Capítulo 2
CAPÍTULO DOS
Tillie
Vamos a la cervecería que hay en la esquina de Main Street, Hoppin’ Joes, y nos sentamos en un reservado.
Cuando Sally, una camarera con la que fui al instituto, se acerca con las cartas, nos echa una mirada larga de arriba abajo, intentando sonsacar algo con sus ojos muy abiertos, pero me niego a ceder.
Que hable, que hable todo el pueblo. Estoy segura de que ya lo están haciendo.
La virginal Matilda Jones fuera con el nuevo chico malo del pueblo con barba.
—Tomaré solo una sidra de pera —le digo, devolviéndole la carta.
—¿Tienes hambre? —pregunta Benji.
—Pensaba que habíamos venido a tomar una copa.
—Pero los amigos también pueden comer juntos —dice él.
Tuerzo el gesto y él sonríe. Dirigiéndose a Sally, pide un pretzel con mostaza picante, patatas fritas con todo, un plato de alitas de pollo y una cerveza negra.
—¿Así que supongo que no te comiste tu propia salchicha antes de cerrar el camión por hoy?
Él aprieta los labios, riendo. —Eres bastante graciosa para tener una reputación de ser tan estirada.
—¡No soy estirada! —digo, indignada.
—¿Ah, sí? Y sin embargo, nunca sales con nadie.
—¿Tú cómo lo sabes? Has vivido aquí ¿cuánto?, ¿un par de meses? A lo mejor tuve un amante de larga duración que murió en un accidente de avión y estoy sola todas las noches porque soy una prometida en duelo.
Él se ríe entre dientes. —Eso no es lo que dicen Kodiak o Wyatt. Pero quién sabe, a lo mejor tienen unas aptitudes de investigación de mierda.
Sally nos trae las bebidas y dice que la comida tardará un poco más. Doy un sorbo a mi sidra, sin saber a dónde diablos va a parar esta conversación.
—¿Y bien, lo tuviste? —pregunta él, inclinándose hacia delante, con los codos sobre la mesa. Odio el hecho de que sus ojos estén fijos en los míos, el hecho de que todo mi cuerpo se caliente a medida que se acerca un poco más.
Me echo hacia atrás en mi asiento. —¿Que si tuve qué?
—¿Tuviste un amante que murió trágicamente? Porque si fue así, no quiero bromear con ello.
—No. No hubo tal amante. Pero eso sería más interesante que la verdad.
—¿Cuál es la verdad?
Me encojo de hombros. —Estoy esperando a mi único amor verdadero. A mi alma gemela.
Benji sonríe con sorna. —¿Crees en todas esas cosas?
—Creo en todo tipo de cosas imposibles, Benji.
—Eso es tierno. —Bebe su cerveza y sonríe mientras Sally deja la comida. —Pero odio ser yo quien te lo diga, Tillie. Eso suena a cuento de hadas.
—¿Y?
Él parte un trozo de pretzel y lo moja en la mostaza.
¿Es terrible que no pueda evitar quedarme mirando mientras da un bocado?
¿Es eso de locos? Sí. Sí, lo es. Aparto la mirada, poniendo los ojos en blanco ante mi propia locura.
Este es un hombre al que detesto, ¿recuerdas?
Pero entonces, ¿por qué me parece tan absurdamente atractivo?
—¿Así que vas a pasarte toda tu puñetera vida esperando para vivir? —pregunta.
Suspiro. —Ya estoy viviendo. Tengo una familia maravillosa, unas mejores amigas estupendas, me encanta este pueblo e incluso tengo mi propio negocio.
Eso suena a que tengo una vida. Una buena.
—Al ver que no habla, subo el tono de voz—.
Y además, ¿quién eres tú para juzgar? Tú sales con un montón de chicas; veo tus publicaciones en Chatter.
¿Todos esos grupos de mujeres que vienen aquí para fines de semana de chicas a hacer catas de vino? Prácticamente se te caen en el regazo.
—No es culpa mía que a todas les encante mi salchicha —dice inexpresivo.
Suelto un quejido. —Esto es tan estúpido. ¿Por qué estoy aquí, otra vez?
Ignorando mi pregunta, empuja las alitas picantes hacia mí. —Creo que tienes el azúcar bajo. Come.
Tiene toda la razón, lo cual es irritante.
Solo he tomado café y muffins en todo el día.
Necesito proteínas antes de empezar a desmoronarme.
Y yo en modo crisis no soy nada mona. No es que esté intentando ser mona ahora mismo.
Pero sí que quiero dar la impresión de que tengo, al menos parcialmente, el control.
Cojo una alita, la mojo en queso azul, sin preocuparme en absoluto por el hecho de que me gotee por la barbilla y de que las alitas picantes sean quizá la comida menos atractiva que una persona puede consumir.
Me como unas seis sin levantar la vista, concentrada en la comida y no en el hombre estúpidamente guapo con el que estoy.
Cuando alargo la mano para coger una servilleta, él me tiende una, sonriendo. —¿Te gusta comer?
—Tengo un camión de comida, ¿no?
Él asiente despacio, bebiendo su cerveza. —Sí, pero vendes bollos y esas mierdas. No es comida de verdad.
—Oh, ¿así que no solo me estás quitando todos mis clientes potenciales, sino que también criticas mi negocio?
—No es una crítica, es la verdad. Tienes un puesto de café. Lo cual está genial. Quiero decir, un poco extraño teniendo en cuenta que ya hay media docena de sitios para tomar café en este pueblo, pero bueno, tú a lo tuyo.
—¿Estás intentando cabrearme o qué?
Come sus patatas, frunciendo el ceño. —No intento cabrearte, eso seguro. Simplemente detesto el hecho de que te esté costando tanto. Veo cuántos clientes van a tu camión.
—A lo mejor debería ser como tú y empezar a hablar de las partes de mi cuerpo en una sarta constante de mensajes. Eso debería atraer algo de atención.
—Mi comida es única y es buena. Por eso tengo clientes.
Me toco la barbilla, descartando su comentario. —¿Cuántos caracteres caben en un mensaje? ¿Doscientos ochenta o menos? ¿Qué tal este? Ven aquí y cómete mi muffin. #ExtraDulce. —Sonrío—. Directo, al grano, y ganaré un montón de pasta.
Benji entorna los ojos y se pasa una mano por la barba. —No hagas eso, Tillie.
—¿Por qué? —Saco mi teléfono y abro la aplicación Chatter. Empiezo a escribir las palabras.
—Para —dice él, alargando el brazo por encima de la mesa y quitándome el teléfono.
—Oye, devuélvemelo —le digo, pero él ya está borrando la frase. Me devuelve el teléfono sin decir palabra—. ¿Te crees que puedes mandarme?
—No, pero creo que no sabes lo que estás pidiendo. Y no quiero ver cómo te hacen daño. Los tíos en aplicaciones así empezarán a meterse en tus mensajes directos y tú no deberías tener que lidiar con esa mierda. No alguien como tú.
—¡Ah!, ¿crees que no soy lo bastante fuerte para aguantar unas cuantas fotos de pollas no solicitadas?
—No sé lo que puedes aguantar, Tillie. Pero sé que eres una chica dulce que no debería recurrir a ese tipo de tácticas por un sueldo.
Se me saltan las lágrimas y lo odio; la idea de que pueda llorar delante de esta bestia de hombre.
—Es un poco hipócrita, ¿no crees? ¿Tú puedes dar la paliza con tu salchicha de treinta centímetros y yo no puedo hablar de mi muffin que se deshace en la boca?
—Me levanto del reservado, cogiendo mi bolso. Es hora de irse.
Él se levanta, deja dinero sobre la mesa y me sigue fuera, a Main Street.
—Tillie —me llama. Me detengo, volviéndome hacia él bajo la luz de la farola en la acera por la que he caminado toda mi vida.
—¿Qué? —pregunto. Está a escasos centímetros, me coge de la mano y el corazón me late con fuerza. No. Esto no está pasando. Odio a este hombre, ¿verdad?
—Solo intento ser gracioso cuando hago insinuaciones sexuales. Y sí, es hipócrita, pero a los hombres y a las mujeres se nos trata de forma diferente, en internet y en todas partes. No quiero verte sufrir.
—¿Por qué? ¿Por qué te importa si sufro?
—¿Tan loco es pensar que podrías importarme?
Retiro la mano, cruzándome de brazos. —Porque somos amigos, ¿verdad?
Él se pasa una mano por su espeso pelo. —Exacto. Porque somos amigos.
Exhalo, apartándome el pelo de la cara con un soplo. —No debería haberme ido así. Es que estoy muy frustrada. Te acabas de mudar aquí y ya lo estás petando con tu camión. Yo he vivido aquí toda mi vida y parece que no consigo llegar a fin de mes.
—¿Quieres ayuda? —Se encoge de hombros—. Se me da bien el marketing; a lo mejor podríamos encontrar la forma de ayudarte a atraer clientes.
—¿Harías eso por mí?
—Sí, te ayudaré —dice, sonriendo, y maldita sea, es doloroso porque no parece un chico malo bajo la luz de la luna.
Parece un hombre. Un auténtico hombre de la montaña, y mi corazón está haciendo ese aleteo que significa peligro.
No puedo enamorarme de este hombre salvaje.
No cuando estoy esperando a mi único y verdadero amor.
Pero necesito su ayuda.
—Vale, mañana por la noche, la cena corre de mi cuenta.
—Hoy me has dado de comer tú, mañana puedo darte de comer yo.
—¿Vas a darme tu muffin? —pregunta él, y mis ojos se abren de par en par. Se ríe entre dientes, levantando las manos en defensa mientras le doy un manotazo en el hombro—. Era una broma, mujer.
Pero mientras me alejo hacia mi coche, miro atrás por encima del hombro. Todavía me está mirando. Y sus palabras no han sonado para nada a broma. Han sonado a predicción.