Capítulo 8
CAPÍTULO OCHO
Tillie
Se ha vuelto real.
Muy rápido.
Después de dormir la mayor parte de la noche, con Benji durmiendo a mi lado en mi cama, me despierto solo para reproducir toda la noche en mi mente. Intentando recordar exactamente lo que ha dicho.
No me lo he imaginado.
Te quiero.
Me giro alejándome de él, busco mi móvil y me veo abriendo la aplicación Chatter y haciendo clic en su perfil.
Tiene un millón de seguidores y, mientras navego por algunos de sus últimos chats, siento que la felicidad me burbujea por dentro.
Es tan increíblemente guapo que todas estas fotos suyas hacen que me arda todo el cuerpo.
Pero luego leo algunos comentarios.
Me metería un buen trozo de tu salchicha en la boca.
Apuesto a que mide más de treinta centímetros.
Qué jugoso.
Ñam. He ahí un menú que sí me gustaría comer.
Olvida la comida para llevar, te quiero llevar dentro de mí.
Es imposible no tensarse. Y no es solo el hecho de que las mujeres que escriben estas cosas sean todas preciosas, es el hecho de que él les ha dado a «me gusta», ha puesto corazones... incluso ha respondido.
Y todo esto fue hace solo un día.
Ni siquiera son celos lo que siento. Entiendo que todo el mundo tiene una vida antes de conocer a su persona. A su «para siempre». Nunca he pensado que conocería a mi futuro marido y descubriría que se ha guardado para mí. Soy virgen porque así lo he elegido.
O mejor dicho, lo era.
Anoche le entregué mi cuerpo a Benji, y también le di pedazos de mi corazón. Ahora, mientras reviso su muro, dudo de mí misma.
Siento que me cierro en banda, siento que el miedo se enrosca a mi alrededor, y salgo de la cama para meterme en la ducha, intentando eliminar estas emociones con el agua.
No me arrepiento de lo que he hecho; me ha encantado hasta el último segundo. Pero no quiero ser estúpida, no quiero dejarme llevar por un hombre que no tiene intención de quedarse.
Y Benji ha venido a cenar. No ha venido a mi casa con el pretexto de convertirse en mi único y verdadero amor.
Y sin embargo, por un breve segundo, mientras me llenaba, he visto cómo se desarrollaba esa historia de amor. He visto las luces brillantes y la magia, los deseos haciéndose realidad. Nos he visto a nosotros.
Pero sus palabras, te quiero, son tan descabelladas e imposibles que rompen la fantasía.
Porque la vida real no es tan jodidamente perfecta. La vida real es trabajo. Son camiones de comida que fracasan y estar acoplada demasiado tiempo en la casa de alquiler de tus padres.
Tengo que centrarme.
Después de la ducha, me pongo un albornoz y me trenzo el pelo. En la cocina, preparo una cafetera y lavo los platos del pollo con gofres, recogiendo el desorden de la cena.
Considerando la masa de gofres que tengo guardada en la nevera, pienso que qué más da y enciendo la gofrera, sacando mantequilla y sirope para una segunda ración de desayuno.
Con el café hecho y los gofres cocinándose, Benji se despierta.
Pronto aparece en mi cocina solo con sus bóxer y me quita la taza de café de la mano.
—¿Qué se cocina, preciosidad?
Tuerzo el gesto, armándome de valor para tener una conversación honesta.
—Gofres. He pensado que podríamos desayunar y hablar antes de que te vayas.
Se acerca a mí y pega la boca a mi cuello. Me besa. —Quiero comer, pero me apetece otro tipo de menú. —Me acaricia el coño por encima de la ropa y siento que me flaquean las piernas. La idea de que me abra el albornoz y me haga el amor aquí y ahora suena celestial.
Y también es la receta perfecta para un corazón roto.
Niego con la cabeza. —No, Benji. No podemos volver a hacerlo.
Abre mucho los ojos mientras saca el gofre de la máquina y lo pone en un plato. Me lo entrega. —¿Por qué no? Es la forma perfecta de empezar el día. Créeme.
—Seguro que sabes mucho sobre cómo despertarte en la cama de una desconocida y hacer que el lío dure un poco más, pero yo no soy ese tipo de chica. No soy esa persona. Y no quiero eso de ti.
—¿A qué viene todo esto? Pensaba que habíamos tenido una noche increíble. Una noche perfecta.
—La tuvimos —digo, vertiendo medio bote de sirope sobre mis carbohidratos—. Pero no quiero más de esa perfección.
Él deja el tenedor. —¿Por qué?
—Porque necesito concentrarme. Poner mi vida en orden. Irme de casa de mis padres y poner en marcha un negocio viable. No puedo hacer eso mientras juego a la perfección contigo.
—¿Por qué no? —pregunta con naturalidad—. Parece que queremos lo mismo.
—No, no queremos lo mismo. Tú eres un ligón y yo no. Si vuelvo a acostarme contigo, me encariñaré del todo, me haré ilusiones y olvidaré mis objetivos. No soy como tú, Benji. Soy producto de comedias románticas donde el final feliz le ocurre a la chica un tanto torpe.
—¿Y tú crees que eres la chica torpe?
—Sé que lo soy. Y tú eres el chico malo que bien podría romperle el corazón.
—Yo no rompo corazones, Tillie.
—¿No? Entonces, ¿por qué todas las tías que te responden mencionan el tamaño de tu embutido?
—No puedo romperle el corazón a nadie porque nunca dejo que se acerquen lo suficiente como para romperlo.
—Anoche pareció que me dejaste entrar. ¿O es que le dices a todas las chicas que las quieres?
Se pasa una mano por la barba. —Nunca digo eso. Tú eres la excepción, no la regla.
—Excepto que, según Chatter, tú...
Coge su móvil y me interrumpe. —¿De esto va todo esto? ¿De esta aplicación de mierda? Ni siquiera me importa. La uso para marketing, no para follar.
Quiero creerle, de verdad. ¿Pero cómo puedo hacerlo? Es un centenar de banderas rojas envueltas en un paquete delicioso.
—Creo que deberías marcharte —digo, odiando las palabras según salen de mi boca. Pero es lo mejor.
—¿Me estás tomando el pelo?
Niego con la cabeza. —No, Benji, no te estoy tomando el pelo.
Él se pone la ropa, negando con la cabeza.
—¿Sabes lo que eres, Matilda? Una miedosa.
Tienes miedo de que yo sea la persona con la que acabes.
Tienes miedo de que yo sea el que realmente quieres de verdad.
Crees que quieres un Príncipe Azul para completar tu cuento de hadas, pero te equivocas.
Lo que realmente quieres es a un chico malo con barba. Lo que realmente quieres es a mí.
Benji sale por la puerta principal y lo veo alejarse en su moto, preguntándome qué demonios acabo de hacer.
He echado al único hombre que realmente he deseado. Y no hay razón para que vuelva a intentarlo después de lo que acabo de decirle.
Y lo peor es que tiene razón. Lo quiero. Pero quiero que él solo me quiera a mí.