Capítulo 3
CAPÍTULO TRES
Benji
No he dejado de pensar en Matilda desde que se marchó anoche.
Dios, el escenario era perfecto para un beso bajo la farola y, joder, me moría por besarla y acabar con ella en mi cama, pero Tillie no estaría lista para eso.
Para mí. Porque una vez que las cosas empiecen con ella, sé que no se detendrán.
Quiero a esta chica. Mucho. Es a la vez segura de sí misma y aterrada, esperanzada y derrotada. Y quiero que sea mía.
Odio esas lágrimas que asomaron a sus ojos. Era difícil saber hasta dónde podía llegar, cuánto podía bromear; no quería ofenderla. Pero luego ella va y habla de mi salchicha y de su «muffin» y supongo que ahora todo vale.
Pero tal vez no. No quiero fastidiar las cosas con ella antes de que hayan empezado. Porque, joder, me está haciendo algo. Algo de locos. Y me paso la noche dando vueltas en la cama con ella en la cabeza.
Por la mañana, salgo a correr con mi hermano Wyatt y con Kodiak por la colina Bear Claw.
Cuando llegamos a la cima del sendero, hay una vista magnífica y saco una foto rápida para Chatter; subo la imagen con un pie de foto que dice: ¿Qué es mejor?
¿Sudar en la montaña o en el dormitorio?
#CogeEstaSalchicha #LumberjackSmokeHaus.
Promoción descarada, y funciona siempre.
Cuanto más exagerado soy en mis publicaciones, más clientes parece que recibo en el camión de comida.
Hace calor, incluso a primera hora de la mañana, y para cuando terminamos, estoy muerto de hambre.
—¿Queréis picar algo? —pregunto, pero Wyatt niega con la cabeza.
—Lo siento, hermano, le prometí a Windsor que probaría su nuevo zumo verde después del entrenamiento. —Su novia ha abierto hace poco una barra de zumos dentro de su gimnasio de CrossFit.
—Yo paso —secunda Kodiak—. Kensie y yo tenemos el día libre y nos vamos a Seattle un par de noches.
—Tío —gruño—, los dos estáis atados de pies y manos, ¿eh?
Wyatt me da una palmadita en el hombro. —Hay cosas peores que estar enamorado.
—¿Estás saliendo con alguien? —pregunta Kodiak mientras caminamos desde el sendero de vuelta hacia nuestras camionetas.
—No, ¿por qué?
Kodiak se encoge de hombros. —Me pareció oír a Kensie hablando anoche de que Tillie iba a salir contigo o algo así. Pero debí de entenderlo mal.
Wyatt se ríe. —Sí, seguro que sí, porque no hay ni una remota posibilidad de que una chica como Tillie salga con Benji.
Frunzo el ceño. —¿Qué se supone que significa eso?
Wyatt levanta las cejas. —¿En serio? Sabes perfectamente a qué me refiero. Tillie es el tipo de chica que quiere sentar la cabeza. Del todo. Con dos hijos y medio, una valla blanca y una hipoteca a treinta años.
—¿Y yo no puedo darle eso?
—¿Querrías hacerlo? —se ríe—. Es que no te veo poniéndote serio.
Kodiak interviene: —Espera, ¿entonces saliste con ella?
—Fuimos a tomar algo. Como amigos. Y hemos quedado para cenar esta noche. Pero es por negocios, no por placer.
Wyatt se parte de risa. —No te lo crees ni tú. Déjame adivinar, ¿va a venir a tu casa?
—Aún no hemos decidido dónde vamos a cenar, pero joder, Wyatt, estás empezando a tocarme las narices.
Kodiak y Wyatt retroceden. —Solo no le rompas el corazón a la chica —dice Kodiak—. Según lo que me cuenta Kensie, es un encanto. Y virgen.
—Sé lo que es —murmuro entre dientes mientras abro la puerta de mi coche, pensando en sus palabras.
Virgen. Joder, mi polla apenas puede soportar el pensamiento.
Me alejo conduciendo con la música a tope, nublando mis pensamientos.
Porque lo cierto es que no quiero pensar en lo que acaban de decir.
La verdad es que no estaban siendo unos capullos. Estaban siendo sinceros.
No tengo nada que hacer enamorándome de una chica como Matilda.
Después de asearme tras la carrera, me dirijo al pueblo buscando una taza de café.
Me detengo en la panadería Three Sisters.
Unos cuantos tipos del pueblo me saludan con la mano mientras salen de la panadería y me cruzo con ellos.
Clive, Charlie y Ansel son unos años mayores que mis colegas y yo.
Parecen estar en esa etapa de la vida en la que Kodiak y Wyatt acabarán más pronto que tarde.
Casados y con hijos. Me paso una mano por la barba, pensando que quizá no sea lo peor del mundo.
Cielos, es un pensamiento que nunca antes había tenido, pero estar sentado en aquel reservado con Tillie cambió algo en mí.
Lástima que ella no tenga ningún interés en mí. Ni lo más mínimo.
Al entrar en la panadería, me llega un cálido aroma a canela y me pongo en la cola con el estómago rugiendo. Le pido lo mío a Greta, que está detrás del mostrador. Está casada con Ansel, el que acaba de salir.
—Todo el mundo habla de tus salchichas —dice ella con una risa.
Me río entre dientes. —¿Ah, sí? Bueno, deberías pasarte por el camión algún día. Tengo un perrito nuevo en el menú que parece gustarles a los niños.
—¿Qué lo hace apto para niños? —pregunta, entregándome un café para llevar.
—Le he añadido queso. A los niños les encanta el queso, es un hecho universal.
Ella sonríe. —No podría estar más de acuerdo. ¿Sabes mucho sobre los hábitos alimenticios de los niños? No habría pensado que estuviera entre tus intereses.
—¿Por qué no?
Se ríe con naturalidad. —Trabajo en la panadería con más movimiento del pueblo, Benji; oigo cosas.
—¿Y qué es lo que oyes? —pregunto mientras me sirve el rollo de canela.
Ella agita la mano en el aire. —A quién le importa lo que oiga. Pero ya sabes, este pueblo parece tener debilidad por los finales felices. Quizá deberías encontrar a una chica maja y sentar la cabeza.
Me río entre dientes. —Vaya. He venido a desayunar, no a por un sermón.
Greta arruga la nariz. —Oh, esto no es un sermón, créeme; con mi casa de locos, tengo que esforzarme más que esto. —Ladea la cabeza—. Pero esa de ahí, la del rincón... Es una chica de aquí con un corazón de oro.
Miro en la dirección en la que señala y veo a Tillie.
—¿Crees que Tillie sería una buena pareja para mí?
Greta se muerde el labio inferior. —Creo que a veces los polos opuestos se atraen.
—¿Estás intentando hacer de celestina? —pregunto, pensando que ya ha llegado tarde. He estado toda la noche con Tillie en la cabeza y verla ahora solo confirma lo que pensaba. Es la mujer para mí.
—Tal vez —dice Greta, entregándome el plato—. Ve a hablar con ella.
—Ya tenemos una cita para cenar —digo, sonriendo de oreja a oreja.
A Greta se le desencaja la mandíbula. —Me siento traicionada por el cotilleo local. ¿Cómo han podido pasar las últimas horas sin que nadie me mencionara esto?
Me encojo de hombros. —No te preocupes, hablarán de nosotros muy pronto.
—¿Ah, sí? —Greta arquea una ceja.
Asiento con la mirada fija en Tillie. —Sí, voy a asegurarme de ello.