CAPITULO 3
La inspectora Morat estaba preocupada. A pesar de los años que llevaba en la policía no llegaba a acostumbrarse a este tipo de noticias, y desde que era inspectora parecía que cada caso le afectaba más que el anterior.
Todavía no había amanecido cuando llegó al escenario del crimen.
A pesar de lo temprano que era, se había vestido como de costumbre, un traje chaqueta gris oscuro y una camisa blanca era su uniforme no oficial que combinaba elegancia y autoridad sin esfuerzo.
Era una mujer alta, de rasgos definidos, piel clara y unos ojos que sabían leer la mentira incluso antes de escucharla.
El cabello largo y castaño, que a veces llevaba recogido en una coleta, caía suelto sobre sus hombros, convirtiéndola en una mujer atractiva.
A pesar de la ligera cojera que presentaba en su pierna izquierda, secuela de su primer caso del que evitaba hablar, caminaba con determinación, consiguiendo el respeto de quienes la rodeaban.
Se alegró de que la agente de policía que lo custodiaba se hubiera preocupado de aislarlo para evitar cualquier alteración del lugar donde se había cometido el crimen.
Asegurar la escena, establecer un perímetro y evitar la contaminación eran primordial para garantizar que la investigación fuera válida.
Era algo que tenía grabado a fuego de su época con la brigada de policía científica y ver que se había seguido el procedimiento a rajatabla le inspiró confianza.
En ese momento ya no llovía, pero la lluvia persistente que había caído desde la última hora de la tarde de ayer no iba a ayudar a mantener las pocas pruebas que pudieran encontrar.
Los agentes estaban comenzando con la documentación inicial, realizando fotografías y observando cualquier detalle que pudiera ser relevante, mientras el cuerpo permanecía intacto, sin ser tocado ni él ni ninguno de los objetos de su alrededor.
A simple vista Cristina observó un gran charco de sangre bajo la cabeza de la víctima que se encontraba tumbada boca abajo, con la cabeza ladeada y los ojos abiertos pareciendo mirar al infinito.
Uno de los brazos estaba oculto bajo su cuerpo, pero el otro se encontraba formando un ángulo de noventa grados junto a su cabeza.
En el dedo todavía llevaba un anillo que, aunque no fuera de mucho valor, descartaba en un primer momento el móvil del robo.
El bolso estaba tirado junto al cadáver con la cremallera todavía cerrada.
Otro detalle que descartaba que fuera obra de un ladrón.
No le hizo falta acercarse ni tocar el cadáver para asegurarse de que la víctima había fallecido. Era evidente.
Habían sido los trabajadores de la limpieza quienes habían dado el aviso, al localizar el cuerpo medio oculto entre los andamios de un edificio en rehabilitación junto al mercado de Ruzafa.
Al menos, esos andamios habían protegido el cuerpo de la lluvia y quizás encontraran algo que permitiera dar con el asesino.
Ella conocía la zona perfectamente, su tía Emma vivía en la plaza al otro lado del mercado, junto a la iglesia San Valero, una zona agradable que podía considerarse segura.
Pero el lado opuesto del mercado, donde se había localizado el cadáver, limitaba con una parte del barrio donde a ciertas horas de la noche podía ser incluso peligroso.
Probablemente llevaba allí varias horas y nadie se había percatado de su presencia.
Cuando se dio el aviso, sobre las cinco de la mañana, acudió el equipo de la policía científica a la escena del crimen y ella como inspectora responsable del caso.
Al poco tiempo llegó el forense, que tras una somera revisión confirmó lo que todos sabían ya: estaba muerta y la causa parecía ser un golpe en la cabeza.
Cristina se alegró de que el forense fuera Javier Delgado.
Ya habían coincidido en varios casos y le gustaba su forma metódica de trabajar.
Era un hombre bastante alto, debía superar el metro ochenta, delgado pero atlético y con abundante pelo castaño por el que asomaban algunas canas.
Siempre iba perfectamente afeitado y su pelo siempre parecía estar recién cortado.
«Debe tener la misma edad que yo, cuarenta años, quizás un par de años más» —pensó, puesto que, a pesar de haber trabajado en muchas ocasiones no sabía exactamente la edad que tenía.
Sabía que estaba divorciado desde hacía algunos años.
Se casó muy joven con su novia de la universidad, pero nunca tuvieron hijos.
Estaba abstraída pensando en esos detalles, cuando oyó que se dirigían a ella:
—Cristina, tienes que ver esto —dijo Javier.
Cristina se acercó, percibiendo un sutil aroma a colonia, sabedora de la familiaridad con que se trataban ella y Javier.
El resto de los compañeros se dirigían a ella como ‘Inspectora Morat’ como muestra de respeto, pero la relación que había forjado con Javier a lo largo de los últimos dos años le habían hecho permitirse esa confianza.
Javier estaba arrodillado al lado de la víctima y sostenía algo en la mano.
—¿Qué es? —preguntó Cristina acercándose hasta Javier sin poder disimular la cojera de su pierna izquierda.
—Un botón —respondió Javier sujetando un pequeño botón azul marino con los guantes de látex.
Se miraron sabiendo que ya tenían un hilo del que tirar e hicieron gestos a la agente para que embolsara el objeto.
Javier le dio la vuelta al cadáver observando la parte que había permanecido en contacto con el suelo, esperando localizar alguna prueba más que les diera información de lo que le había sucedido, pero no encontró nada fuera de lo normal.
Sí pudo confirmar que el botón que tenía la víctima en la mano no era suyo, no le faltaba ninguno a las prendas de ropa que llevaba, por lo que con toda probabilidad debía pertenecer al asesino.
De momento no podían hacer nada más. El cuerpo debía estar custodiado continuamente hasta que llegara el juez y ordenara el alzamiento del cadáver.
En ese momento Javier y su equipo podrían examinarlo con más calma y saber si la víctima había intentado defenderse y si tenía restos de ADN o algún cabello que pudiera ser del asesino.
—Acércame el bolso —dijo Cristina a Javier cogiendo unos guantes de látex para no contaminar ninguna prueba.
Cristina cogió con cuidado el bolso que le pasó Javier y lo abrió buscando en su interior algún tipo de documentación que permitiera identificar a la víctima. En ese momento llegó el subinspector Francisco Fernández, compañero de Cristina.
—Buenos días, inspectora. ¿Qué tenemos? —preguntó sin parecer darle ninguna importancia al hecho de que hubiera llegado varios minutos tarde a la escena del crimen.
—Se trata de Luciana Barranco, colombiana de 52 años —dijo Cristina mostrando el permiso de residencia que había localizado en el bolso de la víctima y sin contestar a la pregunta lanzada por su compañero.
Cristina tenía buen concepto del subinspector, un hombre que rondaba la cincuentena, corpulento y con una prominente barriga.
Su bigote espeso perfectamente recortado era tan característico como su voz grave y áspera.
Ella lo consideraba un excelente policía, con una gran intuición, pero no compartía con él la poca seriedad que parecía demostrar en ciertas ocasiones.
Fernández era capaz de hablar de un partido de fútbol mientras acudían a un homicidio o mientras analizaban una escena del crimen.
Ella era mucho más meticulosa, concentrada siempre al 100% y siempre atenta y con ojo avizor.
«De los errores se aprende» —pensó Cristina recordando ese primer caso suyo del que no era capaz de olvidarse.
—También se indica la dirección de su domicilio. ¿Te parece bien que me acerque? –—preguntó Fernández a la inspectora esperando su aprobación mientras daba una calada a uno de sus cigarrillos.
Los siguientes minutos los pasaron reunidos, de pie, estableciendo las siguientes acciones a realizar.
Uno de los agentes debía quedarse custodiando el cuerpo a la espera de la llegada del juez de guardia, los otros dos interrogarían a vecinos de la zona por si alguno había visto u oído algo y el subinspector se dirigiría al domicilio de la víctima, habían localizado las llaves de su casa en el interior del bolso.
La inspectora Morat y uno de sus compañeros iban a acudir al domicilio donde trabajaba la víctima.
Desde la comisaría habían introducido los datos de la fallecida, y al ser una persona extranjera residente en España, constaba en el registro de inmigración y habían localizado un permiso de trabajo donde se informaba de la dirección de su trabajo.
Cuando Fernández le pasó el nombre del matrimonio para el que trabajaba, un escalofrío recorrió su cuerpo.
El nombre de Óscar Lleó regresó a su mente y sintió cómo el dolor de su pierna comenzaba a aumentar, como si fuera el presagio de que algo más iba a suceder.
«Tengo que ser profesional. Debo hacer mi trabajo» —pensó, mientras sacaba un calmante que llevaba en el bolso y se lo tomó, esperando que el analgésico fuera capaz de mitigar los pinchazos de su pierna y la ansiedad que empezaba a sentir en ese momento.
Era consciente de que, inevitablemente, iba a recordar todo lo ocurrido cinco años atrás.
Era poco más de las seis de la mañana, muy temprano todavía, pero se giró para mirar a su compañero diciendo:
—Vamos, tenemos que hablar con el matrimonio para el que trabaja la víctima.