48
Empieza por lo que hay que hacer primero, que no es lo importante.
Quita un «¿eh?» del final de una respuesta de Escuín, que no aporta y que en cabina de doblaje internacional daría problemas.
Cambia dos rótulos de localización, porque en el episodio tres puso «Embalse de Ardal» y en el seis estaba puesto «Pantano», y una serie no puede llamar a un sitio de dos maneras.
Repasa el minuto cuarenta y ocho fotograma a fotograma buscando un salto de luz que le pareció ver ayer a las once de la noche. No está. Lo que hay es un cambio de nube en el material de archivo y es correcto.
Son las diez y veinte.
El bloque de 2009 del episodio seis dura siete minutos y cincuenta segundos y cuenta una sola cosa: cómo se construyó la condena de Damián Fuertes Blasco.
Está montado con lo que hay. La instrucción, la rueda de reconocimiento, el registro de la furgoneta, las treinta horas, la sentencia. Cuatro documentos en pantalla y dos declaraciones.
Y Irene sabe, desde octubre, que en ese bloque cabe el folio 341.
Cabe con naturalidad, además. Es un parte forense de 2009 y está en el mismo tomo que los otros dos que ya salen.
Lo saca del servidor.
/SUMARIO/TOMO_III/SCANS/F0341_A.tif
Es un escaneo a trescientos puntos de una fotocopia de una fotocopia, con el sello de la Audiencia en la esquina inferior derecha y una perforación en el margen izquierdo.
Lo coloca en una capa nueva, lo escala al ochenta y siete por ciento y lo recorta a la caja de texto, dejando la numeración del folio arriba a la derecha, porque los documentos sin numerar parecen de mentira.
Le pone abajo a la izquierda la cartela que llevan todos los documentos de la serie, con la misma tipografía y la misma posición desde el episodio uno:
INFORME MÉDICO-FORENSE · 2009 Diligencias previas 412/2009, tomo III, folio 341
Con cartela, un documento en pantalla vale el doble. Sin cartela, el espectador ve un papel viejo; con cartela, ve una prueba.
Lo comprueba en la pantalla de referencia.
Se lee.
Se lee entero: las dos frases, del principio al final, con el cuerpo que tiene un parte forense y con el interlineado que tiene un parte forense. No hay recorte, no hay tapado, no hay difuminado. Está el párrafo completo.
Ahora la duración.
Irene hace lo que hace siempre con un documento en pantalla, que es medirlo por lectura.
Cuenta las palabras: treinta y nueve.
Un espectador medio lee texto en pantalla a unas ciento setenta palabras por minuto cuando el texto es un documento y no un rótulo, porque los documentos se leen peor: hay tipografía de máquina, hay sellos, hay ruido de escaneo.
Treinta y nueve palabras a ciento setenta son trece segundos y ocho décimas.
Trece segundos y ocho décimas de un documento fijo en un episodio de cincuenta y dos minutos es un agujero. Nadie deja un papel catorce segundos en pantalla. No lo hace nadie, en ninguna cadena, en ningún país.
Cuatro segundos es lo estándar.
Cuatro segundos, a esa velocidad, son once palabras.
La primera frase tiene veintiséis palabras.
Irene lo escribe en el bloc, con el bolígrafo, en dos líneas, con una llave a la derecha. Después mira lo que ha escrito durante un rato.
Y lo prueba.
Prueba tres segundos y el documento parece un adorno: entra, pasa y no da tiempo a saber ni qué clase de papel es.
Prueba seis. Con seis, un espectador atento llega al final de la primera frase y empieza la segunda. Con seis, uno de cada cinco lee «no se aprecian».
Prueba ocho, y con ocho el episodio se para. Se nota. Ocho segundos de un papel quieto en el minuto treinta y cuatro de un capítulo de cincuenta y dos es una decisión de dirección, y una decisión de dirección la firma alguien, y alguien pregunta por qué.
Prueba los trece segundos y ocho décimas.
Con trece segundos y ocho décimas el documento se lee entero, se lee dos veces, y el episodio se cae por la mitad.
Vuelve a cuatro.
Cien fotogramas exactos.
Y ahora el sitio.
El sitio es lo único que importa y ella lo sabe desde antes de encender el ordenador.
En el minuto treinta y tres y medio del episodio están los cuarenta y un segundos de la cinta: la carretera de noche, el grano, la espalda de un hombre con una cazadora clara caminando hacia el mirador.
Cuarenta y un segundos que llevan cuatro episodios anunciándose y sobre los que se ha construido toda la promoción.
Y en el minuto treinta y cuatro y medio empieza el bloque de la hoguera, que es el bloque de 2009.
Irene coloca el folio entre los dos.
Entra a las 00:34:12:00 y sale a las 00:34:16:00.
Le pone una entrada seca, sin fundido, con el sonido del cuarto de sala que usa siempre para los documentos, y equilibra el nivel del ambiente para que el corte no dé un salto.
Después lo reproduce desde el minuto treinta y dos.
Y funciona.
Funciona de la única manera que puede funcionar.
El espectador viene de cuarenta y un segundos de una figura de espaldas en una carretera de noche.
Lleva veinte minutos oyendo la palabra que ha ido dejando la serie por el camino sin decirla nunca.
Y cuando el papel entra, lo primero que su ojo coge, porque es lo primero que hay y porque está subrayado por el propio orden de las palabras, es erosiones lineales múltiples y es compatibles con arrastre sobre superficie rugosa .
Arrastre.
En cuatro segundos, un espectador de un documental criminal, viniendo de donde viene, lee arrastre y entiende forcejeo.
Y a los cuatro segundos el plano cambia y empieza la hoguera de San Roque de 2009, y el espectador ya está en otro sitio.
La segunda frase pasa por delante de él.
Está en pantalla. Está entera. Está legible. Y no la va a leer.
Hay otro sitio.
Irene lo sabe también, y lo prueba a las doce y cinco porque probarlo es parte del trabajo.
En el minuto cuarenta y seis, después del bloque de la caja de efectos, cuando la serie ya ha contado que en aquel armario hubo veintiún objetos y que nadie miró la mitad, hay un hueco de dos segundos y medio entre dos planos de estantería.
Copia el folio. Lo pega ahí. Lo estira a cuatro segundos.
Y lo ve desde el minuto cuarenta y cuatro.
En ese sitio el papel no dice arrastre. En ese sitio el papel dice que en el tomo tres, desde 2009, hay una frase que contesta la pregunta que la serie lleva seis episodios haciendo, y que la ha contestado siempre, y que está a catorce líneas del sello de la Audiencia.
Un espectador medio, en el minuto cuarenta y seis, viniendo de un armario lleno de cosas que nadie miró, lee las dos frases.
Las lee porque ya está leyendo. Porque el bloque anterior le ha enseñado a leer.
Irene se queda con la mano en el ratón.
Después deshace.
Deshace una vez, con el atajo de siempre, y la línea de tiempo vuelve a tener dos planos de estantería seguidos y un hueco de dos segundos y medio entre los dos, exactamente igual que hace cuatro minutos.
Irene lo ve tres veces seguidas.
A la tercera comprueba que el pico verdadero del corte de entrada no pase de menos uno, porque el control de calidad de la plataforma lo rechaza por menos.
No excede.
Y hace la última comprobación, que la hace con todos los documentos y que la hace también con este.
Coge el móvil, se mete en la vista previa del proyecto y reproduce el minuto treinta y cuatro en la pantalla de seis pulgadas, con el brillo al setenta por ciento, que es como lo va a ver el treinta y uno por ciento de la audiencia.
En el móvil, la primera línea se lee.
La segunda es una franja gris.
Irene apoya el móvil boca abajo en la mesa y anota en la lista de derechos, en la columna de la derecha, con letra pequeña:
00:34:12 — F341, informe forense 2009, 4″, legible.
Son las doce y cuarenta.
En noviembre, en esta misma silla, tardó once minutos en quitar un párrafo del folio 1.104.
En octubre, un sábado, tardó cero en no escribir veintiséis palabras en una casilla.
Hoy ha tardado cuarenta en poner uno.
Guarda.
Exporta el marcador del punto y lo mete en la lista de la revisión de derechos, con su nombre de fichero y su código de tiempo, porque jurídico necesita saber qué documentos aparecen en pantalla y en qué segundo.
Se levanta, sube, se hace un té y se lo bebe de pie en la ventana de la primera planta mirando el contenedor de obra.