El Montañés que Me Sigue (Los Hombres de la Montaña de Linesworth nº 7) Capítulo 7
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Capítulo 7

CAPÍTULO SIETE

Benji

Estar con Matilda es algo más precioso, más maravilloso de lo que jamás habría imaginado.

Está ansiosa, dispuesta. Desea complacerme, y también ser complacida.

Me hace querer ser un hombre más blando, más dulce…

el tipo de hombre que la cogerá en brazos y la besará despacio y le hará el amor toda la noche, hasta la mañana.

El tipo de hombre que piensa que los rollos de una noche son cosa de gilipollas.

El tipo de hombre que sabe lo que importa.

Y ella es lo único que importa ahora.

Tillie.

—¿Qué? — pregunta mientras paso la mano por su piel suave.

—Es que estoy jodidamente feliz, aquí, contigo. Así.

—Eso lo dices porque te gusta mi gofre.

Me río, acariciándole el coño.—Me encanta tu gofre. Es dulce, y mantecoso y…

Ella me aprieta la mano contra la boca.—No más juegos de palabras con comida cuando estamos hablando de mi coño. A no ser que… —se pone de rodillas, examinando mi polla—. ¿Eso te pone, Rey de las Salchichas?

—Para que conste, yo nunca me he llamado a mí mismo el Rey de las Salchichas.

Sonríe, desnuda y encantada, se relame los labios mientras empieza a masturbarme. Gimo, porque es imposible no hacerlo.—Creo que sí que te pone —dice exagerando el tono—. Creo que la idea de que llene mi boca con tu salchicha te pone cachondo perdido.

—Oh, ya lo creo que sí, Tillie. Créeme, que sí.

—Vamos a ver —se inclina hacia delante, abre sus dulces labios y me toma entre ellos, chupándome toda la longitud, lenta y suavemente. Me saca, frunce los labios—. ¿Así está bien? —pregunta—. ¿Es así como lo hago?

Su pregunta me recorre como un escalofrío. Me encanta que me esté preguntando cómo chuparme la polla. Me encanta la idea de que mi chica quiera complacerme tan jodidamente bien. La cosa es que no tiene ni idea de que, haga lo que haga, y como lo haga, yo ya soy suyo. No puede estropearlo. No ahora.

—Ven aquí, deja que te toque el culo mientras me la chupas, ¿vale?

Asiente.—¿Te gusta mi culo?

La atraigo hacia mí, ese culito cremoso, de modo que se pone a horcajadas sobre mí, de espaldas, y paso la mano entre sus piernas.—Me encanta tu culo, sí. Y en esta posición, también me encanta el acceso que tengo a tu coño.

Me mira por encima del hombro.—¿Tienes idea de lo caliente que es esto? —pregunta.

Me río.—Lo sé, de hecho. Porque es la visión más jodidamente ardiente que he visto en mi vida.

Las mejillas se le tiñen de un rosa intenso, y los ojos también le brillan.—Es lo más divertido que literalmente he hecho en mi vida.

Niego con la cabeza, adorando su inocencia, su honestidad. Me hace querer tratarla como la carga preciosa que es, el resto de su vida.

Empieza a chupármela, y yo empiezo a meterle los dedos en el coño empapado.

El momento es tan jodidamente sensual que siento cómo se me contraen las pelotas, la polla rígida como una barra de acero.

Sus dulces labios se cierran con fuerza alrededor de mi polla y aguanto, sin querer correrme en diez segundos pelados.

Empiezo a lamerla como se merece, despacio, con intención, rodeando su clítoris y haciéndola gemir mi nombre.

—Oh, Ben, sí, sí —gime, acariciándome las pelotas mientras cabalga mi barba, fuerte y bien. Le sujeto las caderas, con su culo en mi cara, su dulce coño contra mi boca, y la hago correrse, fuerte.

Ella me la chupa mientras lo hago, sus tetas llenas aplastadas contra mi pecho, y yo la pierdo en su boca.

Me corro fuerte para ella, como lo necesita, y mi dulce chica se lo traga como una maldita campeona.

Bien y a fondo, sin desperdiciar ni una jodida gota, y cuando termina, se gira para encararme, con un hambre profunda en los ojos. Sé lo que necesita.

Que se la folle bien, como Dios manda. La llevo a la cama, de espaldas, y me inclino sobre ella, besándole la boca con fuerza.

—Joder, te deseo —gruño, con la polla dura otra vez y sus piernas enrollándose a mi alrededor, sabiendo de forma instintiva exactamente cuál es su lugar.

Deslizo mi longitud rígida en su dulzura, llenándola despacio, a conciencia.

Jadea mientras la voy abriendo, ese coño virgen tan necesitado y, sin embargo, tan tímido.

La hago mía, centímetro a centímetro, y cuando estoy dentro de ella, por completo, gime, con los ojos llenos de lágrimas.—Es perfecto —dice—. Tenías razón. Encajas perfecto.

Sus palabras son tan jodidamente buenas de oír que entrelazo mis dedos con los suyos, inmovilizándole las manos por encima de la cabeza. Me follo a mi chica despacio, con calma, llevándola al clímax con ternura, pensando solo en lo que ella necesita.

Ella se toma su tiempo, y yo también. Nuestras necesidades se vuelven una sola mientras nos movemos en un ritmo que es solo nuestro. Todo esto es nuevo para ella, dejarse tomar por un hombre. Pero yo no soy un hombre cualquiera. Soy suyo.

—Te quiero —digo, besándole la clavícula, el cuello, la boca—. De verdad que te quiero, Tillie, joder.

Sus ojos buscan los míos, buscando algo, y temo que no lo encuentre.—Shhh —dice, en lugar de las palabras que de pronto necesito oír—. Solo quédate aquí. Conmigo.

Cierra los ojos y la llevo hasta el mismo borde, sin querer que el hechizo se rompa, temiendo que ya se haya roto.

Pero no voy a retirar esas palabras. Porque ahora mismo son más verdad que cualquier otra cosa que haya dicho en mi vida.

Ella me hace querer ser algo más que un hombre mejor. Me hace querer ser su hombre. Solo suyo.

Se corre con un gemido que resuena en mi oído, en mi corazón. Yo también me corro, sabiendo que lucharé por su amor, sabiendo que la seguiría a cualquier parte.