distante con su mujer. «Quizás solo sea el shock de habernos encontrado de nuevo».

Pero para sorpresa de Cristina, ambos estaban profundamente agradecidos a la inspectora por haber detenido al asesino de su hijo.

Aunque nada iba a reemplazar el vacío en sus vidas, los reconfortaba saber que ella había hecho un trabajo extraordinario, recopilando todas las pruebas y haciendo una investigación tan completa que lo habían condenado a la máxima pena posible.

Ni un reproche para ella. Ni una recriminación.

Todo lo contrario. Le mostraban agradecimiento.

Ella que se había torturado durante los últimos cinco años por aquella muerte.

Que se había sentido culpable. Que había dado por sentado que había fallado.

Por un instante notó un gran alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima.

¿Era posible que esos padres la hubieran perdonado?

De pronto escuchó a Rubén carraspear. Se dio cuenta de que, de nuevo, se había abstraído en estos pensamientos y las otras tres personas que estaban en la habitación la miraban fijamente.

La inspectora notó la mirada de asombro de su compañero ante la conversación que habían tenido.

Aunque no ocultaba ese suceso, tampoco era algo de lo que le gustara hablar y a pesar de que ya llevaba un tiempo trabajando con Rubén, no le había contado nada de lo sucedido con esa familia y el fatídico desenlace de su único hijo.

—De acuerdo —continuó—. El motivo de nuestra visita es porque queríamos hacerles algunas preguntas sobre Luciana Barranco.

Cristina les informó de lo sucedido ante lo que se sorprendieron enormemente y les hizo unas preguntas rutinarias.

Ninguno de los dos notó ninguna actitud extraña en el comportamiento de Luciana ni ese día ni en los días anteriores.

Tampoco conocían que tuviera problemas de ningún tipo, ni económicos ni con ninguna amistad.

Ni Vicente ni Charo estaban en casa cuando Luciana se marchó, así que no pudieron darle mucha más información.

Cuando su compañero Rubén acabó de tomar nota de toda la declaración, se despidieron educadamente y regresaron a la comisaría.

Necesitaba reunirse con todo su equipo y poner sobre la mesa toda la información que tenían hasta el momento.

Esperaba que el subinspector, Francisco Fernández, hubiera tenido más suerte que ella en la inspección de su vivienda.

Aunque aún habían pasado pocas horas, estaba segura de que no había sido una muerte por un intento de robo.

«¿Un ajuste de cuentas?» —pensó. Era demasiado pronto.

Habría que esperar al análisis forense, a revisar su teléfono móvil, … aún quedaban muchos pasos por dar.