El motero y la chica con el culo de melocotón (El motero y la chica... nº 1) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Bones

Black Ridge era esa clase de pueblo donde cualquier cambio se recibía, por principio, con desconfianza.

Dejé que mi Harley avanzara tranquilamente por Main Street mientras, como cada mañana, recorría con la mirada los escaparates y las fachadas de siempre.

Delante de Murphy’s Diner estaban aparcadas las mismas camionetas de casi todos los días, Walter barría la acera frente a su ferretería aunque probablemente no hubiera ni una puta hoja en el suelo, y en la gasolinera Rick y Don estaban inclinados sobre una camioneta de cuyo capó abierto salía humo gris.

Seguramente estaban discutiendo otra vez sobre por qué el motor no arrancaba, aunque ninguno de los dos tenía la más remota idea de mecánica.

Llevaban por lo menos tres semanas intentando hacer funcionar aquella chatarra.

Cualquier persona con dos dedos de frente habría llamado a un mecánico hacía tiempo, pero ellos preferían plantarse allí cada mañana y seguir trasteando con aquella maldita cosa como si algún día fuera a arrancar sola por pura compasión.

En el fondo, aquella mañana era exactamente igual que la anterior.

Y que la de antes.

Y que casi todas las mañanas de los últimos ocho años.

Probablemente cualquier otro se habría vuelto loco si su rutina cambiara tan poco. A mí, en cambio, eso era precisamente lo que me gustaba.

Después de todo lo que había dejado atrás, la tranquilidad se había convertido en algo a lo que no pensaba renunciar jamás.

Antes siempre había tenido la sensación de no pertenecer realmente a ningún sitio. Nueva York había sido ruidosa, sucia y jodidamente frenética. Todos los días ocurría alguna mierda y, por lo general, nunca significaba nada bueno.

Por aquel entonces había sido el enforcer del chapter de Nueva York de los Blood Wolves. Mi trabajo consistía en mantener el orden y hacer desaparecer sin dejar rastro a cualquier maldito cabrón que creyera que podía meterse con el club.

Algo que, gracias al río Hudson, casi nunca suponía un problema.

¡Joder!

A veces echaba de menos aquel maldito río.

Al final ocurrió lo que probablemente tenía que ocurrir. Aquella vida acabó llevándome a una prisión estatal durante siete años por intento de homicidio.

¡Siete putos años!

Una eternidad. Y una época de la que todavía hoy no me gustaba hablar.

No porque lamentara lo que había ocurrido entonces.

No lo lamentaba.

En aquel momento hice lo que creí que tenía que hacer y, si el precio eran siete años de mi vida, pues ese había sido el puto precio.

Cuando las puertas de la prisión finalmente se cerraron a mi espalda y volví a ser un hombre libre por primera vez en años, solo tuve una cosa clara: tenía que largarme de Nueva York.

Lejos de la ciudad, de mi antigua vida y, sobre todo, de la gente que todavía sabía perfectamente quién había sido y de lo que era capaz.

Unas semanas después, de la nada, recibí una llamada: el chapter de Black Ridge de los Blood Wolves necesitaba un nuevo presidente.

No tenía ni idea de lo que me esperaba allí.

Un pueblo perdido en medio de ninguna parte. Un chapter que necesitaba un nuevo presidente. Una vida que apenas tenía nada que ver con la anterior.

Aun así, acepté sin pensármelo demasiado.

¡Joder!

Ahora sabía que aquella había sido una de las mejores decisiones que había tomado en mi puta vida.

Black Ridge era pequeño. Tenía poco menos de cinco mil habitantes, una Main Street y gente que todavía se saludaba al cruzarse por la calle.

Aquí casi nadie cerraba la puerta de casa con llave.

Los niños jugaban fuera después de clase hasta que sus padres los llamaban para cenar y, cuando la señora Patterson aparecía alguna vez ante el sheriff Travis Holloway, casi siempre era porque, según ella, alguien había aparcado demasiado torcido en algún sitio.

Para cualquiera de fuera, probablemente sonaba aburrido de cojones.

Para mí, era mi hogar.

Estaba repasando mentalmente lo que me quedaba por hacer aquel día cuando mi mirada se desvió automáticamente hacia el viejo café al otro lado de la calle.

Había algo diferente y tardé unos segundos en darme cuenta de qué era.

Las ventanas estaban abiertas. La puerta de entrada también. Y en la acera frente al local se amontonaban varias cajas de mudanza.

Reduje la velocidad casi sin darme cuenta.

El café llevaba años vacío. Antes lo habían llevado los Miller, pero desde que murieron, el local había permanecido cerrado.

Al parecer, eso acababa de cambiar.

Entre las cajas había dos bolsas de viaje, una tumbona plegada y una planta en una maceta que tenía pinta de haber sobrevivido a la mudanza por pura suerte.

Qué raro...

Normalmente, en Black Ridge todo el mundo se enteraba de todo.

Estaba a punto de acelerar de nuevo cuando algo se movió en la puerta abierta y una mujer salió al exterior.

Era bajita. No podía medir mucho más de metro sesenta, pero eso no fue lo primero que llamó mi atención.

Fue su pelo.

No era rubio con algún ligero tono de color.

Era rosa.

Rosa de verdad. Jodidamente rosa.

Largo, ligeramente rizado y tan llamativo que, en un pueblo como Black Ridge, probablemente no necesitaría ni cinco minutos para convertirse en el tema de conversación número uno.

No pude evitar sonreír.

O era increíblemente valiente o tenía un peluquero al que no le caía demasiado bien.

Llevaba un sencillo vestido blanco de verano que le llegaba justo por encima de las rodillas.

Un rizo rosa le caía sobre la cara, tenía una mancha oscura de no sé qué pegada a una rodilla y, de alguna manera, era... mona.

¡Jodidamente mona!

Me habría apostado la moto a que, si me detenía en aquel momento y la lamía, sabría a puto algodón de azúcar.

¡Joder!

¿De dónde coño había salido ese pensamiento?

La pequeña se plantó las manos en las caderas y contempló las cajas que todavía quedaban fuera.

Finalmente, decidió ir a por la más grande.

Decisión valiente.

Se agachó, agarró la caja con ambas manos y tiró.

La cosa ni siquiera se movió.

Se apartó un mechón de pelo de la cara de un soplido, volvió a intentarlo y esta vez empleó todo el peso de su cuerpo.

La caja avanzó quizá tres centímetros antes de que volviera a dejarla en el suelo.

Al tercer intento consiguió levantar la maldita cosa unos centímetros. Lo justo para darse cuenta, por lo visto, de que aquello había sido una idea de mierda.

Así que volvió a dejarla en el suelo y le dio una patada frustrada con la punta del zapato.

No pude contener una sonrisa.

No tenía ni puta idea de quién era, pero al parecer Black Ridge acababa de ganarse un nuevo problema bastante entretenido.

Justo en ese momento volvió a agacharse y, de repente, la caja dejó de importarme una mierda.

¡Joder!

Mi mirada descendió por voluntad propia.

La fina tela de su vestido se tensó sobre un culo que parecía haber sido creado expresamente para provocar pensamientos sucios en los hombres.

Redondo. Firme.

Y, joder, parecía un melocotón...

Un melocotón bastante perfecto, para ser exactos.

Me quedé mirando aquel culo absolutamente perfecto como si me hubiera hipnotizado y por eso casi me dio un puto infarto cuando, de repente, un claxon sonó a mi derecha.

¡Mierda!

Giré bruscamente el manillar mientras frenaba.

Un Ford rojo se detuvo a mi lado con un chirrido de neumáticos y el conductor levantó ambos brazos. Yo alcé una mano a modo de disculpa.

—No ha sido a propósito.

Genial.

Nunca me había caído de la moto.

Y ahora había estado a punto de tener un accidente porque una mujer de pelo rosa tenía un culo que parecía un maldito melocotón.

Eso no pensaba contárselo a nadie.

Ni a Briggs.

Ni a Hawk.

Ni siquiera a Maddox.

¡Sobre todo a Maddox no!

Ese cabrón se burlaría de mí durante el resto de mi vida.

Cuando volví a mirar hacia el café, la mujer ya estaba erguida y me observaba directamente desde el otro lado de la calle.

Nuestras miradas se encontraron.

Primero miró mi Harley, después recorrió con los ojos mi chaleco y, finalmente, me miró a mí.

Entonces arqueó una ceja con escepticismo.

No tenía ni idea de si se había dado cuenta de dónde había estado mirando hacía un momento, pero la expresión de su cara dejaba bastante claro lo que pensaba de mí:

Nada bueno.

En realidad, debería haber seguido mi camino.

Briggs, mi vicepresidente, ya me esperaba en el clubhouse, igual que Hawk, nuestro Sergeant at Arms. Más tarde, Ryder, nuestro Road Captain, también quería hablar conmigo, así que tenía más que suficiente que hacer aquel día.

Y, sin embargo, allí seguía, sentado en mi Harley en medio de la puta intersección, mirando a una mujer que probablemente no llevaba ni diez minutos en Black Ridge y que, aun así, ya había conseguido meterse de lleno en mi radar.

Quince minutos antes había pensado que en aquel pueblo nunca cambiaba nada.

Al parecer, me había equivocado.

Porque aquel día sí había un cambio.

Y tenía el pelo rosa, una mirada jodidamente obstinada y un culo como un melocotón.

Como un melocotón jugoso, maduro, redondo y jodidamente prieto.

¡Joder!